Amores que no se consuman…

¿Se imagina usted, que está al otro lado de estas líneas, que Romeo y Julieta no hubieran acabado en una tragedia sino en un cuento de hadas?, ¿que hubieran vivido para alcanzar el “se casaron y vivieron felices para siempre”? Yo no. Me imagino a Julieta, con todo e institutrices, apurando a las Julietitas para cenar, lidiando con los berrinches de sus princesitas. A Romeo, con todo y lacayos, llevando a los Romeítos a la escuela, limitándoles las horas de videojuegos. Me imagino los deslices extramaritales de él, la insatisfacción crónica de ella; a Julieta en los tribunales peleando por el palacio de los Montesco, a Romeo defendiendo hasta con los dientes la propiedad del Alfa Romeo. Con el paso de los años quizás él buscaría verter una poción, letal de a deveras, en el té que ella tomaría cada noche para poder dormir. O tal vez ella se le adelantaría, y pondría un líquido sospechoso en el whisky que él tomaría regularmente para olvidarse, entre otras cosas, de Julieta. ¿Y el amor? Bien, gracias. Y gracias a que la pasión juvenil no tuvo tiempo de llegar a la rutina matrimonial ni se desgastó en rabiosos lances de alcoba (cada vez menos frecuentes, ¿está de más anotarlo?), recordamos el mito de Romeo y Julieta con un suspiro aliviado. Su amor ha sobrevivido a los siglos, no porque se convirtiera en literatura, sino porque los amantes no tuvieron tiempo de vivir el tedio que a menudo se torna en odio, en el que más temprano que tarde caen numerosas relaciones de pareja: la vida, pues. Su amor pasó a la posteridad simple y sencillamente porque los amores que no se consuman no se consumen. Seguir leyendo…

Texto publicado en el número 414 de la revista Magis.

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