De la lealtad al honor: El samurái rebelde (1967)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

El samurái rebelde (Jōi-uchi: Hairyō tsuma shimatsu, 1967) es el decimoctavo largometraje de veinticinco que dirigió Masaki Kobayashi. Seis de ellos lo hicieron célebre. Los tres primeros conforman una trilogía titulada La condición humana (Ningen no joken): No hay amor más grande (Kore ijō no ai wanai, 1959), El camino a la eternidad (Eien e no michi, 1959) y La plegaria del soldado (Heishi no inori, 1961), inspiradas en la novela homónima de Junpei Gomikawa. El cuarto es probablemente su obra maestra: Harakiri (Seppuku, 1962). A los dos años dirige cuatro relatos fantasmagóricos bajo el título de El más allá (Kwaidan, 1964) y, finalmente, El samurái rebelde, escrita por Shinobu Hashimoto, guionista de Harakiri y de Rashomon (1950), una de las películas cumbre de Akira Kurosawa. El samurái rebelde y Harakiri basadas en novelas homónimas de Yasuhiko Takiguchi

Corre el año 1725 y la película abre con unos samuráis escoltas del daimio (señor feudal) Masakata Matsudaira del clan Aizu, nombre de un dominio territorial ubicado al norte de Edo (actual Tokio). Están en ejercicios de entrenamiento con la katana (sable japonés) a campo abierto. El jefe dirige unas palabras a los dos escoltas más hábiles: Isaburo (Toshiro Minufe) y Tatewaki Asano (Tatsuya Nakadai), un centinela fronterizo. Les dice que en tiempos de paz los samuráis evitan duelos para no herir a la familia de los deudos, pero él reprueba que esto lo pongan por encima del orgullo y el rango.

De regreso, Isaburo le comenta a su par que está buscando esposa para su hijo mayor, Yogoro (Go Kato). Se rumora que Ichi (Yoko Tsukasa), la cortesana y madre del segundo hijo del daimio, fue expulsada del castillo. Días después es obligada a casarse con Yogoro y, dado el antecedente, la familia de éste de apellido Sasahara, se opone, especialmente su madre, Suga (Michiko Ôtsuka).

Con el tiempo, Ichi se gana el cariño de su nuevo esposo y de su suegro. En la vida de éste entran nuevos bríos al ver de cerca por vez primera a una pareja que se ama. Se siente renovado con saber que su hijo no repetirá su historia. Se jubila, le hereda el cargo y lo hace cabeza de la familia. En la administración de las faenas domésticas sustituye a su esposa por Ichi.

Un día, Isaburo y Yogoro entablan una conversación de padre a hijo. Isaburo le pregunta por qué Ichi fue expulsada del castillo. Yogoro le cuenta que un día se animó a preguntarle a Ichi. Hay un flashback de ambos conversando en el que ella le cuenta lo sucedido y la película nos retrotrae a otro flashback en el que contra su voluntad y con la total anuencia de los padres, ella fue requerida como cortesana del daimio. Estaba comprometida por arreglo familiar y enamorada con un joven como ella, pero el daimio tenía sólo un heredero y corría el riesgo de que la casa Matsudaira se aboliera en caso de morir. Ichi le da otro niño. La envían a un balneario a recuperarse del parto. Cuando regresa al castillo encuentra al señor con Tama, una nueva cortesana jovencita. La arrastra de los cabellos, pero su arrebato no se debió a celos sino a la actitud nada humilde, más bien orgullosa, de Tama. Enseguida cachetea al daimio. Fin de los flashbacks.

Transcurridos dos años, nace la hija de ambos. Le ponen el nombre de Tomi, a petición de Isaburo. Todavía Tomi en lactancia, muere el hijo mayor del daimio. Otra vez contra su voluntad, Ichi es llamada a regresar al castillo por ser la madre del único heredero y no poder permanecer como esposa de un vasallo. Isaburo y Yogoro se oponen, no así el resto de la familia Sasahara.

Los miembros de su familia política recibirán visitas del chambelán y del mayordomo del feudo, Takahashi (Shigeru Koyama), para convencer a Ichi, a su esposo y a su suegro. Estas asambleas no prosperan y Yogoro e Isaburo solicitan audiencias para dar marcha atrás a la orden. También fracasan. Esta parte de la película ilustra claramente cómo en Japón eran (son) importantes los protocolos, no importa si es para darle apariencia de consentimiento a la obediencia y a la resignación o para simular como petición una orden irrevocable.

Yogoro y su padre se mantendrán firmes en no aceptar el traslado de Ichi al castillo. Las autoridades secuestran a Ichi. Llegan el esposo y el suegro y ven a la niña Tomi sola. Se presenta una nodriza, Kiku (Etsuko Ichihara), con órdenes de amamantar a la niña. Ellos entienden que se la llevaron.

Para revestir el secuestro en un traslado con consentimiento conyugal y familiar, llega una delegación encabezadas por el chambelán a ordenar que Isaburo y su hijo redacten una petición de traslado de Ichi al castillo. Se niegan. Entonces los amenazan con una posible orden de que por insumisión tendrán que cometer seppuku. No se dejan doblegar.

Los argumentos de las autoridades son racionales, que no razonables, son convenientes, pero no apelan a las emociones ni al daño moral. Yogoro e Isaburo exponen motivos que tienen que ver con los sentimientos, con la oposición a la ruptura de vínculos consolidados y con la disposición arbitraria de las autoridades sobre la voluntad de sus súbditos. La lectura crítica que hace la película se desprende de una perspectiva actual. Difícil pensar que en el Japón del siglo XVIII tanto vasallos y soberanos manejaran conceptos como tiranía, por ejemplo. Con todo, en El samurái rebelde no es tan obvio que un contexto de ese tiempo esté contaminado por inquietudes políticas de los sesenta del siglo pasado.

Yogoro se presenta en el castillo con un pliego petitorio redactado por su padre que exige el regreso de Ichi so amenaza de ventilar el caso a las 60 provincias de Japón, firmado con fecha del 18 de noviembre de 1727. Las autoridades reunidas con el chambelán y el mayordomo de Estado se rehúsan. Yogoro se retira.

Llega una cuadrilla dirigida por otro emisario a presentar la orden del daimio de que Yogoro e Isaburo cometan seppuku. Isaburo les planta cara y acepta no sin antes de que les entreguen tres cabezas: la del daimio, la del chambelán y la del mayordomo de Estado. La cuadrilla se retira.

Las autoridades convocan al centinela Tatewaki, el único que consideran que está a la altura de Isaburo en la esgrima, y le ordenan abatirlo. Le ofrecen cinco hombres de apoyo. Tatewaki les objeta que no hay en toda la provincia quien pueda vencer a Isaburo, que lo único que conseguirán es derramar sangre, diezmar los soldados del propio clan y emprender una lucha intestina absurda que no habrá manera de que no trascienda al emperador en Edo. Lo desoyen y le encomiendan esta tarea al mayordomo de Estado.

Se presenta en casa de Isaburo y Yogoro un pelotón de veinte samuráis liderados por Takahashi con Ichi como rehén. Éste la conmina a que delante del pelotón como testigo declare a Isaburo y Yogoro su renuncia a la familia. Ella se niega. Takahashi hace nuevos intentos de persuadirla. Le dice que, si renuncia a su esposo y a su suegro les conmutarán la orden de cometerse seppuku por otro castigo menor, el de un confinamiento en el santuario al lado del castillo. Ella vuelve a negarse. Takahashi le hace ver que les puede salvar la vida y enseguida ella se avienta contra una de las lanzas con la que le están apuntando y muere.

Yogoro corre a abrazarla y le dan muerte. Queda Isaburo solo frente al pelotón.

Acto seguido, Isaburo traba una carnicería en la que uno a uno los soldados van cayendo muertos. Takahashi se guarda atrás para un golpe de suerte. Salen al encuentro de Isaburo otros soldados que estaban escondidos. Al final, acorralado, Takahashi se enfrenta solo, intenta huir e Isaburo le atraviesa de lado a lado el torso con la katana.

Toma en sus brazos a su nieta Tomi y huye hacia Edo. En el camino logra evadir una caballería que había sido enviada para darle alcance. Llega a los lindes de los dominios y en el puesto fronterizo está su amigo el centinela Tatewaki. Éste le informa que no puede dejarlo pasar sin un permiso. Isaburo expone razones que Tatewaki desecha porque atentan contra su deber de proteger los confines de los dominios del daimio y le dice que la única manera de que pase es que lo derrote en un duelo a katana. A continuación, asistimos a una de las escenas más conmovedoras que revela la dimensión moral del código de honor entre samuráis. Antes de combatir, Isaburo se dispone a acostar a la niña Tomi cerca del camino y a resguardo de ser vista. Mientras lo hace, Tatewaki está sentado a un lado y conversan como los viejos amigos que son.

Toman sus lugares y se disponen a luchar. Isaburo lo vence. Se dirige a recoger la niña, pero escucha disparos. Empuña de nuevo la katana y corre en dirección a unos pastizales altos que esconden a unos soldados disparando con arcabuces, especie de precursores de los fusiles que introdujeron los portugueses en el siglo XVI.

Los va matando hasta que al atravesar un claro recibe el primer balazo. De ahí en adelante los siguientes balazos anuncian su final. En la última escena vemos a la nodriza Kiku recoger a Tomi como símbolo de que sólo la mujer puede salvar a la mujer, que ellas no son enviadas a la guerra porque perpetúan al hombre y a la memoria del hombre. Kiku será la portadora del pasado de Tomi.

El centro de la historia de El samurái rebelde se desplaza del destino trágico de Ichi al de su suegro Isaburo que junto con su hijo serán los únicos hombres que la defenderán del poder despótico de una sociedad feudal.

La forma de la película es rígida como el hierro de las hojas de las katanas. Las reuniones familiares, las asambleas y las audiencias se distienden y redundan en escenas pulcras y geométricas que nos infunden un ritmo de tiempo real. El enquistamiento de los protocolos de aceptación y obediencia que se guardan en el ejercicio del poder se resiste a dejarse ver abiertamente tiránico. La cámara en picada y contrapicada enfatizan la jerarquía, la superioridad infranqueable de la autoridad en el medioevo japonés. Kobayashi abre estos planos hasta abarcar todo el espacio de los salones. Los personajes, como piezas de shōgi (ajedrez japonés), están dispuestos en puntos equidistantes, sentados en la postura seiza (de rodillas con las piernas dobladas sobre el suelo). El encuadre lo mantiene fijo y, cuando alguien se retira, la cámara no se mueve. El director lleva este recurso, ya pulido en Harakiri, a un clímax de perfección y eleva a la par los recursos del cine y los dispositivos escenográficos con los que cuenta el punto de vista del espectador en el teatro.

El samurái rebelde recibió el reconocimiento de Kinepa Junpo por mejor película, mejor director y mejor guion. El periódico Mainichi la nombró la mejor película del año. Y ganó el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) en el Festival de Venecia.

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