El abrazo: Intimidad (2001)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

para Cc, con cariño

El cineasta francés Patrice Cheréau (1944-2013), más conocido como director de ópera y teatro, es el autor de esta película británica. El guion, coescrito con Anne-Louise Trividic, adapta la novela homónima y el cuento Luz nocturna (Nightlight) del también cineasta y dramaturgo Hanif Kureishi publicados en 1998 y 1999.

Intimidad (Intimacy, 2001) empieza con Jay (Mark Rylance) en su casa de alquiler sucia, con ese desorden propio de inquilinos flotantes, refugiados o yonquis. Alguien toca a la puerta. Es una mujer (Kerry Fox). Jay pregunta si habían acordado verse. Ella no responde y entra. Intercambian dos que tres comentarios sobre el café. El tono familiar deja sobreentendido que ya habían tenido una aventura. Sin hablar más, pasan a hacer amor o a tener sexo -Cheréau deja al criterio del espectador la diferencia, si la hay.

Estamos en el viejo barrio de Soho en Londres, ciudad oprimida por un cielo generalmente encapotado y lluvioso. Hace frío. Es otoño, tal vez invierno. Jay es jefe de bar en un antro. Se incorpora un nuevo barista joven y gay, Ian (Philippe Calvario). Se intercalan unos flashbacks domésticos de Jay con su esposa y sus dos hijos pequeños (Greg Sheffield y Vinnie Hunter), con hincapié en la relación cariñosa con éstos.

El siguiente miércoles a las 2 de la tarde llega ella de nuevo. Se pasa directamente a la recámara, hacen el amor y al final Jay le pregunta si vendrá el miércoles entrante. Ella no responde y se retira, con lo que puede dejar entendido que no quiere o teme algún compromiso. Después, vemos que ese silencio empieza a inquietarlo, tal vez con algún componente de celos. No sabe nada de esta mujer.

Jay le presenta un amigo a Ian para que le rente una habitación. Se llama Victor (Alastair Galbraith), también separado de su esposa, no frecuenta a sus hijos y vive solo. Es voluble y agresivo. No se ve seguro de aceptar a Ian en su departamento. Le reclama a Jay el pasado vínculo de confidencias y andadas al que quiere volver. Parecería que Victor escenificara la violencia contenida en Jay.

El tercer encuentro es narrado a partir del reposo postcoital. Ella duerme mientras él contempla su cuerpo desnudo. La cámara contempla a los dos.

Un flashback nos retrotrae a otra secuencia de su pasado hogareño. En esta, Jay se acerca a su esposa dormida. Quiere tocarla. Empieza a masturbarse. Jay manifiesta una libido aguda y desesperada. Queda claro que ya no tienen relaciones sexuales.

En la cuarta cita, Jay sufre una eyaculación precoz externa. Comprensiva, ella le dice que no se preocupe. Se marcha y Jay la persigue. Ella aborda el autobús, él también. Ella llega al bar Derby que tiene una barra, una mesa de billar y una pequeña sala de teatro en el sótano a la que Jay entra. Descubre que es una actriz representando a Laura Wingfield de la pieza El zoo de cristal (The Glass Menagerie, 1944) de Tennessee Williams.

En las subsiguientes idas al teatro bar, conoce al esposo, Andy (Timothy Spall), con el que ella tiene un niño, Luke (Joe Prospero). Es Andy quien primero le saca conversación a Jay. Por fin, se entera que ella se llama Claire, que además de actuar imparte talleres de actuación. Jay expresa en silencio una evidente decepción al saber que es esposa y madre, un plot point (punto argumental) a partir del cual Jay tomará resoluciones que precipitarán el rumbo de la historia. El esposo presencia parte de las funciones, pero generalmente se sale a jugar billar. Le cuenta a Jay que es taxista de noche y que, a pesar de que no le interesa el teatro ni la actuación, va a todas las presentaciones de su esposa con su hijo para animarla y pasarle los comentarios que escucha de los asistentes durante los intermedios, comentarios que se los inventa.

El siguiente miércoles Claire no llega. Dan las cuatro y Jay se resigna.

Otro día está buscándola en un mercadillo aledaño. La ve, la persigue y la pierde de vista entre el gentío. Pero enseguida Claire lo ve de espaldas y esboza una sonrisa. Ahora es ella quien con candor lo persigue. Lo ve con prisa, indeciso para tomar una dirección u otra. Suben al mismo autobús del otro día y bajan en la misma parada. A medida que Jay se acerca al teatro bar, el rostro de Claire se desencaja. Contrariada, repara en que está siendo vigilada. Toda esta secuencia es impecable desde el punto de vista narrativo, técnico y actoral y, sobre todo, cómo no desconcierta al espectador el cambio de perspectiva de Jay hacia el de Claire. Ella se va, no es día de función. Jay entra y encuentra otra vez a Andy jugando billar. Esta vez, Jay toma la batuta en la conversación y le pregunta sobre Claire, hace observaciones sobre el matrimonio, su fragilidad, de cómo hay situaciones que pueden echar todo por la borda. Poco a poco, Jay le habla sobre los hombres que se relacionan con una casada. Le cuenta que abandonó a su infiel esposa, algo de lo que Cheréau no nos ofrece un flashback como prueba. El espectador sospecha que a Jay lo empuja un impulso por delatar a Claire. Los motivos… los desconocemos. En un tenor freudiano, podríamos apelar al Inconsciente y barajar que está delatando a su esposa vía Claire. Jay continúa y no tiene empacho en contarle que ahora tiene una amante. Andy le pregunta si es casada. Se vislumbra la amenaza de un acting out. Pero Jay le regresa la pregunta: qué opina sobre una madre que se la pasa el día con un amante y vuelve antes de la noche a su hogar sin remordimientos. Andy aparenta uno de esos caballeros a la vieja usanza inglesa que no callaría a Jay, tampoco lo sermonearía acerca de la infidelidad, no se permitiría confidencias con un desconocido y su temple algo victoriano no le alcanzaría para hacerle una escena de celos a su esposa.

Es miércoles otra vez. Jay está saliendo de su casa y se topa con Claire. Él creyó que ya no vendría. Ella se excusa. La invita a pasar. Esta vez, Jay es sexualmente violento y rápido. Claire no goza y se dibuja en su semblante una expresión de profundo desconcierto.

En la siguiente secuencia, Claire está repasando una escena de declaración de amor que ensaya una pareja de alumnos. Algo no le cuadra. Se ve molesta. Hace señalamientos muy severos. Sus alumnos se saben depositarios de una crisis personal de Claire. Nosotros intuimos que lo idílico de la escena la está frustrando. Después de la clase, Claire está deshecha. Le confía a su alumna Betty (Marianne Faithfull) que acaba de perder a alguien. Betty es un personaje enigmático. Funge como un oráculo que intenta explicar lo que está pasando y suelta interpretaciones y consejos apenas inteligibles a manera de parábolas.

De vuelta al bar, terminada la función, Andy lleva a Jay a los camerinos para presentarle a su esposa. Jay no ingenia una excusa para postergar lo inevitable. Claire y Jay no se saludan ni se miran a los ojos. No fingen, no actúan. En cambio, Andy continúa como si nada, incluso le dice a Claire “es Jay, el que abandonó a su esposa”, dejando claro que le había estado contando a Claire lo que Jay le confiaba. No necesitamos un lenguaje menos indirecto para saber que Andy ya está o ya estaba al tanto de la relación de ambos y que había entendido bien la confesión oblicua de Jay de estar acostándose con una madre casada. Ahora es el turno de Andy para exhibir a ambos. Los demás actores se van retirando de los camerinos, Andy también. Estando solos, Jay la confronta: “¿por qué no hablabas?”. Le confiesa que creía que ella sabía de él y que eso lo hizo sentirse en desventaja. Le echa en cara la comodidad de su posición, la seguridad de regresar a un hogar completo, con esposo e hijo. Jay parece estar intentando expiar su culpa de haber abandonado a sus hijos y hacerla recaer sobre una figura materna.

Andy y Claire cenan en su departamento con Betty. Ésta se dispone a retirarse. Le ofrecen llevarla en el taxi de Andy. Cuando quedan solos, Claire le dice en voz alta: “no te dejaré” y se le ocurre preguntar cómo conoció a Jay. En este punto Andy explota e intenta lacerarle la llaga a Claire gritándole que nunca había creído en ella como actriz, que cómo se atreve a impartir talleres de actuación. Ella se baja y a llanto suelto le contesta que no la conoce, que no sabe cómo herirla.

Claire visita a Jay. Hablan. Él le reprocha que le haya contado la verdad a Andy. Ella no lo desdice, lo cual nos hace saber que Andy escuchaba a Jay a sabiendas de sus encuentros con Claire. Entre Claire y Jay hubo un doble silencio. Él se enamoró, pero calló a partir de una pregunta que ella no contestó (¿vienes el siguiente miércoles?). No sabemos por qué ella callaba, pero podemos estar seguros de que el hecho de estar casada y ser madre fue el principal motivo. Además, puede que temiera aceptar que estaba enamorándose. Al igual que Jay, evitó ponerles palabras a sus sentimientos para no sentirse expuesta y vulnerable. Claire le confiesa que quería empezar de nuevo con él. Él la insta a que se quede a vivir. Ella dice no. Le pregunta si dejará a su esposo. No. Se acercan. Cheréau cierra los planos. No se besan, omiten el escarceo, se abrazan, reposan sus cabezas en el hombro del otro, traen puestos los abrigos de invierno y el calzado, y, de pie contra la pared, sin quitarse una prenda, con sólo sugerir que él se baja el cierre y ella un poco la braga, y sin dejar de tenerse en sus brazos en todo momento, hacen el amor. Al unísono, alcanzan el clímax en una suerte de implosión, un frenesí contenido que apenas se deja ver en los ojos ligeramente más húmedos, en el cambio de color en sus rostros y en los gemidos quedos. Aquí Cheréau se voló la barda. Es una de las escenas eróticas más intensas que pueda apreciar un cinéfilo.

Podemos aventurar que Claire no tenía relaciones con su esposo. No en vano, Karin Lindsay-Stewart, la encargada de la audición, seleccionó a Timothy Spall que parece la encarnación de John Bull sólo que abotagado y con evidente falta de vigor. En cambio, a Claire le están sentando bien los años. En pleno despegue de la madurez, luce esa belleza que otorga el aplomo y la mesura.

Siempre resulta inquietante cuando en una película unos personajes actúan de actores en la representación de una obra de teatro. El doble papel de Claire nos hace conscientes de la indistinción entre actuar y fingir. La verdadera ventaja de Claire sobre Jay está en la habilidad natural, inconsciente o cultivada, de mantener la compostura y en llevar con entereza una doble vida sentimental.

Intimidad aborda varias cuestiones en torno a la relación entre deseo, sexo, intimidad y amor que se entretejen, son concebidas a veces indistintamente y no tienen definiciones precisas ni consensuadas. La moral permea esta semántica y conduce a trampas que en la película se traducen en autoengaños: ¿Puede haber intimidad sin amor? ¿Es la intimidad condición para una relación sexual? ¿El amor se hace -se hace el amor- o es un sentimiento? ¿Es conveniente que una pareja hable de sus dudas sobre el sexo y el amor o simplemente las despejen llevándolas a efecto? Por último ¿es posible racionalizar el amor? En el tercer tomo de En busca del tiempo perdido (1922) Marcel Proust narra una tertulia en la que abordan el tema del amor. Madame Leroi es la única que no opina. La duquesa de Guermantes le pregunta “¿Qué piensa usted del amor?”, a lo que Madame Leroi contesta: “¿El amor? Lo hago a menudo, pero jamás hablo de él.”

¿Son los celos un sentimiento o un instinto de territorialidad? Me convence más la idea de que son una modalidad de la envidia. No descarto que los celos de Jay responden a envidia. Son varias las películas que abordan los celos desde este punto de vista. Destaco tres obras maestras en esta línea: Él (1953) de Luis Buñuel, El infierno (L’Enfer, 1994) de Claude Chabrol y Tom en el granero (Tom à la ferme, 2013) de Xavier Dolan. Pero más que una represión homosexual, veo en Jay una carencia de sentido que ni siquiera asoma la intención de buscarlo. Se conduce sin preguntarse por qué calla ni por qué pregunta lo que pregunta. Al final hay un cambio en Jay, al menos de palabra. Con Claire pasa por una fuerte crisis, en la que repite inconsciente, simbólica y materialmente su primera separación matrimonial, para por fin dejar de pensar en sí mismo y entregarse a Claire.

Como La vida de Adele (La Vie d’Adèle, 2013), Intimidad fue objeto de mucha atención por algunas escenas “explícitas” de sexo, muy sustanciales para la caracterización de los personajes, decisivas en la trama y sin gazmoñerías ni tapujos. Funcionan como contrapuntos y estructuran el tiempo de la película. Lejos de ser una mirada homosexual, Cheréau hace concesiones gratificantes a los heterosexuales. Gozan de un sutil equilibrio entre el desnudo femenino y el masculino. Éstos no son glamorosamente eróticos ni pornográficamente excitantes, pero tampoco son modelos clínicos ni anatómicos. Las escenas lo mismo podrían haber tenido lugar en una vieja bodega con trastos entelarañados. Los miércoles antes de las 2 Jay sólo recoge algunas cosas de la habitación a medio amueblar y desangelada. Tienen sexo de paso en un lugar de paso. La luz es raquítica, demasiado natural para una escena pornográfica u obscena. Igualmente, Cheréau despoja el espacio de cualquier accesorio que por convención nos remita a un ambiente erótico.

Antes de que se permitieran las escenas de sexo en el cine, éstas se insinuaban con un beso apasionado y cerrando una puerta, o saliendo vestidos de una recámara. Se trataba de sugerir que habría o hubo sexo. A los desnudos copulando ahora se les refiere como explícitos. Más aún, como gráficos. En Intimidad se ven senos, nalgas, vaginas (más bien pubis) y penes. Si el grueso de los críticos no ve los genitales, nunca hablan de sexo implícito. Sin embargo, mientras el resto del cuerpo esté en el acto, el sexo no puede ser más que explícito. Me explico: esconder las partes íntimas (o privadas) bajo la penumbra, las sombras o cubrirlas con otras partes, cosas o ubicarlas fuera de cuadro, no hace implícito al sexo. No es que los genitales estén sugeridos, son obvios, porque el cine no sólo es imagen. El sonido imprime continuidad a los saltos visuales y hace presente lo ausente. En este caso, hace inequívoco lo que está sucediendo y los órganos involucrados.

Un plano en Intimidad parece haber ofuscado a los conventículos de la crítica. Salvo contados críticos, la mayoría no destacó casi nada de la película, calificaron de excesivo realismo a las escenas de sexo y, sobre todo, se abocaron a una felación. Les resulta inconcebible que la penetración y la compenetración vayan de la mano. Su observancia puritana hizo que se les pasara de noche El imperio de los sentidos (Ai no Korîda, 1976) de Nagisa Ōshima, una galería de composiciones visuales -más narrativas que descriptivas- en las que los genitales son sólo una parte del plano y no su centro ni el único objeto. De cualquier manera, esta observación es inútil. Comprende tan sólo uno de los tantos argumentos de los que se han echado mano para formular la inoperante distinción erotismo / pornografía.

La constante presencia de los hijos pequeños de Jay en los flashbacks y del pequeño Luke de Andy y Claire en el teatro bar, nos lleva a reorientar la perspectiva de la película de la infidelidad a la paternidad, específicamente la culpa y el dolor que carga un padre por haber abandonado a sus hijos. Aunque casi no se ve ejercida, es finalmente la paternidad lo que está en el corazón de esta gran película. Todo lo demás es periférico. Ian funge como autor implícito, él es Patrice Cheréau que sigue de cerca el drama, observa desimplicado desde fuera, con el privilegio de ver la ceguera de los que tienen hijos y que impacientemente renuncian a ellos en su intento por apaciguar la insatisfacción crónica. Pero ¿de qué y por qué?, se preguntaría Woody Allen que nunca ha llegado a una respuesta, pero que la pregunta la ha formulado en puestas en escena magistrales.

Intimidad recibió el Oso de Oro por mejor película, el Oso de Plata por mejor actriz (Kerry Fox) y el Premio Ángel Azul por mejor película europea en el Festival de Berlín.

Para cerrar este escrito, transcribo la respuesta que Jay recibe del niño Luke cuando le pregunta si no se aburre viendo la obra en la que actúa su mamá tantas veces:

“Me gusta ver la obra muchas veces porque no siempre entiendo todo la primera vez”.

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