CINESCOPÍA/José Javier Coz
Enfrentando la verdad (At kende sandheden, 2002) (traducción: “para conocer la verdad”), es la antepenúltima película que dirigió el neurocirujano Nils Malmros (1944- ). Su carrera como cineasta la inició en 1968 y se retiró en 2013 con 11 largometrajes en su haber, la mayoría galardonados en Dinamarca y pocos en el exterior. Unos más, otros menos, todos son autobiográficos. En una ocasión declaró lo siguiente: “Como cineasta, para llevar algo a la pantalla debes obsesionarte y encontré que podía usar mis recuerdos. He continuado haciendo películas de esta manera sobre mí, mi padre, mi madre, mis compañeros de escuela y, finalmente, sobre mi esposa.” Su última película, Tristeza y alegría (Sorg og glæde, 2013), narra un episodio trágico con su esposa en 1984, en el que ella, en una crisis depresiva, apuñala a muerte a su hija de 9 meses. Estuvo internada año y medio en un psiquiátrico hasta su total recuperación, fue liberada y se reincorporó como profesora de la escuela donde impartía clases, a petición de los padres de sus alumnos.

Nils Malmros coescribió Enfrentando la verdad con John Mogensen. Una producción danesa poco conocida por razones que ignoro. Narra el dilema bioético que enfrentó Richard Malmros (1905-2000), padre del director, también neurocirujano, entre dejar morir a sus pacientes o suministrarles thorotrast, el único medio de alto contraste que había y que por su alta visibilidad intuía que era radiactivo y que permanecería en el cuerpo de los pacientes toda su vida. Posteriormente se descubrió que producía cáncer entre 20 y 40 años después de su inoculación. Ya mayor, enfrenta un juicio, pero más que nada –y en esto se focaliza la película– la culpa con la que cargaría el resto de sus días y que lo hace convertirse en su propio juez, más severo que la academia y los aparatos jurídico y mediático. E indirectamente, ¿por qué no?, la Iglesia Evangélica Luterana de Dinamarca, pues esa culpa se gestó durante la tutela de su tía Johanne, una fundamentalista que para toda pregunta o petición disponía de un versículo punitivo a la mano. La película oscila entre la figura pública del cirujano más prestigiado en Dinamarca y su tormento en la vida privada, sobre la que recarga el peso la historia.
La trama se narra hacia adelante y hacia atrás en tres períodos de la vida del neurocirujano: 1944-1946, en el que Richard Malmros (Jens Albinus) practica sus primeras intervenciones con thorotrast; 1986, interpretado por William Rosenberg, en que enfrenta el juicio y el acoso periodístico; y 1916, en el que vemos al niño Malmros (Lasse Broust Andersen) de 11 años expuesto a eventos familiares y escolares que marcaron su personalidad. La alternancia de tiempos nos deja y nos hace ver la tragedia de ese niño colmado de ilusiones que termina como un anciano que nunca fue feliz y vivirá lo que le queda de tiempo golpeado por la culpa. Es absuelto por las instituciones, pero para sí mismo continuará como un verdugo.

La película abre en 1944 en el poblado de Aarhus, Dinamarca, durante la ocupación nazi. Vemos la llegada a un hospital de un adolescente casi inconsciente y con fuertes dolores de cabeza, acompañado de su acongojada madre. Richard Malmros le detecta un aneurisma después de inyectarle thorotrast. Lo interviene inmediatamente con éxito total.
En un salto al 7 de septiembre de 1986, vemos a viejo Richard en el estudio de su casa después de ser absuelto en un juicio. Asistido por su hijo Nils (Søren Østergaard), está revisando los expedientes médicos de los pacientes que atendió durante la Segunda Guerra Mundial. Nils se los tiene que leer pues su vista está muy deteriorada. Richard garabatea notas y graba acotaciones que Nils transcribirá en lo sucesivo.
Se alternan flashbacks a 1944 cuando su exnovia lo corta. Luego conoce a Eli (Lise Stegger), su futura esposa, una amiguita de la infancia, ahora una mujer alegre, enamorada y solícita que no tarda en proponerle matrimonio a Richard. Él todavía estaba enamorado de su exnovia, pero acepta la propuesta. Tienen dos niñas y un varón (Nils).
Se alternan otras secuencias en las que el periodista Jon Knoblau (Peter Schrøder) de la agencia de noticias Ritzau consulta a médicos activos y retirados del Consejo Médico Forense y de la Junta Nacional de Salud. Uno de ellos le recomienda que examine los artículos relacionados al tema en una revista de neurocirugía que se publicaba en los años de la guerra y que está disponible en la hemeroteca de la ciudad. Con la proclama de hacer una cruzada por la verdad, el periodista integra una investigación en aras de reabrir el juicio a Malmros.

La película se remonta nuevamente a 1944. La hija de su exnovia llega con un cuadro previo a una parálisis. Richard arriesga operarla sin thorotrast. El perabrodil se había agotado. La cirugía se realiza prácticamente a tientas, con base sólo en la sintomatología, es imprecisa y a destiempo. La niña muere. Años después Knoblau califica este hecho como negligencia médica y saca a la luz el encubrimiento del caso por parte del Consejo de Medicina Legal.
Otros flashbacks se remontan a la infancia de Richard en 1916. Lo vemos trabajando de repartidor y cobrador para una lavandería. Su padre es un estibador alcohólico, desobligado y ausente. La madre (Ida Dwinger) le pide ayuda constante e insistentemente a su hermana Johanne (Anni Bjørn), que se rehusa aduciendo razones morales. Hay una escena representativa de la férrea religiosidad en esos años en Dinamarca. En una visita, la tía Johanne le dice al niño Richard que él debe ser la “sal de la tierra” en su familia. El niño condesciende a este exhorto sin más. Después le pregunta al sacerdote del pueblo sobre el significado. El cura le explica que la sal de la tierra conserva, es un símbolo. El pecado y la corrupción no existen donde hay sal.
En vísperas de entrar al bachiller y la universidad, en la escuela ven un gran potencial en Richard y el director les hace una visita a los padres para persuadirlos de que el muchacho continúe sus estudios. La madre le pide a su hermana encarecidamente y por última vez apoyo económico. Ésta por fin accede, pero pone como condición que estudie el sacerdocio. El niño Richard la visita y acepta, pero no tarda en regresar para decirle que no le interesa el sacerdocio sino ayudar a la gente. Su tía le pregunta qué quiere estudiar y acepta ayudarlo, todo para que al final de la carrera Richard descubra que acumuló la deuda de todas las colegiaturas.

Lo que empezó a perseguirse en Dinamarca a principios de los ochenta fue el uso desde 1944 hasta 1947 del thorotrast, un medio de contraste para angiografías que permitía visualizar vasos sanguíneos y lesiones cerebrovasculares, como coágulos o derrames, en placas de rayos X. Con los años, se reveló que era radiactivo y por ende cancerígeno. En 1947 entra formalmente al mercado otro medio de contraste no radiactivo, el perabrodil, pero que no producía imágenes lo suficientemente precisas. En el transcurso de varios años, el perabrodil fue la única alternativa al thorotrast. Ambos medios de contraste se habían experimentado en la Alemania nazi. Además de que el perabrodil no ofrecía una nitidez visual para detectar derrames, los pacientes sufrían fuertes y peligrosos efectos secundarios. Hubo escasez y se siguió utilizando el thorotrast para casos de vida o muerte. Hay flashbacks que describen cómo Richard Malmros, que fue sospechoso de haber usado thorotrast con alevosía, prefirió usar el perabrodil. Durante la guerra, los alemanes controlaban su monopolio. El problema radicó en que Dinamarca también importaba el perabrodil de Alemania y los bombardeos de los aliados destruyeron las instalaciones donde se fabricaba.
Otra investigación que emprende la Real Academia Danesa de Cirugía y el escándalo del periodista por el que recibe el Premio Cavling reabren el caso judicial de Malmros. Más allá de los dilemas éticos y legales, había uno a título personal del neurocirujano y que minimiza la decisión entre la vida o la muerte de sus pacientes que llegaban a sus manos con aneurismas, embolias y traumatismos craneales, casos ¡ojo! que no le planteaban si dejar a sus pacientes morir en poco tiempo o morir años después por los efectos radiactivos. Mayor disyuntiva fue entre ofrecer una vida paralítica o una libre de parálisis, pero con un final incierto. Sabemos que muchas profesiones relacionadas con la salud corren el riesgo de perseguirse por errores o accidentes y ser acosadas por la academia y, sobre todo, ¡oh novedad! por los medios cuyos reporteros siempre se erigen como defensores de nuestro derecho a la información y como centinelas de la verdad. Existen las negligencias médicas, pero también la carencia de medicamentos, equipo, personal, espacio, presupuesto, etc. para lo que no queda opción alguna aparte de improvisar alternativas.

Nils Malmros ejerció la neurocirugía durante el período en que filmó Enfrentando la verdad y es en este punto de su carrera cinematográfica que su precisión formal y su sobriedad tomó un giro visual poco cálido en comparación con sus películas anteriores. El director agrega pizcas de humor negro cuando, por ejemplo, un miembro rudo de la Gestapo se desmaya al entrar sin permiso al quirófano en plena operación. También la presencia de su esposa de joven, una campanita de carácter, una castañuela, aporta alegría a la película que en general es tensa con un protagonista angustiado y triste. Las intervenciones quirúrgicas filmadas no son simuladas. Las ejecuta el mismísimo director. Son tan impactantes que consultó al encargado de la cinematografía Jan Weincke. Éste le sugirió rodar toda la película en blanco y negro, lo cual ofrece un tratamiento más documental, frío –en el sentido de no despertar emociones– y clínico a las escenas en el quirófano. Hizo uso del monocromado para contrastar los planos en detalle de las craneotomías (cortes y aberturas circulares del cráneo), de los drenajes y de la instrumentación con los planos generales de paisajes nevados. Impecable en su factura, la recomiendo a todos y, en especial, a estudiantes de medicina, médicos e interesados en la interrelación bioética, derecho y medicina.
Nils Malmros nos deja de tarea las siguientes preguntas: Cuatro décadas atrás a 1986, ¿debería haberse usado una sustancia peligrosa para salvar vidas que ahora están amenazadas por un efecto secundario desconocido entonces? La gente involucrada, ¿debería ahora sentirse culpable? Ganó el Astor de oro en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y el Premio Roberts que otorga en Copenhague la Academia Danesa de Cine a la película del año en 2003.




