Un pináculo de Tennessee Williams y Sidney Lumet: Piel de serpiente (1960)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

Sidney Lumet empezó como actor de teatro y de ahí se pasó a la dirección. Después iniciaría la dirección de cine sin dejar el teatro entre una película y otra. Conocía desde adentro y afuera la actuación e hizo muy buena mancuerna con el dramaturgo y guionista Tennessee Williams. Debutó con una indiscutible obra maestra: 12 hombres en pugna (12 Angry Men, 1957). En su cuarta película, Piel de serpiente (The Fugitive Kind, 1960), volvió a posicionarse en las ligas mayores.

De su filmografía es imposible olvidar la profética Poder que mata (Network, 1976); tampoco el poderoso drama Tarde de perros (Dog Day Afternoon, 1975), basado en hechos reales.

Existe cerca de una treintena de obras de teatro de Tennessee Williams que han sido llevadas a la pantalla. En muchas invitaron al propio Tennessee a adaptar la pieza, lo que implica traducir un lenguaje escrito destinado a una representación pública a otro audiovisual con las limitaciones y los alcances que supone la traslación. Ejemplos invaluables a la mano están Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951) dirigida por Elia Kazan y De repente en el verano (Suddenly Last Summer, 1959), dirigida por Joseph L. Mankiewicz. También La rosa tatuada (The Rose Tattoo, 1953), Un gato sobre el tejado caliente (Cat on a Hot Tin Roof, 1958),  Verano y humo (Summer and Smoke, 1961), El dulce pájaro de la juventud (Sweet Bird of Youth, 1962) y La noche de la iguana (The Night of the Iguana, 1964).

Para Piel de serpiente, Williams se basó en una de sus piezas titulada El descenso de Orfeo (Orpheus Descending, 1957) que es la reescritura de Batalla de ángeles (The Battle of Angels, 1940) del mismo Tennessee.

Valentine Xavier (Marlon Brando), apodado “Piel de serpiente” por su chamarra, es un joven guitarrista que queda en libertad bajo palabra después de causar un zafarrancho en un centro nocturno en Nueva Orleans. Está por cumplir 30 años y quiere sentar cabeza, dejar atrás su vida pendenciera y decide abandonar la ciudad y salir a la provincia con su guitarra, “su compañera de vida”, y, como Orfeo, a tocar y cantar a los lugareños para calmarlos. En la película es menos con la guitarra que con su voz.

Un aguacero lo detiene en un pueblo en el que pide posada en la única casa con la luz encendida. Lo recibe la dulce y candorosa señora Vee Talbot (Maureen Stapledon) esposa del sheriff (R. G. Armstrong).

La señora le recomienda que a la mañana siguiente le solicite trabajo a Myra Torrance, conocida como Lady, a la que encarna Anna Magnani, una actriz italiana madura (51 años) de renombre que Tennessee Williams conocía y la quería para el papel junto con Marlon Brando de 36 años. Ella hace de esposa de Jabe Torrance (Victor Jory), dueño de la única tienda almacén grande del pueblo. Este local es como la plaza, el lugar de encuentro de los lugareños. Entra y sale gente a saludarse y a platicar, o al chisme. Jabe convalece de cáncer confinado en su habitación arriba. Cuando Valentine se presenta, la joven atractiva Carol Cutrere (Joanne Woodward) lo aborda de inmediato con la doble intención de flirtearlo y de ponerlo en evidencia de que ya lo conocía como peleonero en centros nocturnos en Nueva Orleans. Ella está a punto de ser vetada en el pueblo por su vida licenciosa. La gente se refiere a ella como una vagabunda lasciva. En realidad, la quieren declarar persona non grata por haber intentado denunciar la masacre de negros en su condado, Two Rivers. El personaje de Carol gana protagonismo en la película. Recordemos La noche de la iguana que, conforme avanza, el protagonismo se reparte por igual en los demás. La vida dramática de Lady también tiene su peso específico.

Sin intención, Valentine Xavier sacudirá la estabilidad del pueblo. El destino le tiene preparado más infortunios. Viene huyendo de un infierno para encontrarse con otro más pequeño y sin posibilidad de perderse entre los pueblerinos. Su propósito de salvarse a través de la benevolencia lo convierte involuntariamente en un redentor que termina salvando la vida de otros, especialmente de damas: a Lady del yugo de su esposo, a Carol del de su hermano y a Vee de la insoportable complicidad de su tirano esposo. No en vano, Xavier se pronuncia en inglés igual que savior (salvador). Valentine es una suerte de seductor pasivo. Está en su naturaleza. Un mozo apuesto y fortachón que sólo necesita hablar. Lo hace pausada y quedamente. La combinación de su tersura y su virilidad las embruja.

Lady le confía a Valentine un pasado que la atormenta: su padre fue quemado vivo en su bodega viticultora por haberles vendido alcohol a unos negros labriegos, algo prohibido en los años previos al Civil Rights Movement. Ella jura vengar su muerte. Se enamora de Valentine y él la ayuda a acondicionar la trastienda en una futura confitería. Su esposo sospecha de ese amorío y en un arranque de furia se le sale decir un “nosotros” al repasar la muerte del padre de Lady. Esta revelación, la de su esposo como uno de los asesinos de su padre, la atormentará más.

Lady y la joven Carol son personajes antagónicos. La primera, una mujer entrada en años, temperamental y dura, con ventaja económica y estabilidad, pero atada al esposo. La segunda, joven, lozana e intrépida, pero relajada y desapegada, es libre, aunque totalmente a la deriva. Sin embargo, Tennessee Williams no las pone a rivalizar, aunque ambas se enamoran de Valentine, Lady con un poco de desesperación y el tiempo encima y la otra sin prisa.

Todos estos conflictos estaban latentes. La sola presencia de Valentine los detona uno a uno. Con la fina pluma de Tennessee Williams para definir caracteres tan únicos y disímiles entre sí a través de diálogos cargados de simbolismo y que fluyen con naturalidad, sumada a la destreza cinematográfica de Lumet, se hace una equilibrada puesta en escena de las pasiones contenidas, de sentimientos encontrados, de revelaciones inusitadas, en suma, del entramado de vínculos y sus historiales entre un amplio espectro de posibilidades en lo humano.

Piel de serpiente no se puede acoger con distracciones. Exige a cada momento atención no sólo a lo que se dice y a lo que se calla, sino a los gestos, desde una simple mirada aparentemente sin más o una sonrisa que apenas se esboza, hasta unos ataques de ira y unos desbordados arrebatos. Bajo el cuidado de Lumet, ninguno de los personajes cae en la sobreactuación.

El trabajo de cámara es un contrapeso a los parlamentos que podrían delatar un origen teatral. A través de paneos semicirculares, Lumet nos acerca a cada personaje partiendo de planos medios y terminando en primeros planos. Conduce suavemente la cámara hacia adelante o hacia atrás en los primeros encuentros de cada personaje. De esta manera, los ubica en el espacio, nos ofrece su mirada y la de quienes lo miran. Sin embargo, Boris Kaufman, el encargado de la cinematografía, le sugirió a Lumet que la iluminación en interiores fuera más teatral para ampliar el espacio y acentuar el dramatismo actoral.

Tennessee Williams desdeñaba el estilo elíptico que consiste en omitir una o más palabras para ganar concisión. No obstante, recurre a frases truncas, a monólogos entre dos personas, al pensamiento en voz alta, a soliloquios, como parte de la incomunicación (¡o de la comunicación!), todo lo cual le imprime más realismo a los diálogos.

El título original se traduce como “el que tiene tipo de fugitivo”. Se trata de un guiño irónico pues Xavier no es fugitivo ya que su pena fue conmutada por una libertad condicional y, por el contrario, se trata del tipo de malhechor que decide redimirse.

Tennessee nunca dejó de denunciar entre líneas y en contexto los atropellos a la población negra en su tierra. En Piel de serpiente cobran más vigencia en medio de las protestas del Civil Rights Movement (Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos) que abogaba por la abolición de la segregación racial en todos los estados de la Unión Americana, sin excepción.

En su momento la cinta no fue gratamente recibida por la crítica. No faltaron las comparaciones con la versión teatral. Las reseñas señalaron la no correspondencia y falta de fidelidad a los personajes originales y el peso de su protagonismo. A la fecha, se insiste sobre esta noción de fidelidad en el concepto de adaptación y no se toma en cuenta la necesidad de recrear al momento de hacer una traslación de un medio a otro, del teatro o de la novela al cine. Y la libertad que ofrece esa traslación. Piel de serpiente ganó la Concha de Plata a la mejor dirección y el Premio Zulueta de Interpretación Femenina en el Festival de San Sebastián, en su edición de 1960.

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