CINESCOPÍA/José Javier Coz
El cliente (Forušande, 2016) es un drama iraní que en España circuló con el título de El viajante. En la película, los protagonistas ensayan una obra de teatro titulada Death of a Salesman escrita por Arthur Miller en 1949 y que en castellano se tradujo como Muerte de un viajante o Muerte de un vendedor. De ahí la traducción del título en España. En México se decidió titularla conforme a uno de los protagonistas que es cliente de una prostituta.
La dirección y el guion de El cliente corrieron a cargo de Asghar Farhadi, autor también de la internacionalmente célebre y multipremiada Una separación (Jodâyi-e Nâder az Simin, 2011) y El pasado (Gozašte, 2013, Premio del Jurado Ecuménico en Cannes, mejor película National Board of Review). También de La bella ciudad (Shahr-e Ziba, 2004), Chaharshanbe Surí (2006), A propósito de Elly (Dar bāre-ye Elly, 2009, Oso de Plata por mejor director en el Festival de Berlín) y Un héroe (Qahremaan, 2021).

El cliente fue galardonada en varios festivales de cine alrededor del mundo. Oscar a mejor película extranjera; mejor guion y mejor actriz en Cannes; mejor película extranjera por la National Board of Review; mejor guion en Asian Film Awards, entre otros.
La película abre con el desalojo súbito en plena noche de un edificio que amenaza con colapsarse por las excavaciones en un predio contiguo. Un joven matrimonio, Emad (Shahab Hosseini) y Rana (Taraneh Alidoosti), están entre los afectados. Al día siguiente buscan un departamento en renta. Son actores de teatro, él además es profesor. La primera noche que pasan en su nuevo hogar, Rana deja abierta la puerta del edificio y del departamento porque quiere tomarse un baño mientras llega su esposo que encuentra huellas de sangre desde las escaleras hasta el baño. Los vecinos le dicen que Rana se encuentra en el hospital. Tiene un golpe en la cabeza. No quiere hablar sobre lo sucedido. Él tampoco pregunta.

Se retiran del hospital, no llaman a la policía ni interponen una denuncia, cosa común en países como Irán o México en los que la intersubjetividad prima sobre los procedimientos asentados en la ley, pero que de cualquier manera le imprime tensión a la película desde ya. Eventualmente, los vecinos se cruzan con Emad y le sugieren de manera tibia que levante una denuncia. Después vemos a Emad trapeando el piso y otras acciones que borran las evidencias materiales. Parece bastante indiferente o insensible al dolor de Rana y empeñado en continuar su vida laboral y conyugal como si eso también borrara lo sucedido. Se suman estos elementos que colocan al espectador en guardia. Ella le pide encarecidamente que no quiere quedarse sola en el departamento ni entrar al baño.

Un buen día, Emad encuentra en el departamento un dinero, unas llaves de coche y un celular. Prueba las llaves en todos los coches que alberga el estacionamiento del edificio y a la redonda, hasta dar con una camioneta pick-up. Con el pretexto de una mudanza, Emad consigue citar en el departamento anterior al dueño de la camioneta. Se trata de un señor de edad avanzada (Farid Sajadhosseini) y con condiciones delicadas de salud. Emad le dice que no se moleste en la mudanza, que sólo quiere hablar con él. Le cuenta lo que pasó y quiere saber quién fue. El señor se muestra desconfiado, no habla, no se defiende, lo que hace que Emad lo interrogue de manera más inquisitiva. El señor intenta salir, Emad le pone llave al departamento y lo acorrala hasta que confiesa que no era su intención atacarla, que se asustó al ver que no era la mujer que pretendía encontrar, una prostituta que era la anterior inquilina. Emad no acepta esta explicación.

Emad le pide al agresor que llame a su esposa, a su hija y a su futuro yerno, y que él mismo les explique lo que hizo. Se niega y Emad procede a encerrarlo en una habitación mientras se va a un ensayo. De regreso, Emad viene acompañado de Rana. Ella no está enterada. Encuentran al agresor en mal estado. Rana lo reconoce. Emad llama a sus familiares mientras lo reaniman de un desmayo. Rana le quiere hacer ver a Emad que se está vengando y que, si lo hace confesar ante su familia, le pedirá el divorcio. Emad parece vacilar. Arriban los familiares creyendo que Emad y Rana habían ayudado a su pariente que tiene una cardiopatía, y cuando disponen a retirarse, Emad les dice que necesita hablar un momento con él en privado. Le entrega una bolsita con su celular, el dinero y las llaves, y le propina una cachetada. El agresor sale pálido del cuarto y al bajar las escaleras azota. Los familiares llaman a la ambulancia mientras intentan reanimarlo. Emad y Rana se retiran lentamente no sabiendo qué hacer. Llega la ambulancia y ven cómo lo suben a una camilla.
Algunos críticos señalan que se trata de una venganza. Yo aseguro que no. En el islam y en el judaísmo prácticamente no hay cabida al perdón y la venganza es entendida como un ojo por ojo, un devolver la agresión con otra equivalente. En todo caso, no fue premeditada, sino que surge sobre la marcha. Emad demandaba una confesión para saber por qué agredió a su esposa. Emad se ensañó en humillar al agresor, en hacerlo sentir por adelantada la vergüenza de confesarse ante su esposa, su hija y su yerno.

Los motivos de Emad y Rana de no denunciar formalmente la agresión no son expuestos en la película. Obedecen a un pudor y un miedo que tiene de fondo el credo que practican que fomenta el ojo por ojo y a la falta de un conducto legal seguro para su desahogo; también a la carencia de una atención psicológica, libres de cualquier intrusión moral y religiosa para atender el caso, limitaciones todas que orillaron a Emad a investigar por cuenta propia, pero no para hacer justicia, sino para que el agresor confiese y Emad conocer los motivos.
Estas inferencias mías son cosecha de un gran silencio que contiene la película, un silencio revestido de desperfectos en el departamento en los que Asghar Farhadi se detiene exasperando con eficacia la paciencia del espectador, un silencio abarrotado por palabras y más palabras que sólo callan la verdad, miradas y evasiones excelentemente dirigidas que postergan un desenlace que dejará al espectador insatisfecho, pero no indiferente. Insisto, mi explicación es producto de la ambigüedad con que Farhadi enriquece esta escueta historia que da para una amplia deliberación sobre qué es correcto y qué es conveniente, qué acción sería legal y qué dicta la moral.

Me vino a la mente el deficiente sistema de procuración de justicia que no logra consolidar un Irán con una antigua historia civilizatoria. Farhadi hace una crítica no frontal pero sí tangencial a la procuración de justicia de su país. Logra sortear la censura que dictan los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica con respecto a cualquier cuestionamiento que se haga a la observancia del código islámico. Lo logra con algunos pocos elementos para pensar en el deshonor que supone ventilar lo sucedido para Emad y, sobre todo, para Rana, en una cultura con una religión que estigmatiza a una mujer por el simple hecho de haber sido vista desnuda por alguien que no sea su esposo, ya no digamos violada por un extraño. En Irán, como en otros países con un estado teocrático, el sistema de derecho todavía no se diferencia totalmente de la religión. Lo legal aparece sugerido (por los vecinos), impera el asunto moral religioso, pero Farhadi pone en evidencia las consecuencias de no perseguir jurídicamente un delito y deja abierta la posibilidad de un debate ético no socorrido por el Corán.




