El humano no gregario: El pequeño salvaje (1970)

CINESCOPÍA/José Javier Coz

François Truffaut fue crítico de cine en los Cahiers du cinéma y miembro fundador de la Nouvelle Vague como director y guionista a pesar de haberse desmarcado de los cánones que imponía Jean-Luc Godard. Falleció repentinamente a los 52 años. De sus 22 largometrajes, si acaso hay dos que tres infortunios. Prácticamente toda su filmografía es imprescindible y cada película una incursión temática distinta. Siempre destaco mis favoritas: La piel dura (L’argent de poche, 1976) y La noche americana (La nuit américaine, 1973), pero podemos recomendar lo que la crítica ha elogiado: su opera prima y autobiográfica Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959), Jim y Jules (Jules et Jim,1962) muy en el tenor de la Nueva Ola, su obra maestra El último metro (Le dernier métro, 1980) y La mujer de al lado (La femme d’à côté, 1981).

En esta novena entrega, El niño salvaje (L’Enfant sauvage, 1970), François Truffaut muestra como siempre su sensibilidad hacia la niñez –recordemos su entrañable abordaje de la infancia en La piel dura. Junto con Jean Gruault, se aventuró a adaptar las memorias del médico Jean Marc Itard sobre el caso Victor de l’Aveyron (bautizado así), un niño ermitaño que cuando contaba escasos 11 años fue descubierto desnudo el 18 de enero de 1800 en un bosque en las faldas de los Pirineos. Ya había sido avistado por varios campesinos y leñadores desde 1794. Se presume que sus padres lo abandonaron cuando apenas sabía caminar. Al parecer se alimentaba de tubérculos y bellotas. Tuvo varias custodias de las que escapó ocho veces hasta que su caso trascendió en París y fue asignado a la protección y estudio del doctor Itard.

A partir de la premisa de que lo que se pierde en fuerza se gana en sensibilidad, el doctor Itard –interpretado por el propio Truffaut– se centra en las preocupaciones del momento: civilizar al niño moral y lingüísticamente (preocupaciones retomadas recientemente por el actual sistema educativo, no sin bastante desatino). En ese entonces, estaban ya asentados los ideales de la Ilustración y la Revolución Francesa. Asistimos a una serie de pruebas que confirman que el niño oye, pero no escucha, ve, pero no mira, ríe por primera vez cuando lo bañan con agua caliente y se resiste a enderezar su torso pues arrastra la tendencia atávica de caminar como primate. Logra formar palabras con letras y asociarlas a las cosas que designan, pero no sabemos qué tanto por condicionamiento y cuánto por asimilación. Las ventanas son demasiado estrechas para su vista tan acostumbrada a tenderla hacia el horizonte, además de estar ávido por liberarse. Aquí podemos contraponer El pequeño salvaje con La habitación (The Room, 2015): mientras que para el correoso Victor, una casa grande es una jaula y se le ve feliz al aire libre, el escuálido Jack (Jacob Tremblay) siente casi vértigo y se tropieza fácilmente porque su cinestesia está atrofiada después de haber estado confinado cinco años desde que nació en un cuarto con cocineta y baño y es liberado a un nuevo espacio para él demasiado vasto y que tendrá que construir poco a poco (cfr. Jean Piaget, La construcción de lo real en el niño, 1937).

A la fecha, el caso del niño salvaje no ha perdido interés en los estudiosos del desarrollo cognitivo y emocional y también en los evolucionistas. Todavía ronda la incógnita de si Victor padecía de autismo y si éste era congénito o adquirido, y si la pretensión de civilizarlo, especialmente moralizarlo, impidió que desarrollara su potencial cognitivo. Nunca lo pusieron a seriar objetos (ordenar objetos que tienen igual forma y diferente tamaño desde el más pequeño al más grande o viceversa) ni clasificarlos (agrupar objetos de diferente color por su forma geométrica –esferas, tetraedros y cubos– y objetos de diferente forma por su color). Tampoco otras operaciones concretas como sumar con naranjas o cualquier otro objeto físico y no con signos numéricos.

Es de destacar la caracterización paciente mas no indulgente, poco afectiva pero meticulosamente atenta del doctor Itard. También el debut de Jean-Pierre Cargol que a sus 12 años interpreta excelentemente al niño salvaje sin después regresar a la pantalla, como sucedió con Bobby Henrey que personificó al niño Philippe en la película El ídolo caído (The Fallen Idol, 1948).

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