Conforme avanzaba la proyección de Wicked (Wicked: Part I, 2024) fui confirmando, minuto a minuto, cuánto me disgusta el musical. No obstante, también fui descubriendo que la propuesta cobraba valor: la historia permite iniciar una reflexión sobre la moral en los tiempos actuales. Al final la película representó una sorpresa agradable: es poco frecuente que una película “comercial” lleve a cabo lo que, diría, es un ejercicio de ética, un ejercicio que merece atención.

Wicked se ubica en terrenos fantásticos (genéricos y escenográficos) y sigue esencialmente la relación entre Galinda (Ariana Grande), la chica popular de la escuela, y Elphaba (Cynthia Erivo), una talentosa chica con piel verde. La primera aparece para confirmar la noticia de la debacle de la segunda, mejor conocida como la Malvada Bruja del Oeste. Las cosas comienzan a cambiar, sin embargo, cuando le preguntan a Galinda si es cierto que Elphaba era su amiga; y terminan por encaminarse cuando le preguntan sobre las razones que conducen al mal. La película no ofrece una respuesta, mas inicia un largo flashback (que no concluye y se extiende hasta el fade out final) que nos remite a los tiempos universitarios de las protagonistas y cierra en Oz, con la conformación prototípica de la bruja –incluso en su vestimenta–, utilizada por los que ostentan el poder para desacreditar a mujeres a las que tienen miedo por su libertad y su entereza moral.

Wicked es la más reciente entrega del californiano Jon M. Chu, responsable de En El Barrio (In the Heights, 2021), que también incursiona en los terrenos del musical. Ahora deja ver un valioso y ágil desempeño con la cámara, pertinente para dar fluidez al relato. No menos notable es el trabajo de puesta en escena. Las escenografías en general son fantásticas (y el término aplica lo mismo para la descripción que para el elogio): construye escenarios y arquitecturas espectaculares, cálidos, que remiten a universos oníricos. Me encantaría aplaudir lo relativo al musical, pero me temo que es la parte más floja de la película: la música no es particularmente gozosa y las letras de las canciones son medianamente rebuscadas y totalmente explicativas. Es bien sabido que hay una arista valiosa del musical en sus afanes literarios, que permiten dar forma a monólogos interiores y a diálogos sustanciosos, inclusive a mantras que a menudo refuerzan el tema de la película, pero más allá del disgusto manifestado al inicio del texto, me parece que éste no es el caso. Las virtudes están en otra parte.

Entre los asuntos promocionales de la cinta se mencionan los afanes de sensibilizar al espectador sobre la diferencia. Hasta donde va la entrega (ésta es la primera parte) no hay mucho que comentar al respecto, con todo y las referencias acaso involuntarias a Los Hombres X (X-Men, 2000) y Shrek (2001). Tampoco hay una exploración sobre el origen del mal. Lo que sí hay, y me parece que ahí reside el valor de Wicked, es una aguda exhibición del falso bien y la inclusión convenenciera. Por su aspecto, Elphaba es objeto de rechazo desde que nace, desde el mismísimo parto. En adelante será objeto de exclusión y burla. Incluso de los que otrora fueron objeto de exclusión y burla por el color de su piel, el volumen de su cuerpo, los handicaps físicos o las preferencias sexuales. Los asuntos principales, me parece, son claros: por medio de Galinda se ilumina la infinita hipocresía que cabe en los oportunistas que gozan de las simpatías de una juventud acrítica; es una especie de política (¿o influencer?), es decir, es convenenciera y falsa: finge ser amiga de la diferente sin favorecer la diferencia, para sacar provecho propio. Por otra parte, se exhibe también la actitud oprobiosa de sus seguidores: una vez que el excluido transita el umbral de la exclusión –según vemos, éste o ésta manifiesta una actitud servil y deviene un ser vil– y forma parte del mainstream, no tiene empacho en infringir un daño similar o peor al que antes sufrió. Esta actitud la vimos confirmada en las recientes elecciones del vecino país norteño: el inmigrante, que hace no mucho llegó indocumentado o documentado, y que acaso sufrió ninguneos y vejaciones, ahora está en la primera línea para exigir el cierre de fronteras.

Wicked exhibe la hipocresía de los inclusores y de los incluidos, que son empáticos selectivos y a conveniencia, y que podemos ver por allá, por acá y por aquí: lo mismo en Oz que en Guadalajara y en Tlaquepaque (¡cómo no!). Por estos lares no cantamos mal las rancheras. No faltan los inmigrantes empoderados y empoderadas (porque también hay migrantes “de lujo” en instituciones no menos hipócritas, que los adoran) que una vez que gozan de poder pueden convertirse en empleadores mezquinos, en empleadoras mezquinas (la mezquindad no sabe de géneros y es harto inclusiva).

No sé qué entenderá el público que vea la película, qué interpretación dará a los eventos de este primer rollo malvado. No sé si se pondrán el saco aquellos y aquellas para los que fue confeccionado el traje (es más fácil ver el supuesto mal en el ojo ajeno que la mezquindad en la humanidad propia). Tampoco sé si en efecto existe la voluntad, de parte de los creadores, de hacer un ejercicio de reflexión moral, es decir, de ética. Lo que sí sé es que están los ingredientes puestos para confeccionar una pócima extraordinaria en los tiempos que corren: pensar.




