Sueños: los sueños de migración producen monstruos

Voluntaria o involuntariamente, las películas de Michel Franco terminan por hacer comentarios valiosos sobre asuntos vigentes y más o menos densos. En Después de Lucía (2012) seguía un caso de abuso juvenil y ponía de relieve el umbral en el que un ser humano deja de ser considerado como tal; en Nuevo orden (2020), acaso una de sus entregas más fallidas, seguía la rebelión de la servidumbre y exhibía la fragilidad de un poder sin siervos. En Sueños (Dreams, 2025), su más reciente largometraje, acompaña a un joven bailarín mexicano en sus amoríos con una mujer madura norteamericana para ilustrar el rol que los mexicanos cubren en la percepción de la población estadounidense. Valioso y oportuno comentario, así sea involuntario.

Sueños es una coproducción de México y Estados Unidos. Inicia con la llegada ilegal de Fernando (Isaac Hernández) a territorio yanqui.  Después de un encierro prolongado en la caja de un tráiler llega a San Francisco. Ahí se reúne con Jennifer (Jessica Chastain), una mujer madura (es lo que vulgarmente se conoce como cougar) que no lo espera. Posteriormente descubrimos que ambos son amantes, que tienen una relación que se ha desarrollado en México y que él es un bailarín sobresaliente. Más adelante somos testigos de cómo ella, que pertenece a una familia adinerada, se niega a presentarlo como su pareja. Él tiene un gesto de dignidad y se marcha. Pero Satán y el imperio son poderosos, y cuando se involucran las hormonas resultan seductores…

Franco parte de un guión que funciona bien –al menos al inicio–, con revelaciones constantes que permiten que la trama avance con fluidez. Fiel a su estilo, la cámara, a menudo estática, es un observador atento que hace del espectador un voyeur. Cuantimás en este caso, en el que se multiplican las escenas sexosas. En el tercer acto el curso de los eventos se precipita de una manera que tiende a ser más demostrativa que mostrativa. No obstante, el resultado es positivo.

Sueños hace un diagnóstico certero, ilustra de manera sencilla y clara el rol que los mexicanos ocupan desde la perspectiva de los estadounidenses. Si bien es cierto que los hay en diversos oficios y labores, los que se apersonan en Estados Unidos son vistos esencialmente como prestadores de servicios o, más bien, como servidumbre. Fernando es un mexican lover joven e impetuoso, un bailarín talentoso, pero al final del día es un sirviente sexual. Pretende tener una relación entre pares, pero la cinta ofrece abundantes pruebas de que estamos mucho más allá de una situación asimétrica: más allá de las edades, el asunto se instala en el terreno del poder, y ahí la relación es terriblemente desigual. Él no reacciona de la mejor forma y termina convirtiéndose en lo que los tiempos recientes nos han hecho creer que es un monstruo: comete violentos actos reprobables –con los abusos y las víctimas reglamentarios y de cajón– que siguen ocupando harto espacio en las hartantes redes sociales. Termina siendo un despechado sin causa; en lugar de utilizar las mentadas redes, que tan provechosas resultan para que el despechado goce de los beneficios de la crédula “empatía”, hace uso de su fuerza. En un final que emula al de Dogville (2003) de Lars von Trier, se le recuerda –y se nos recuerda– que para el amo la fuerza del débil es una curiosidad bienvenida como parte del servicio, pero es inaceptable fuera de él; que, desde la perspectiva del amo, una vez que ha prestado el servicio el servidor se convierte en un ente desechable, sustituible.

Calificación 75%
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