La autoría en tiempos de IA

Recientemente se ha hecho mucho ruido alrededor del escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien, quien publicó una novela (C’était ça ou mourir, que se traduciría como Era eso o morir) que se ha vendido bien y que fue considerada para numerosos premios literarios; ganó, por ejemplo, el Fnac. Una cuenta de X “denunció” que el origen de la novela está en la inteligencia artificial (IA): se sometieron amplios fragmentos de la obra a otra aplicación de IA, la cual dio por resultado que un alto porcentaje de lo revisado tiene esta tecnología como origen. Dado que los tiempos que corren son inquisitoriales, rápidamente la atención se concentró en Orélien, y diferentes personas se dieron a la tarea de revisar sus publicaciones previas. Al parecer (reitero, al parecer), el susodicho es un plagiario consumado. Por lo pronto, se ha retirado su candidatura al premio Goncourt, el más prestigioso en lengua francesa, y se han cancelado algunas invitaciones a eventos literarios. Por supuesto, ha sido “cancelado” por aquí y por allá: para mucha gente juzgar y sentenciar al ostracismo a su prójimo es, al parecer, el único sentido que han encontrado a su existencia. Hasta ahí el contexto.

Es claro que los tramposos y las tramposas utilizan con fruición la IA, lo mismo en los terrenos de la creación que en los de la educación. En mi experiencia como profesor universitario he constatado su uso indiscriminado: leo (o veo, en video) decenas de veces la misma tarea. Si ésta solicita la presentación de ejemplos de películas que el alumnado ha visto o conoce, en la mayoría de los casos aparecen exactamente los mismos ejemplos, explicados en los mismos términos. El fenómeno me parece tristísimo y revela, entre otras cosas, algo que Woody Allen ha ventilado en más de una película a propósito de otros asuntos: el autoengaño. Quien presenta una tarea cuyo origen es la IA cree obtener un beneficio (una calificación) presentando información que supone que es correcta y que no le costó mayor esfuerzo obtener. En la ruta poco le importa si aprendió algo o nada (razón por la cual, me imaginaba o pensaba antes, asiste a la universidad; cuánta ingenuidad). Teclea unas consignas en un dispositivo, obtiene un resultado que presenta como propio y se quita, de encima y con rapidez, una actividad por la que no tiene mayor interés. Influye, por supuesto, el diseño de las tareas, pero en tiempos de Tik Tok no hay paciencia ni disposición para actividades de largo aliento. Es pertinente mencionar que la asignatura de la que me hago cargo no es obligatoria: la inscriben libremente quienes, dicen, tienen interés en ella y en el cine. Por supuesto que cuando leo las tantas tareas iguales mi conclusión es que no hay tal interés. El autoengaño, pues. Esto me lleva a otros cuestionamientos. Dado que la institución en la que laboro es privada y el costo para cursar la asignatura no es de poca monta, el engaño se hace extensivo a quien (o quienes) paga la colegiatura. Los padres, que creen hacer una inversión en la educación de sus crías, ¿serán conscientes de ese fenómeno?

Volviendo a Orélien… Algunas personas hacen hincapié en que el engaño se ha hecho a los numerosos lectores de la novela (escribí previamente “su novela”, pero rectifiqué porque no estoy seguro de que él sea el autor). No estoy seguro, por otra parte, de que sea lo más relevante de este caso. (Tampoco sé cuánto cambiaría la percepción y la apreciación al saber que lo que se ha leído es producto de un ente virtual.) No me interesa repartir culpas ni enjuiciar a nadie. Me interesa reflexionar sobre los lectores (o sobre los receptores de un producto generado por esta vía). Salvo algunas excepciones que me ha tocado constatar (en comentarios que aparecen en diferentes espacios en internet), la mayor parte de quienes la leyeron no hace mayores reparos ni censuras. Incluso, y para mayor prueba, pasó sin problemas el filtro de lectores “de oficio”, que la seleccionaron para diferentes premios. (Entre quienes sí hacen reparos, se señala un estilo pobre, numerosas repeticiones y errores en el curso y orden de los eventos.) Más de un lector la elogia porque le provocó hartas emociones; no falta esa expresión grandilocuente que precisa “que no pudo soltarla”. Desde mi perspectiva esto revela las razones por las que mucha gente lee o va al cine: el gusto que obtiene al ser entretenido y emocionado por medio de una historia. Que esté bien o mal contada, que termine por revelar algo valioso, eso pasa a segundo o tercer término. La valoración de la obra se sustenta, a menudo y en exclusiva, por el entretenimiento y la emoción (reitero) que provocó. No me es ajeno leer un libro o ver una película por estos motivos, los cuales no me parecen censurables. Valorar una obra desde el gusto (como incluso hacen algunos “críticos”), ya es otra cuestión.

Estas emociones explican que un autor como el suizo Joel Dicker venda sus obras por decenas de miles de ejemplares. He leído la mayor parte de los libros que llevan su firma (uno de los cuales, por cierto, sigue las vicisitudes de un autor que se roba la novela de otro), y me parece un escritor menos que mediocre. Escribe novelas policiales de manual (con tramas rebuscadas y personajes vacíos, con diálogos que a menudo llegan al ridículo), cuyo único interés, al final, es descubrir al culpable. No percibo un tema valioso o comentarios atendibles sobre el fenómeno humano ni agudeza alguna en las observaciones que hace sobre ciertos comportamientos a partir de sus personajes. ¿Es entretenido? Por lo general, sí. ¿Provoca emociones? Sí, el género literario que cultiva es provechoso para ello. ¿Es profundo? En ningún caso y de ninguna manera.

Estos ejemplos, ligados al terreno académico, me llevan a retomar un asunto que hoy día tiene bastante peso, aunque no se habla mucho al respecto: la diferencia entre el artesano y el artista, entre la obra que se clasifica como artesanía y la que se considera arte. De la primera no se espera mayor originalidad; al contrario, de la artesanía “tradicional” se espera la repetición con buena manufactura. Es, por ejemplo, lo que se espera de un mariachi: nadie contrata una organización musical como ésta para escuchar versiones novedosas o arriesgadas. Más o menos lo mismo sucede con ropas o muebles, adornos o platillos. En otro terreno se ubicaría al arte, el que tal vez parte de tradiciones artesanales, pero tiene otros propósitos. El autor no sólo lleva a cabo un proceso de apropiación (su “sello” queda impreso en la obra) y nos lleva a otro lado. Es, por ejemplo, lo que hizo Astor Piazzola con y desde el tango. Soy consciente de que esta diferenciación es endeble y cuestionable. Pero me parece suficiente. No me interesa la demostración (para eso tenemos a la Academia con mayúscula, con sus sesudas lecturas y sus interminables referencias en formato APA), sino la posibilidad de utilizarla como criterio para la recepción de obras (y tareas).

Esta distinción sí me ha parecido provechosa para hablar de cine. Y sobre el particular me sigue pareciendo valioso lo que propusieron los jóvenes críticos de los Cahiers du cinéma desde finales de los años cincuenta del siglo anterior, quienes promulgaron una “política de los autores”. Un autor es detectable entre otras cosas por la originalidad, la singularidad y la profundidad: es poseedor de una “voz” personal, manifiesta una visión singular, aborda con profundidad sus temas, deja ver un estilo propio y atendible, es tangible el rigor de la factura de sus películas. Bajo estos criterios, el mejor ejemplo de no autor siempre me ha parecido Ridley Scott: es un artesano notable, pero no lo considero un autor. Sus películas son irregulares porque depende en buena medida de guiones que él no escribe y tampoco le alcanzan para dejar constancia de una visión propia y profunda. En la clase de los autores ubicaría a Martin Scorsese o Christopher Nolan, para no hablar de los clásicos, como Kurosawa, Buñuel, Bergman, Fellini y, por supuesto, el gran Andrei.

En literatura, como en el cine, es justo subrayar que valoro más la sustancia, el tema, el asunto (el “diálogo” que puedo establecer alrededor de esto, de lo que “me dice” la obra, lo que me invita a considerar, o me hace ver o reflexionar), que la historia: no leo ni veo películas para que me entretengan (en el entretenimiento soy autosuficiente, modestia aparte), sino para ampliar mis horizontes, para pensar, en la amplia acepción del término. Así, consideraría en esta categoría y en primer lugar a autores que no tienen que hacer fuegos de artificio en términos narrativos, pero que manifiestan una lucidez sin igual y aportan comentarios valiosos, que crecen en cada relectura, sobre diversos temas. (La historia es, para mí, un medio; el fin está en otra parte.) En la lista incluiría a Milan Kundera y Gabriel García Márquez, a William Faulkner y Raymond Queneau, a Alexandre Dumas y Miguel de Cervantes, a Julio Cortázar y Joseph Conrad, a Jorge Luis Borges y James Joyce, a Franz Kafka y Marcel Proust, a las Marguerite, Yourcenar y Duras, y Albert Camus, a Carlos Fuentes y Juan Rulfo. Tendría algunos reparos con Mario Vargas Llosa, que es un narrador extraordinario, pero que a menudo se agota, para mi gusto, en la anécdota y el estilo (y como ideólogo es de una ingenuidad bárbara).

Así pues, la IA pone en entredicho, entre otras cosas, la autoría. Perdón por la perogrullada. Las tareas que copian y pegan de la IA las alumnas y los alumnos, así como las tramas que sugiere (en las artes narrativas), tienen un nexo en común con la artesanía: se remiten a fórmulas repetidas con éxito en el pasado, acaso con matices novedosos (todo depende del prompt de búsqueda). Claro que esto existía antes de la IA. Para muestra, la repetición ad nauseam de las historias que se han contado y se siguen contando en el cine: la repetición es particularmente ostensible en las cinematografías que además son industrias, como Hollywood. Pero lejos de ocuparnos o preocuparnos por descubrir si lo que vemos es obra de un humano o de una máquina (en la escuela el profesor no debería ser un policía investigador) habrá que atender al producto en concreto. ¿Una novela me entretuvo y me emocionó? Excelente, le otorgo un valor menor a la obra y quedo agradecido. ¿Al autor? Aunque ensalzara al nombre que encabeza la obra, tendría mis reservas sobre la totalidad de la autoría: subrayaría las virtudes de la obra, pero sería cauto con el elogio del autor. Voluntaria o involuntariamente, habrá que dejar de rendir culto a la personalidad, porque la autoría, en adelante y al parecer, será sospechosa. La IA proveerá historias, pero en el asunto de la singularidad y la profundidad, me parece, patina “gacho”. Aunque no solamente: también hay humanos que por aquí resbalan. Y reitero, en el abordaje del tema y los comentarios u observaciones sobre tal o cual asunto (que, reitero, es para mí lo más valioso de una obra), es donde habría que centrar la apreciación y la valoración de la obra.

Así, podrás tener un diez por una tarea que copiaste o ganar un premio literario por una novela que no escribiste, pero el mérito tal vez habrá que dárselo a ese autor que consume cantidades industriales de agua y replica lo que remastica: la IA. Sería deseable, en adelante, que se hiciera explícito el uso de una IA para la creación de una obra o la redacción de una tarea. Porque una cosa es utilizar la IA como herramienta y otra es que te haga la chamba. Una cosa es que te ayude a estructurar lo que redactaste y otra que te haga la redacción y la estructura, una cosa es que te haga ver huecos en la obra que trabajas (que más adelante tú llenarás) y otra que escriba por ti sin huecos, una cosa es que “corrija” la ortografía de la tarea que presentas y otra que mejores tu ortografía gracias al uso de ella. Pero claro, para eso habría que esperar que hubiera cierta decencia en quien publica un texto o presenta una tarea. Y ese rasgo (la decencia), como la honestidad y la congruencia no forman parte de las características básicas de una especie que muestra escasa inteligencia natural y babea la mayor parte del día frente a la pantalla del gadget que lleva en la mano.

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