Gladiador II: la fantasía ingenua del “sueño romano”

Ridley Scott lo vuelve a hacer. De nueva cuenta presenta una historia que supuestamente tiene raíces en la Historia y muestra sus dotes técnicas y narrativas… así como su precaria congruencia discursiva. Después de un Napoleón (2023) que resultó tan insulso como insultante, ahora retorna a Roma con Gladiador II (Gladiator II, 2024) y nos entrega una más de romanos. 24 años después de Gladiador (2000) regresa a la mismísima capital del imperio para exhibir su falta de rigor histórico y su selectivo afán crítico. ¿El resultado? Una película floja, intrascendente; otra.

Gladiador II acompaña a Lucius (Paul Mescal), quien es apresado después de que su tierra es conquistada por los romanos. En la capital es comprado por el perverso Macrinus (Denzel Washington), quien lo adiestra y explota como gladiador. En el Coliseo Lucius muestra dotes extraordinarias, y lo mismo vence al hostil jinete de un rinoceronte que a un grupo de navegantes con todo y navío. Pero pronto se entera, cual telenovela mexicana, de quién es su madre, y descubre, cual película chafa de Marvel (es decir, prácticamente todas), la senda del héroe que está destinado a seguir. Y al final, no, no puede escapar a su destino trágico y heroico.

Scott es un artesano eficaz: después de casi sesenta años de carrera cinematográfica y otros tantos en la publicidad, sabe cómo dar forma a un producto audiovisual atractivo. Desde la presentación de créditos, que resulta meritoria y que resume al primer Gladiador mediante una sucesión de viñetas trabajadas con un efecto pictórico. Su puesta en cámara es clara y vehemente; por momentos alcanza a generar emociones intensas. La puesta en escena es convincente: uno está tentado a creer que las cosas que exhibe lucen como fueron. Bueno, casi todo, como ya veremos. Con el montaje da fluidez a la acción e imprime un ritmo plausible: las dos horas y media que dura la película, así, transitan con agilidad. Para no variar utiliza la música a cada rato y desde el minuto uno: con afanes iniciales de edulcorar la relación de Julius con su pareja; más adelante sirve a un catálogo amplio de emociones.

Scott entrega una cinta correcta desde los parámetros convencionales del cine industrial norteamericano. Para empezar, como en Napoleón, aquí también se habla inglés, y no hay reparos incluso cuando alguien se dirige a Lucius y éste parece no entender porque le hablan en una lengua que desconoce (uno, siempre suponedor, supone que quieren hacernos creer que le parlan en latín), por lo que alguien le traduce… del inglés al inglés, puesto que todo el diálogo es en este idioma. En el renglón de la acción las cuentas son positivas: si bien no hay pasajes que vayan a pasar a la posteridad, sí es rescatable la claridad en todo momento y la tensión en algunos enfrentamientos (que si bien no son excesivamente violentos, sí utilizan algunas dosis de gore). Mención aparte merece una secuencia en el Coliseo: la recreación de la batalla naval de Salamina. Si bien hay testimonios que confirman que hubo este tipo de eventos en ese escenario, me encantaría saber cómo lo llenaron con agua salada y cómo transportaron a los tiburones que se dan un festín con los gladiadores caídos. Y la curiosidad no apunta al detrás de cámaras, sino al detrás de la Historia.

Además de las falsedades en el terreno histórico (ya sabemos que para Scott la fidelidad a la Historia es irrelevante), el reproche mayor apunta al terreno discursivo. Scott se mofó sin tregua de Napoleón, pero es grandilocuentemente reverente con Lucius. No obstante, hace de este héroe el portador de un mensaje que llama la atención por su ingenuidad: mostrar la pertinencia de retomar el “sueño romano” que impulsara pocos años atrás el meditativo Marco Aurelio, su abuelo. (La idea no es cuestionar la pertinencia del imperio, sino sus deslices: ¿así se justifican las rancias monarquías actuales?) El mentado sueño representa la esperanza en la razón y la política para enfrentar la decadencia. Quiero creer que toda película ubicada en tiempos pretéritos envía un mensaje a la época en la que se realiza. ¿Qué nos dicen estos romanos hoy día? En Gladiador II percibo la tentación de hacer un símil, si no en lo imperial al menos en lo soñador, con Estados Unidos. Así pues –perdón por los deslices interpretativos–, ¿cabría pensar que el mentado sueño alude al sueño americano? ¿Cómo? En tiempos en que se perciben eventos aciagos encabezados por un abusador delincuente que es jefe de la presidencia norteamericana (ésa sí es democracia, no que la de los romanos…) cabría hablar más bien de una pesadilla. Macrinus afirma que el sueño romano es una ficción. Pensar que “el sueño americano” representa una esperanza es mucho menos que una falaz ficción: es una fantasía que ni Disney con su inclusión forzada llevaría a buen puerto.

Calificación 60%
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