Frankenstein: Prometeo desatado

Frankenstein (2025), la más reciente película de Guillermo del Toro, cierra bien: en los últimos minutos la emoción empuja de muy buena forma el tema y la trama. Si le hacemos caso al consejo que Robert McKee le hace a Charlie Kaufman, ambos personajes de El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) de Spike Jonze –lo más importante es cerrar bien, pues es con lo que se queda el público–, podríamos decir que Frankenstein sale bien librada. No obstante, es preciso subrayar que Frankenstein presenta algunos bemoles: la feliz coincidencia de tema y trama no está presente a lo largo de la mayor parte de la cinta.

Frankenstein, cuyo guion es firmado por del Toro en solitario, se inspira libremente en la novela de Mary Shelley: las diferencias (en los elementos que son comparables: personajes, historia) con el texto de origen son acaso mayores que las coincidencias, al menos en las características fundamentales del protagonista y su familia. La historia se ubica a inicios del siglo XIX y sigue las vicisitudes del tenaz Victor Frankenstein (Oscar Isaac). En su niñez éste vive muy apegado a su madre, la cual muere al dar a luz a su hermano William. Victor culpa del deceso a su padre –reputado médico de profesión–, con quien ya tenía de por sí una relación problemática. A partir de este evento alimenta una obsesión: superar al padre y vencer a la muerte. Ya adulto y gracias al aporte económico de Harlander (Christoph Waltz) –quien es tío de Elizabeth (Mia Goth), la prometida de su hermano– monta un impresionante laboratorio y consigue dar vida a un hombre. Y no a cualquier hombre: antes de cobrar vida la criatura está crucificada; después no es inmortal, pues muere, pero resucita al tercer día, sí como el mismísimo. Y como hemos visto en muchas películas, jugar a Dios tiene consecuencias nefastas. Frankenstein no es la excepción.

Para no variar, del Toro hace un uso vistoso y provechoso de la cámara. Ésta, en constante movilidad, nos conduce y nos involucra en los eventos que registra; en algún momento emula a Alfred Hitchcock en Tuyo es mi corazón (Notorious, 1946) con la salida del monstruo que lleva en brazos a la malherida Elizabeth. A menudo utiliza lentes con buena profundidad de campo, decisión que permite dar lucimiento a la puesta en escena, la cual es verdaderamente lucidora, acaso la más bella a la que ha dado forma el realizador. Los escenarios, la luz, los maquillajes y los vestuarios no solo recrean una época: caracterizan lo mismo a los espacios que a los personajes. Se hacen visibles, así, las ambiciones y los deslices de Frankenstein; dan forma a una criatura que en ningún momento luce como el amenazador monstruo tradicional: cabría calificarla como bella y, cual Wolverine, posee una fuerza descomunal y su cuerpo tiene la capacidad de regenerarse. Abundan los grandes espacios, pero si el laboratorio es demoniaco, el hogar materno va de la calidez a la frialdad. Queda claro que del Toro ha alcanzado una maestría artesanal prodigiosa. Y la forma ofrece un marco maravilloso a la historia.

Frankenstein –como la mayor parte de los personajes– es construido en buena medida a partir de algunos rasgos morales: Edipo adolorido por el fallecimiento materno, en adelante no tiene miramientos para conseguir su propósito de vencer a la muerte y transita por el camino de la maldad (ilustrada con la recurrente imagen diabólica que Victor percibe en llamas). Él hace avanzar la historia… pero también una demostración, la primera (en el mismo tenor vendrán otras más adelante): él es el monstruo de la película (si El espinazo del diablo iniciaba con la pregunta “¿qué es un fantasma?” en Frankenstein podría pensarse en “¿qué es un monstruo?”, asunto que, dicho sea de paso es constante en el cine de del Toro). En su diseño cobra relevancia una contradicción: crea vida para luego ser indiferente y hasta mezquino con ella (cualquier similitud con el ejercicio de algunas paternidades, constatables en la realidad fuera de la pantalla, no es mera coincidencia): para empezar, como la criatura es lenta de aprendizaje, todo el trato de Victor con ella se caracteriza por el maltrato.

En el lado opuesto del espectro moral se ubica Elizabeth, quien tiene claros principios morales y es sensible a la vida en general y a la criatura en particular. En ella habita una fuerza espiritual que va más allá de su formación religiosa. No es cándida, mas manifiesta más de un rasgo pueril. Es la encarnación del espíritu romántico –en el cual se inscribe la novela de Shelley, que destila sentimentalismos a raudales en cada página– por antonomasia. A medio camino estaría William, quien no es muy brillante que digamos en ningún terreno, pero hasta para él es claro que el monstruo es Victor. Harlander también merece un comentario a pesar de ser un personaje que ni fu ni fa: su aporte es esencialmente pecuniario; su rol es meramente funcional.

Salpicados por harta hemoglobina (no olvidemos que los seres humanos también somos animales, y que si la sangre es vida, el desparramamiento en exceso es la muerte) los encuentros y encontronazos entre Victor y su criatura permiten presentar rasgos muy humanos: ambos se alimentan del odio y materializan más de una venganza; pero ambos también conocieron el amor. La convivencia de Elizabeth con Victor es una pintura rica en claroscuros. En contraste, la convivencia de ella con la criatura ilumina otras aristas humanas. Si bien es cierto que Elizabeth es inmaculada y la criatura no lo es tanto (responde al daño recibido provocando daños; como Victor, encauza negativamente el dolor de estar vivo), ellas sí ven más allá de ellas mismas: son capaces de ver al otro y son sensibles a la vida. Ambas, al final, son las buenas de la película.

Entre los rasgos más notorios de Frankenstein ocupa un lugar atendible el desarrollo de la historia, el cual me parece un tanto accidentado. Me queda la impresión de que se han omitido algunos pasajes o han sido abreviados; ignoro si en la mesa de edición hubo un adelgazamiento. La cinta presenta comentarios atendibles: la educación funciona mejor con amor que con presión; la figura paterna ofrece diversas caras: desde el tirano –como el padre de Victor– hasta el indiferente maltratador –como el propio Victor–, pero también cobra relevancia el anciano ciego (que influye de forma determinante en la educación de la criatura), que encarna al guía cálido y sensible. Sin embargo, la ruta elegida en más de una ocasión pasa por la declaración y la grandilocuencia más que por la dramaturgia. Es posible observarlo sobre todo en algunas frases (como la que dice la criatura empoderada –para decirlo en términos de la ya rancia corrección política en boga–: “tú eres mi creador; yo soy tu amo”). Asimismo, también percibo más de un desliz al melodrama, a la inverosimilitud y al lugar común (verbigracia, el balazo a Elizabeth; la electricidad como chispazo de la vida).

Al inicio anotaba que lo mejor viene al final. La novela llevaba como subtítulo “El moderno Prometeo”. El mito cuenta que Prometeo robó el fuego de los dioses y lo entregó a los hombres. El gesto es visto como la rebeldía; el fuego se considera el símbolo de la inteligencia (y en el hombre en llamas de José Clemente Orozco se multiplican las interpretaciones). Por su osadía Prometeo fue encadenado a una roca, y un águila devoraba sus vísceras cada día. Victor Frankenstein, al desafiar el orden establecido, sería el moderno Prometeo. Pero la cinta esboza otras posibilidades. En Victor y la criatura se condensan diversos símbolos. Cobra valor el que protagonizan en la conclusión, cuyo mensaje, felizmente, es tan claro y contundente como oportuno para los odiosos tiempos de odio que corren: la comunicación permite ver al otro; abre la puerta a la comprensión y, lo más importante: al perdón. Jean-Paul Sartre anotó que los humanos estamos condenados a ser libres; la criatura, lo mismo ésta que aquélla, tú o yo, está condenada a vivir.

Calificación 70%
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