A medio camino entre el documental y la ficción, la película sueca El último viaje (Den sista resan, 2024) concede el protagonismo a un personaje sui géneris: Lars Hammar, un profesor retirado que padece los sinsabores de la vejez. Rara vez un personaje como éste ocupa el rol principal de una película; sólo por eso merecería atención. Pero hay más…

El último viaje, dirigido por Filip Hammar y Fredrik Wikingsson, es una especie de experimento vivencial. Lars Hammar encara su vejez inmóvil, deprimido. De su vitalidad y humor sólo quedan las memorias de quienes convivieron con él en mejores épocas: su esposa, su hijo, algunos colegas o exalumnos. Para sacarlo de esa situación su hijo Filip (y codirector de la cinta) organiza un viaje al sur de Francia (país con el que Lars sostiene un amor añejo e incondicional), a una localidad mediterránea a la que Lars llevaba a su familia en las vacaciones veraniegas. Viajan en un viejo Renault, como el que utilizaban en tiempos pretéritos. En el trayecto se presenta más de un obstáculo (el más grave es que Lars tiene una caída y pierde movilidad, por lo que debe hacer una pausa hospitalaria y, en adelante, debe caminar con una andadera), pero el hijo se empeña en llevar al padre al lugar donde lo vio feliz.

Como es posible constatar hoy día, el 99.99% de las personas que se saben frente a un lente –de un teléfono celular o de una cámara, lo cual es hoy terriblemente habitual– actúan. Es, en varios momentos lo que sucede en El último viaje. En particular con Filip, que no sólo lleva un rol similar al de un presentador de reality show, sino que concibe alguna puesta en escena para hacer avanzar su película (justo es decir que hay un episodio, diseñado para probar la franqueza francesa, que resulta oportuno y productivo). Con el propósito de ofrecer una mejor cobertura y continuidad de la acción, además, se alternan planos grabados en momentos diferentes al tiempo que presenta el relato. En la ruta –de la película y del viaje– es sensacional la aparición de filmaciones caseras que hicieron los Hammar: las películas de 8 mm aportan una calidez extraordinaria a las memorias familiares.

Así pues, asistimos en buena medida a una puesta en escena. Lars es el único que la mayor parte del tiempo –al parecer– no actúa. Pero a pesar del artificio de ficción, surgen momentos que se alejan de lo demostrativo (un hijo amoroso que busca hacer feliz a su papá) y se acercan a la verdad (un anciano que vuelve a sonreír –y hasta a carcajearse– y que al parecer recupera cierto interés y alegría por la vida). También surgen episodios que rebasan el umbral de lo sensible o se inscriben en los terrenos de la sensiblería, que son provechosos para el sollozo y hacen deseable tener a la mano pañuelos desechables.

Actuado o espontáneo, al final es tan emotivo como valioso el homenaje que el hijo se empeña en hacer al padre. Éste encara de mejor forma el presente recordando quién ha sido y cuál ha sido el valor de su labor. Al final, así, El último viaje concede protagonismo a la vejez, hace un reconocimiento afectivo al padre y al maestro y ofrece material abundante para la emoción y para la reflexión.





