El sobreviviente: al mal entendedor, mucha violencia

El sobreviviente (The Running Man, 2025) es una película que se ubica en un futuro que el lugar común calificaría de distópico (palabreja que, como “empatía”, es más utilizada que entendida). Esboza una sociedad norteamericana desigual y deprimente, enajenada en los shows televisivos y ávida por ver violencia y practicarla. El país es dominado por una corporación, que al parecer también es la autoridad gubernamental. La cinta plantea con claridad el paisaje; por la tosquedad de su dispositivo, diría que con grosería. Mas lo que podría ser una censura multiplica su valor de cara al target que en principio parece tener: el público norteamericano en general y los fanáticos MAGA en particular. No obstante, con todo y su claridad –diría que obviedad–, no estoy seguro de que a la mentada fanaticada le caiga el veinte.  

El sobreviviente se inspira en la novela El fugitivo de Stephen King –quien por estas fechas provee el material de origen de varias películas–, que fue llevada a la pantalla por Paul Michael Glaser en 1987 y fue protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Inicia como un melodrama mexicano chafa, casi como una telenovela. Ben Richards (Glen Powell), un hombre de alrededor cuarenta años, busca recuperar su trabajo, del que no salió en buenos términos. Lleva en brazos a su hija, la cual está enferma. Su situación económica es precaria y, descubriremos un poco más tarde, la familia sobrevive por el trabajo de la esposa en un club para hombres. Mientras tanto vemos la publicidad de la ubicua corporación de un reality show que consiste en sobrevivir a un grupo de asesinos, los que forman parte del show y a los que se suma la población en general. Las ganancias son apetecibles, tanto para los concursantes como para los asesinos. Para Richards, su familia es lo más importante, por lo que no duda en inscribirse al programa televisivo. En adelante debe correr por su vida, pues es la presa de una cacería en la que todas las personas con las que se cruza son potencialmente asesinos.

El responsable de El sobreviviente es el británico Edgar Wright, también realizador de El despertar de los muertos (Shaun of the Dead, 2004) y Baby, el aprendiz del crimen (Baby Driver, 2017), cintas exitosas y a las que algunos jóvenes les rinden culto. Como en estas entregas, Wright deja constancia de sus habilidades para las coreografías de la acción y su respectivo registro. La cinta, así, avanza a buen ritmo y genera más de un momento de tensión que hace avanzar el drama.

El valor de la cinta pasa por dos campos que se interrelacionan. La tecnología al servicio de la manipulación y una organización que ostenta el poder gracias a ella. En el primer campo hay varias curiosidades reveladoras entre la nostalgia y la apuesta futurista. Dado que la novela de King se publicó en 1982, los referentes en el video pasan por el VHS. No obstante, es claro que en la generación de imágenes que usa la corporación televisiva en la cinta se hace uso de la inteligencia artificial. El mundo está poblado por voladoras cámaras esféricas que penetran en todos los ámbitos de la vida. La corporación, por su parte, tiene todo el poder y centra su energía en un programa que por medio de la violencia extrema emociona a su audiencia. La TV es el malo de la película, y el productor del show, malévolo titiritero, se parece demasiado al ídem de El Show de Truman (The Truman Show, 1998) de Peter Weir.

            El paisaje social y político que vemos en El sobreviviente presenta nexos claros con el que es posible apreciar hoy en Estados Unidos. El poder económico es también el poder político, y no duda en la mentira y el engaño para manipular a la gente: el campeón de las fake news es el presidente y sus repetidores-voceros. Su principal estrategia de entretenimiento es la violencia, y cuenta con una masa de espectadores, abúlicos y no muy reflexivos –pero ávidos de maltratar al prójimo, sobre todo si no tienen consecuencias negativas–, que aplauden a rabiar las muertes en pantalla o están prestos a ejercer la delación. Ante la precariedad económica cobra vigencia la precariedad moral, y el show es el gran distractor. King y Wright muestran cómo el entretenimiento es la fuente de la manipulación y la enajenación, y que se ejerce desde el poder. Hoy lo podemos constatar en al menos un par de estados asesinos, pues es la misma estrategia que lleva a cabo el presidente norteamericano. Él provee los asesinatos y las imágenes, lo mismo en casa (con el ominoso maltrato a los migrantes), en el mar Caribe o en el Océano Pacífico, que en el campo de concentración que hoy es Gaza, cortesía de su socio de Medio Oriente, el genocida. Al show contribuyen lo mismo los noticiarios que las redes sociales, donde se concentra una buena parte de la atención de la gente (y donde la violencia es aún mayor).

            Lejos de la sutil crítica que emprendía Bertrand Tavernier en La muerte en directo (La mort en direct, 1980) –en la que se transmitía en vivo la aparente debacle de una mujer enferma en tiempos en los que ya no hay muertes por enfermedad–, Wright apuesta por la demostración pura y dura. No entrega una película memorable, pero sí, al menos, oportuna.

Calificación 65%
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