Digger: demasiada grandilocuencia

La desmesura de las películas de Alejandro González Iñárritu a menudo encuentra desmesura en los comentarios que éstas reciben: parece difícil referirse a las propuestas del cineasta chilango en términos distantes de la exageración. Sus películas son grandotas, grandilocuentes (se plantean como tours de force, para decirlo con la pedantería que también emana de las cintas de marras: exhiben con gritos y sin susurros las grandes capacidades artesanales del Alex, sus preocupaciones sobre el curso de la civilización occidental) y los comentarios que reciben en reseñas –es raro encontrar verdaderas críticas de sus películas– van de la denostación implacable al elogio exacerbado, y no es raro que tengan como fundamento el gusto más que el análisis. Su filmografía ofrece grandes demostraciones técnicas y discursivas: para decirlo en términos académicos, González Iñárritu se la pasa buscando proezas formales y mensajes oportunos y a veces oportunistas, tirando netas a diestra y siniestra. Su personalidad cobra demasiada presencia en pantalla: me da la impresión de verlo y oírlo detrás de cada plano, de cada diálogo. Digger (2026), que no mereció la traducción titular al español, no sólo no es la excepción, es otra demostración: para decirlo con incorrección académica, es demasiado grandilocuente, como las calificaciones que ha recibido. Considérese todo esto como una observación, no como una evaluación.

Para el abordaje de Digger me parece conveniente, primero, dar cuenta de las impresiones, hacer eso que se conoce como “crítica impresionista”. La cinta me hizo reír en algunos pasajes, no muchos. Y aunque se propone como una crítica, no me ofrece mayores pretextos para la reflexión. Prevalece más bien el disgusto, la fatiga por tratar de procesar lo que se ofrece al ojo y al oído. Con todo y sus maravillas de puesta en escena –que ya comentaré más adelante– no es una película que me gustaría volver a ver. En conclusión: la película no me gustó, pero tampoco me parece una mala película. Precisemos…

González Iñárritu sigue los pasos de un magnate petrolero (Rockwell, el perforador, a quien da vida Tom Cruise) cuyas maniobras han provocado el desprendimiento de un enorme bloque de hielo que amenaza con inundar el norte de Europa. Asistimos entonces a las maniobras para tratar de controlar los daños. Bueno, los daños no, la narrativa (como se mienta hoy día a las versiones que se establecen sobre tal o cual evento). Luego la trama da un giro que voy a precisar porque es imprescindible para hacer una evaluación más o menos seria sobre la película. (Si no la has visto y lo que te importa es la historia, te sugiero que te brinques el resto de este párrafo.) Descubrimos que lo que vemos y oímos son los ensayos para una obra de teatro y el personaje de marras es un actor que, en la “vida real”, tiene preocupaciones conyugales y paternales. Más adelante la trama da otro giro y descubrimos que la obra se inspira en “eventos reales”: la obra es la representación de lo que efectivamente ha sucedido en el mundo. En estos giros, que resultan reveladores, cabe ubicar una parte de las virtudes de la cinta.

Digger no es tan lucidora con la cámara, como, por ejemplo, lo fueron El renacido (una demostración de aguante físico al maltrato) y Bhttps://cinexcepcion.mx/birdman-yace-en-broadway/irdman (una demostración técnica, que se concreta en los grandes planosecuencias concebidos y realizados por el cineasta), pero sí con la puesta en escena. La cinta posee méritos teatrales excepcionales: grandes escenografías con artefactos de grandes dimensiones se despliegan en el amplio espacio teatral, con efectos sorprendentes. La luz, cortesía de Emmanuel Lubezki, contribuye a darle cierta calidez al actor, al padre, y cierta sordidez a Rockwell y al entorno empresarial y político. Particular mención merece en este campo la comparecencia que Digger hace frente al parlamento europeo, en el que la luz inunda de una blancura desagradable la escena. El vestuario y el maquillaje acentúan los rasgos caricaturescos, los cuales crecen aún más con el uso del lente gran angular. Como la mayoría de la filmografía de González Iñárritu, Digger es formalmente impresionante.

En Digger, el protagonista, se concentra una buena parte de la atención y de los comentarios, pues aparece prácticamente en todos los planos de la cinta. Vive en la exageración; es una caricatura, un farsante (el tono va de la sátira a la farsa): su forma de hablar y comportarse contribuye a construir un personaje lejano a la espontaneidad y la verosimilitud; más que un sujeto, es un objeto antipático propicio para la burla, para el escarnio, y resulta indigesto. A imagen y semejanza de él, la cinta se sustenta en la exageración y al barroquismo visual se suma una verborrea interminable e insufrible (un alto porcentaje de la duración de la cinta está sobrepoblado con un bla, bla, bla que tampoco suena muy espontáneo).

González Iñárritu se inspira con la cuchara grande de películas suyas y ajenas, Entre las propias, es inevitable observar los nexos con Birdman y la exploración del mundillo teatral (aunque, claro, en los términos gonzález-iñárritunianos no es un mundillo, es un mundote); como en Biutiful (2010), cobra relevancia el ánimo discursivo para exhibir los grandes males del mundo. Entre las películas ajenas a las que se alude cabría mencionar los afanes caricaturescos de Dr. Insólito (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) de Stanley Kubrick y Una batalla tras otra (One Battle After Another, 2025) de Paul Thomas Anderson (más que Petróleo sangriento, que también sigue las vicisitudes de un petrolero, pero en un tono dramático). Estilísticamente hablando, me parece que González Iñárritu emula a Anderson, dicho sea de paso; temáticamente al sueco Roy Andersson, cuyas películas exhiben la decadencia de Occidente. Como el escritor B. Traven en Rosa blanca (1929), el cineasta mexicano desenmascara a un petrolero gandalla en sus artimañas cotidianas.

Dicho lo anterior, justo es comentar que el tema de la película tal vez no es muy actual, pero tampoco es banal. González Iñárritu exhibe la hipocresía ambiente en asuntos que ligan temas ambientales, energéticos y políticos. Lanza una pedrada directa a Europa, cuyas autoridades son hoy día un perrito faldero del presidente gañán de Estados Unidos, y cuyo parlamento termina aplaudiendo al petrolero cínico que ha inundado el continente. Un verdadero sepulcro blanqueado. El mundo se sigue moviendo por el petróleo (los combustibles fósiles son hasta el momento insustituibles en la aviación, por ejemplo) y este paisaje seguirá vigente por mucho tiempo, por más lamentos y marchas wokes que en ese tiempo veremos. La cachetada a Europa parece excesiva por exclusiva. Esperemos que Digger medio sacuda a la gente por allá, y las poblaciones de los diversos países terminen por reconsiderar las maniobras de sus políticos entreguistas. ¿Pensar esto es ingenuo? Sí, como la película.

Calificación 70%

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