Anora: la cinematografía ilumina la sociología

En las últimas tres décadas han obtenido la Palma de oro –el máximo galardón que otorga el Festival de Cannes y el máximo premio cinematográfico del mundo– cinco películas norteamericanas. En cuatro ocasiones la presidencia del jurado fue ocupada por personas del mismo origen: en 1994 se llevó la Palma Pulp Fiction de Quentin Tarantino, con Clint Eastwood como presidente; en 2004 Tarantino presidió el jurado y el galardón fue para Bowling for Columbine de Michael Moore; en 2011, con Robert de Niro al mando, la competencia fue ganada por El árbol de la vida (The Tree of Life) de Terrence Malick; en 2024 la ganadora fue Anora de Sean Baker, con Greta Gerwig en la presidencia. (La única película norteamericana que obtuvo la Palma de oro en este período y que no tuvo a un norteamericano en la silla presidencial fue Elephant de Gus Van Sant en 2003, año en el que el francés Patrice Chéreau encabezó el jurado.) ¿Coincidencias? No lo creo. Más bien me imagino que la explicación obedece a lo que los presidentes de esos jurados reconocen como meritorio en el ámbito de su concepción del cine. Aplaudo los reconocimientos s a las cintas de Malick y Van Sant, pero me parece que la Palma de oro es demasiado premio para Pulp Fiction y Bowling for Columbine. Sirva esta larga introducción para justificar mi escepticismo inicial con Anora. Más aún cuando a lo largo del festival del año anterior otras películas acumularon mejores comentarios de la crítica y del público. No obstante, después de ver Anora –y aun sin haber visto aún todas las películas de la competencia– me parece que la cinta no desmerece.

Anora es la más reciente entrega de Baker, quien entregó regulares cuentas con Tangerine: chicas fabulosas (Tangerine, 2015) y buenas cuentas con El proyecto Florida (The Florida Project, 2017) y es además autor del guión. El argumento registra la cotidianidad de Anora (Mikey Madison), quien tiene raíces rusas (las cuales oculta haciéndose llamar Ani), y se gana la vida como nudista y haciendo servicios sexuales. Su rutina cambia cuando llega Ivan (Mark Eydelshteyn) al club donde Anora labora. Él es, descubriremos más adelante, el heredero de un potentado ruso, y la contrata para que le de servicio en exclusiva. En un viaje a Las Vegas ella se convierte en esposa de él. Pero pocos días después esta Cenicienta despierta al mundo real.

Como en sus películas anteriores, Baker apuesta por el exceso para acercarse a la realidad, así como estrategia narrativa y estilística. De la desmesura da buena cuenta, para empezar, la protagonista, quien es enfática y sumamente histriónica en los diferentes momentos emocionales que reserva la historia, sobre todo cuando transita por los terrenos de la histeria. El cineasta carga la paleta de color en la puesta en escena (en particular en escenografías y vestuarios), y con luces neón y lentes de distancia focal corta –que distorsionan el registro– hace visible la exacerbación de los estados emocionales y físicos producidos por el alcohol y las drogas. Pero también se exponen así las dimensiones de un universo que resulta demasiado grande, por lo menos para Ani. Propone además un ritmo ágil, provechoso para dar fluidez al relato y que en más de un momento se instala en el frenesí.

El estilo consigue imprimir gracia al inicio y densidad al final. En la ruta aparecen sensibles dosis de humor que son pertinentes para dar ligereza al relato. De esta forma se va construyendo una comedia que resulta bastante reveladora. Para empezar, somos testigos de la deriva en la que vive Ani, quien no parece haber encontrado algún sentido a su vida y, como parte del oficio, vive para los otros voluntaria e involuntariamente y se empeña en satisfacer a sus clientes. Pronto descubrimos que Ivan es infantil y egoísta: más allá del placer sexual que recibe de ella –y de no tener ningún interés en retribuirlo– profesa por Ani una absoluta indiferencia y desconsideración. Es claro (para ella y para nosotros) que se da cuenta que su relación con Ivan no tiene más sustento que su propia voluntad (o necesidad)… y su capacidad de autoengaño.

Conforme avanza el relato, la cinta va alcanzando alturas universales, cobra relevancia y peso el asunto de las clases sociales y el comentario se inscribe en los terrenos de la sociología. Lejos de la lucha de clases (como precisa Han Byung-Chul en la actualidad el humano está dispuesto a explotarse a sí mismo), Anora expone cómo el proveedor de servicios (el proletariado-servidumbre) soporta –y llega a vivir con naturalidad– más de una humillación en su afán de recibir los favores económicos del amo. Este orden es expuesto en toda su ridiculez, pues ni el amo ni el servidor muestran mayores virtudes. Baker expone una juventud sin mayores ambiciones ni valores, ocupada sobre todo en exprimir el ocio, en pasarla bien y en sacar provecho del rico: Anora y los amigos de Ivan, de Ivan; Ivan de sus padres.

Asimismo, Anora hace un comentario mordaz sobre acciones que se tipifican en las categorías empleadas para la violencia sexual (hostigamiento, acoso, abuso). Aunque no necesariamente haya tal cosa, es una estrategia con la que busca beneficiarse más de una falsa víctima, sobre todo si el blanco de la acusación carece de poder. Y aquí el supuesto abuso cae por su propio peso. Eso, al menos, en el terreno sexual, pues existe un innegable y ostentoso abuso de poder al que los servidores (Anora y los armenios que trabajan para el padre de Ivan) se someten sin mayor cuestionamiento ni queja. Conforme avanza Anora, se hacen tangibles puentes temáticos sobre el statu quo (en el que la economía es un factor decisivo) con otra película laureada en años recientes con la Palma de oro: El triángulo de la tristeza (Triangle of Sadness, 2022) de Ruben Östlund. El final es contundente y no sólo da cuenta de cómo este estado de cosas ha moldeado a Anora, quien concibe su cuerpo como un instrumento con valor de uso y valor de cambio, al grado de utilizarlo incluso como medio de gratitud sincera (cuando recibe afecto y respeto reales y gratuitos), con consecuencias emocionales y sentimentales que provocan una tristeza demoledora que, me parece, comparten el espectador y Ani.

Calificación 90%
,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *