En la más reciente edición del festival de Cannes, en el que compitió en la Selección Oficial, Amarga Navidad (2026) de Pedro Almodóvar se presentó con el título de Autoficción. Nada más justo: en ese título la cinta revela su origen y su estrategia. Porque otra vez, sí como en Dolor y gloria (2019), el realizador español se mira el ombligo y nos endilga una serie de “profundas” reflexiones sobre su experiencia y su forma de trabajo. También nos entrega el manual para ver la cinta, para “leerla” y analizarla, por lo que ésta es doblemente referencial.

Al inicio de Amarga Navidad acompañamos a la hipocondriaca Elsa (Bárbara Lennie), quien se gana la vida haciendo publicidad, y al bombero-stripper Bonifacio. Entre los varios padecimientos de ella y sus visitas al hospital descubrimos cómo se conocieron. Luego se nos revela que lo que hemos visto es lo que escribe Raúl (Leonardo Sbaraglia), un realizador de cine de edad madura en plena debacle creativa que se nutre de la vida de sus conocidos para escribir un guion que es más bien un argumento. Conforme la cinta avanza la realidad de Raúl adquiere tonos dramáticos que luego vemos un tanto modificados en la vida de Elsa. Y si bien alguien dice que ella dijo “que el final se impone”, Amarga Navidad termina pero no concluye: el final no se impuso, nada más se puso.

Fiel a sus usos y costumbres Almodóvar presenta una puesta en escena impecable y elocuente. La paleta de colores, la luz, las escenografías y los vestuarios matizan emociones y sentimientos, y va de la frialdad a la calidez. Asimismo, se abre un apartado-homenaje, otro, a Chavela Vargas. El español es enfático y por momentos sus excesos son más gratuitos que funcionales, y de nueva cuenta utiliza flashbacks que son más explicativos e inoportunos que dramáticos; verbigracia, el número de Bonifacio en escena. A los excesos y las reiteraciones se suma el score, que más que una música de fondo es, casi, un ruido de fondo presente de forma frecuente y a veces es, también, excesivo y elocuente. Este proceder produce personajes más bien antipáticos con los que resulta muy difícil establecer alguna identificación.

En la historia del cine no faltan las películas autorreferenciales (o autoficciones, como hoy se mientan), pero una cosa es reflexionar sobre los sinsabores del oficio y la maquinaria cinematográfica y otra exhibirse con un ánimo cuasipornográfico; una cosa es explorar los meandros de la irracionalidad y entregar un viaje fascinante al subconsciente y otra hacer “confesiones” superficiales. En el primer caso pienso, por ejemplo, en 8 ½ (1963) de Federico Fellini, que formalmente es maravillosa y ofrece jornadas deslumbrantes a las que, como espectador, resulta emocionante incorporarse; en el otro, en Dolor y gloria y en Amarga Navidad que ofrecen más información que emoción.
En su ensayo Sufro, luego existo, Pascal Bruckner exhibe las miserias de la victimización, ese deporte tan practicado hoy día. En algún pasaje menciona que “el sufrimiento vende más que el sexo. Veamos por ejemplo las misery memoirs, esos relatos de autoficción lacrimógenos en los que se vierten confesiones sensibleras sobre la propia vida para que el lector sienta lástima”. Ahí cabría inscribir Amarga Navidad.

Recuerdo que hace muchos años Alomodóvar pasó por Guadalajara. No recuerdo si el evento local al que él asistió y yo asistí era muestra o ya era festivalote de cine, de lo que sí me acuerdo es de lo que el español dijo en algún momento: que le gustaba escuchar lo que decían otras personas en sus conversaciones, las cuales le servían para dar forma a sus diálogos. Probablemente la cita no es exacta (si la memoria no inventa ya no cabría llamarla memoria), pero sí habla de las referencias externas que desde siempre ha considerado el español. Con el tiempo, me permito suponer, esa voluntad no sólo fue ocupando más espacio en su vida creativa, sino que, como confiesa en Amarga Navidad, son la esencia de aquella.
En todo caso, estoy de acuerdo con Almodóvar cuando dice a la prensa: “Estoy harto de mí mismo, no quiero recurrir a mí para seguir escribiendo. De hecho, busco a alguien con quien escribir, con quien compartir para que me traiga un universo distinto al mío.” Enhorabuena por la autocrítica y el proyecto más allá de la autoficción. Ya veremos si, en el futuro, hay algo que celebrar en la pantalla.




