Whiplash: el costo de ir más allá de uno mismo

Apenas se da uno a la tarea de revisar los costos y los beneficios de la genialidad, se puede caer en la cuenta de que no necesariamente es una bendición: el que la posee –como don, como producto del trabajo– probablemente también la padece. Pongamos el caso de Charlie Parker, que hacía maravillas con el saxofón en sus manos y en sus labios. Fue celebrado rabiosamente en su momento; posteriormente fue objeto de sinceros homenajes, como el que le hace Julio Cortázar en “El perseguidor”, tal vez su cuento más célebre, y Clint Eastwood en la película Bird (1988). Para la posteridad dejó grabaciones maravillosas en las que se puede apreciar su grandeza, sus singulares virtudes, pero su vida fue un caos, una sucesión de caídas por las adicciones y regresos luego de rehabilitaciones; y murió atribulado y en la soledad a los 34 años. El que empuja para que aparezca el genio, así como el que aplaude y celebra sus manifestaciones, ¿no será también responsable de las miserias, del sufrimiento que para el genial supone ofrecer cada vez más? Es lo que uno estaría tentado a creer luego de ver Whiplash (2014), el segundo largometraje del norteamericano Damien Chazelle, que hace referencia a Parker como una especie de modelo a modo, un icono de la genialidad sufriente.

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Whiplash se inspira en el corto homónimo que Chazelle realizó en 2013 y sigue las contrariedades que Andrew (Miles Teller) experimenta en su afán por ser un baterista sobresaliente. En particular sufre por las exigencias de Fletcher (J.K. Simmons), un profesor que comanda la banda de jazz de su escuela y hace de la educación una extensión del entrenamiento –ensañamiento– militar, rico en humillaciones. Andrew no repara en sacrificios para alcanzar sus metas, que a fin de cuentas se traduce en cubrir las expectativas del maestro. En la ruta obtiene mejoras sustanciales, pero no sólo pierde el gusto por la música, sino que se distancia de sus seres queridos.

WHIPLASH

Chazelle, también autor del guión, muestra cómo el ser humano no puede evitar vivir a expensas de los demás: compitiendo, ganándose un lugar mediante la demostración sus capacidades. Si en la infancia el afán es complacer al padre o a la madre, llenar sus expectativas, más adelante se busca la aceptación de la esposa, los hijos, los amigos, los maestros, los compañeros de trabajo, los jefes y un variable etcétera. El que busca el reconocimiento por lo que es o por lo que hace –que viene a ser casi lo mismo: nadie da nada por nada, como bien dice cantando Jaime López– ha de hacerse a la idea de que es inevitable la multiplicación de los expectantes. Porque ¿qué otra cosa hay detrás del reconocimiento, del prestigio –o de la fama, que para algunos es suficiente– sino la validación de lo que uno ha hecho (ergo, de lo que uno es, pues), de la tarea cumplida: la expectativa satisfecha? El precio puede ser alto, y más en las sociedades actuales, en las que la competencia es feroz y abundante, tanto como los pretextos para dispersar la atención. Pero si la autoestima está puesta en eso, no queda más que trabajarle… y sufrirle, perderse a uno mismo en el intento, como Andrew-baterista, que quiere ser “un grande” de los tambores.

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Chazelle ilumina lo que sucede cuando se busca alcanzar el rendimiento máximo para realizar los sueños (como ahora se denominan, con tanto romanticismo rancio, a las metas), cuando se pretende ir más allá de los límites de cada quien. El ciineasta va de la sutileza y la sugerencia a la franca declaración –mas nunca cae en la grosería de lo evidente– para mostrar el costo que paga Andrew para darle gusto a Fletcher (quien se aprovecha de las ambiciones del discípulo para empujarlo más allá de sus límites), quien valida al final la grandeza. De las pérdidas queda constancia por el mal curso de las relaciones del joven músico con su familia, por el deterioro que se manifiesta en su físico. Pero de lo que sucede emocional y mentalmente con el personaje no sólo da cuenta la caracterización, sino la luz, cortesía de Sharone Meir, quien pinta los fondos con tonos amarillentos o verdosos. Así se hacen visibles atmósferas enfermizas, se generan intranquilidad y desagrado y se crea un aura monstruosa alrededor de Fletcher (sí, el mentor como monstruo). De esta manera se matiza la lectura del aparente final feliz y se hace presente una paradoja: para el que busca quedar bien con los demás (con los muchos, muchos otros) el precio a pagar parece ser la soledad; para el que busca gustar, queda algo peor que el disgusto.

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Un soundtrack genial (sí, asumo la responsabilidad del adjetivo)

Además del tema musical que da título a la cinta, que es extraordinario y fue escrito por Hank Levy, en la banda sonora aparecen composiciones de Stan Getz y Duke Ellington, así como de Justin Hurwitz (autor de la música compuesta para la cinta) y Tim Simonec, quien ha ocupado diferentes roles en el departamento musical de decenas de películas.

 

Los premios

Del público y Gran Premio del Jurado (Sección Dramática) en Sundance

BAFTA a mejor actor de reparto, edición y sonido

Película del año para el American Film Institute (AFI)

 

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2 Comentarios
    • Hugo Hernández Valdivia

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