Un país que se critica es un país que se ama: a 50 años de Memorias del subdesarrollo

La primera vez que la vi, quedé bastante impresionado: me pareció la mejor película en la historia del cine latinoamericano. Cada vez que volvía a verla –y la vi muchas veces– confirmaba mi apreciación. Acabo de verla, en la magnífica restauración que recientemente lanzó la colección Criterion, y sigo creyendo que es un cine necesario para la América descalza… y que conserva su frescura y su fuerza. De nuevo quedé bastante impresionado: Memorias del subdesarrollo (1968) es una obra maestra.

Memorias del subdesarrollo se inspira en la novela homónima de Edmundo Desnoes y es el cuarto largometraje de Tomás Gutiérrez Alea, mejor conocido como Titón. La acción inicia en 1961, pocos meses después del triunfo de la revolución cubana, y el argumento acompaña a Sergio (Sergio Corrieri), un burgués cuasi cuadragenario que decide quedarse en La Habana cuando mucha gente abandona Cuba, como sus padres, su exesposa y amigos cercanos. Sergio aprovecha la ocasión para retomar la añeja ambición de escribir y “saber si en realidad” tiene “algo que decir”. Pasa los días recordando a los que se fueron, en particular a su exmujer y a Pablo, su mejor amigo. Observador implacable, es testigo de cómo se deteriora la vida en La Habana, que ha pasado de ser “el París del Caribe” –“al menos para los turistas y las putas”, Sergio precisa– y en ese momento “es más bien una Tegucigalpa del Caribe”. Escritor diletante, el tecleo es escaso, pues se distrae y aplaza la escritura entre fantasías y recuerdos eróticos. Pensador subdesarrollado, no evita caer en más de una contradicción.

Titón utiliza un arsenal audiovisual lucidor y efectivo. Es clara la influencia de las vanguardias europeas en boga, del Free cinema inglés y de la Nueva ola francesa (en el estilo audiovisual, pero también en los temas, que se nutren de la cotidianidad y exploran la intimidad y la opresiva realidad; en las locaciones, pues exploran el desasosiego de la vida urbana; en los cuestionamientos que se hacen a los poderosos, pero también a los espectadores). La cámara, a menudo en mano, acompaña, al protagonista y le dedica un seguimiento –un marcaje personal– como el que puede verse en prácticamente todas las cintas de los hermanos Dardenne. Con buena profundidad de campo, se da presencia y peso al contexto. La realidad cobra densidad gracias a una puesta en escena libre de maquillaje y a la inserción de abundantes pasajes documentales que provienen de la televisión o de noticieros y reportajes cinematográficos. En el montaje es posible descubrir la influencia lo mismo de Alain Resnais que de Jean-Luc Godard. Aquí el aporte de Nelson Rodríguez –un pilar de la cinematografía cubana y latinoamericana– es fundamental: los cortes son de una limpieza plausible y contribuyen a imprimir un ritmo que va del frenesí a la imagen estática: se hacen algunas pausas para leer los textos que desfilan en pantalla. La película es subjetiva, pues todo es filtrado por la percepción de Sergio, y el trabajo de Rodríguez da fluidez al paso de los planos objetivos a los abundantes planos subjetivos (en los que la cámara se convierte en los ojos de Sergio, y en los que la gente en la calle lo mira, es decir, nos mira). En la banda sonora se filtran las reflexiones en off del protagonista (que lo mismo comenta sus observaciones que hace digresiones para abordar fenómenos como los eventos de Playa Girón), y es apoyada en numerosas ocasiones por las maravillosas músicas de Leo Brower, quien imprime un tono nostálgico y acentúa los tormentos de Sergio.

Tanta maravilla audiovisual es provechosa para la exposición de un pasaje álgido en la historia de Cuba: la cinta concluye en octubre de 1962, en la llamada crisis de los misiles, que hizo de la isla revolucionaria el escenario más álgido de la Guerra Fría, del enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados Unidos. En los meses previos Sergio sirve como consciencia, como observador de la conducta de los cubanos. Éstos siguen sin evolucionar, con todo y los cambios que generó la Revolución. Sergio anota que “aquí todo sigue igual”, y subraya que una de las señales del subdesarrollo es “la incapacidad para relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse. La gente no es consistente, y siempre necesitan que alguien piense por ellos”. Y Sergio piensa, y piensa mucho. Pero para sí mismo: es un espectador distante (que mira su circunstancia desde un telescopio), un espectador pasivo que no sólo no se involucra en los eventos, sino que va a contracorriente de ellos, como sugiere la elocuente escena en la que él camina en sentido contrario a la gente que va a celebrar el día del trabajo. Gutiérrez Alea consigue que su propuesta funcione en terrenos que parecerían opuestos: por una parte, gracias al conocimiento que tenemos de la vida del protagonista, de sus anhelos y sus frustraciones, es posible identificarse con él. Pero, por otra parte, es observable algo cercano al distanciamiento brechtiano. El crítico Reynaldo González comenta que en La última cena (1976), película posterior de Titón, el humor contribuye a dicho distanciamiento. En Memorias del subdesarrollo el humor no es muy frecuente –hay puentes con la sátira que exhiben conductas cercanas a lo ridículo–, pero no es la única estrategia. Porque la actitud y las posturas de Sergio, su afán reflexivo que lo convierte en un intelectual (y por medio de él la cinta transita con naturalidad como documento histórico, sociológico y cinematográfico), permiten que uno pueda ser crítico por partida doble: él sujeto y se convierte en objeto de la crítica. Y la crítica que se esboza a lo largo de la cinta es oportuna y directa (parte de su valor es tener el valor de criticar la Revolución durante la Revolución); e invita al espectador a cuestionar su realidad, su actuación en ella. El escenario mostrado y la invitación siguen siendo vigentes en América Latina, en donde aún es perceptible la incapacidad para relacionar eventos y se procuran líderes que piensen por “el pueblo”. La crítica que lleva a cabo Titón es una crítica seria y rigurosa. (Hay incluso espacio para la autocrítica, como el pasaje en el que Sergio asiste a una mesa redonda sobre literatura, y un norteamericano hace ver que aun en el contexto de una Revolución que se pretende total, se reproducen prácticas tediosas que limitan la participación de los asistentes. La secuencia termina con unas frases que el protagonista le dedica a Edmundo Desnoes, quien forma parte del panel y se pavonea en el estrado: en Cuba puede tener cierta importancia porque hay poca competencia, pero “fuera de Cuba no serías nadie”.) No tiene mucho que ver con los criticones de las redes sociales de hoy día, que, lejos de involucrarse en los eventos que viven, se limitan a posar su celular frente a ellos. Como Sergio, son espectadores pasivos, pero a diferencia de él, son irreflexivos. El cineasta cubano Julio García Espinosa, coetáneo de Gutiérrez Alea, anota que el cine de este último le hizo ver a su generación que “un país que se critica es un país que se ama”. Memorias del subdesarrollo –y toda la filmografía de Titón– es, así, una lúcida declaración de amor a Cuba.

Calificación 100%

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