Un misterio bastante transparente

Tres años después de entregar muy buenas cuentas con Al mejor postor (La migliore offerta, 2013), el italiano Giuseppe Tornatore vuelve a filmar en inglés y tiene un desliz en Te amaré eternamente (La corrispondenza, 2016). No es raro, pues su filmografía, que en general se ubica dentro de la corrección y la elegancia, presenta más de un altibajo. Ahora vuelve a la sensiblería que habitó Estamos todos bien (Stanno tutti bene, 1990) y Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, 1988).

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Te amaré eternamente registra las maravillas y las contrariedades de la relación que sostienen Ed (Jeremy Irons) y Amy (Olga Kurylenko). Él es un viejo científico y ella es una joven estudiante que se gana la vida haciendo escenas cinematográficas de acción; los une la astrofísica y algo más: han alimentado por años una clandestina pasión amorosa. El asunto da un giro cuando ella llega a una conferencia que daría su amado Ed y se entera de que él ha muerto. No obstante, sigue recibiendo con sorprendente puntualidad mensajes y paquetes que le envía el susodicho.

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Tornatore inicia con una escena destinada a resumir e inaugurar –para el espectador– el amor que une a Ed y Amy (y que inevitablemente trae a la memoria Damage de Louis Malle, en la que el personaje al que daba vida Irons sostenía una relación con una joven mujer: la prometida de su hijo). Con toda la emoción que expresan Amy y Ed y la música de Ennio Morricone, la escena resulta más informativa que emotiva. Al fallar este pilar fundamente, lo que queda es recurrir a la credibilidad: órale, estamos ante un amor como ninguno (es decir, como todos). Porque en adelante asistimos a una serie de manifestaciones que se inscriben, a veces con cierto pudor disfrazado de ingenio, en la cursilería (fácil de observar para el que está fuera del ánimo amoroso). Si bien uno es testigo de la serie de detalles y de atenciones que Ed tiene con Amy (¿algo así como el amante ideal?), surgen dudas de por qué ella se aferra a Ed después de la revelación en la conferencia mencionada.

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Tornatore busca darle un aliento estelar a su romance, y se asoma con ánimo de divulgación al cosmos, a las estrellas. Por allá se encierran misterios insondables, y el italiano pretende hacer un símil con el humano amor. En la ruta ilustra cómo las relaciones amorosas de hoy día son en buena medida pura virtualidad (transcurren frente a una pantalla: de celular, de computadora). Pero apenas se conoce la historia familiar de Amy, se confirman las sospechas y se esfuma todo misterio. Los atisbos al amor como algo enfermizo, si bien son sutiles, también son claros. Algunas nociones de psicoanálisis hacen transparente la razón por la cual Amy no quiere dejar ir a Ed. ¡Ay, Electra! Al final, después de la graduación de Amy, sólo me queda una duda: si bien, y aquí tenemos la prueba, se siguen haciendo películas sobre el amor repitiendo básicos lugares comunes, ¿alguien se puede doctorar en astrofísica por una tesis tan elemental?

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