Un hombre gruñón: tan lejos de Bergman y tan cerca de Hollywood

Un hombre gruñón (En man som heter Ove, 2015) llega a nuestras pantallas “de rebote”, luego de pasar sin fortuna por las nominaciones al Óscar a mejor película en lengua extranjera y maquillaje. Es una producción sueca y forma parte de la oferta de “cine de arte” del complejo quasi monopólico nacional. Pero a diferencia de las películas que normalmente son “condenadas” a esa categoría (donde van a dar las películas ambiciosas, serias o graves que a menudo provienen del universo cinematográfico no hollywoodense) la entrega sueca posee los elementos que aprecia la rancia Academia norteamericana: si bien posee algunas dosis de humor, se trata de una cinta que va del drama al melodrama por una ruta más o menos convencional.

Un hombre gruñón es la más reciente entrega de Hannes Holm y sigue a Ove (Rolf Lassgård), un hombre obsesionado con el orden y la seguridad que es una especie de guardián del complejo habitacional donde reside. A sus 59 años encara una severa crisis existencial después de la muerte de su esposa y de su forzada jubilación laboral. Pretende entonces unirse con la difunta, pero en estos tiempos ya no es posible suicidarse en paz: cuando no es la mala calidad de la soga con la que busca colgarse, el trámite queda en suspenso por las interrupciones de los vecinos.

Holm propone una puesta en cámara con abundantes planos estáticos y una puesta en escena funcional (para la emotividad y la ubicación temporal); lleva a cabo además saltos al pasado para ilustrar cómo fue agriándose el carácter de Ove; la banda sonora alberga músicas con tonos lúdicos y graves que apoyan las diferentes circunstancias emocionales que contiene la cinta.

El dispositivo es pertinente para hacer una reflexión sobre los tormentos que puede acumular un hombre para alimentar su rabia contra el género humano. Ove le cuelga el apelativo de “idiota” a una buena parte de la gente con la que convive. Normalmente tiene razón en considerarlos así, pero andar prodigando verdades le provoca más enemistades que simpatías. La reflexión más valiosa es la que gira alrededor de la muerte, que en la cinta se replica por medio de accidentes. Holm propone dosis de calidez para probar cómo la muerte es cruel y se hace presente en los momentos de mayor alegría de Ove: la muerte deja en él hondas marcas, y la respuesta del maltratado es incrementar la rigidez y la hostilidad con su medio ambiente. La vida, por su parte, es inoportuna y parece empeñada en alargar los padecimientos del fallido suicida. El cineasta, que se inspira en una novela de Fredrik Backman, busca imprimir calidez por medio de una historia de amor armada por medio de flashbacks y por la irrupción de una mujer iraní que es vecina del protagonista. La ruta melodramática es accidentada, y si bien reserva algunos pasajes con la sensiblería que tanto celebran los académicos norteamericanos (el resultado está más cerca de Hollywood que de la densidad y profundidad del cine de Ingmar Bergman), lo cierto es que la historia presenta más de alguna laguna, y si Ove resulta simpático también es hasta cierto punto enigmático.

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