Un golpe con estilo al estilo Trump

Cuando leí la sinopsis de Un golpe con estilo (Going in Style, 2017) no me dieron muchas ganas de verla. Cuando vi quiénes la protagonizaban, cambié de opinión. Y no porque las decisiones de lo que veo o no veo estén en función de los actores, sino porque me imaginé que los involucrados debieron aceptar por la diversión que prometía. Y si ellos se divirtieron seguramente también yo lo haría. Así fue.

Un golpe con estilo es la más reciente entrega de Zach Braff, quien posee una filmografía discreta como actor y que, como realizador, ofrece mejores si bien no espectaculares cuentas (su ópera prima es Tiempo de volver). El argumento sigue las vicisitudes de tres ancianos que han perdido su pensión y planean robar un banco. La idea es de Joe (Michael Caine), quien está a punto de perder su casa; pronto convence a Willie (Morgan Freeman), quien tiene problemas graves de salud; Albert (Alan Arkin) es el más renuente. Saben que no tienen mucho que perder, y la empresa les inyecta vitalidad.

Braff ofrece una cinta convencional, sin mayores virtudes formales. Incluso la cámara juega en más de un momento en contra de las emociones o sorpresas que puede generar (como la escena en el dispendio de mariguana). El realizador no se complicó la existencia y siguió una estrategia televisiva: dejar que los actores sean el soporte de la puesta en escena. Aquí arroja buenas cuentas porque tiene un reparto que funciona muy bien. Además de los tres amigos habría que anotar a Christopher Lloyd, en permanente extravío, y a Ann-Margret, quien aporta picardía a la propuesta. Las situaciones en las que se ven involucrados no son particularmente hilarantes y en general la historia no es redonda, pero sigue siendo emocionante el desempeño de los septuagenarios u octogenarios Freeman, Caine y Arkin. En este grupo de abuelos vivaces, previsiblemente, está lo más valioso de la cinta.

Braff entrega una película que ilustra el discurso de Trump y lo respalda: las compañías miserables se van de Estados Unidos (en este caso a Vietnam) y no sólo se llevan las plazas laborales, sino que huyen con las pensiones. Estas malas enterprises menosprecian a sus trabajadores y a sus pensionados y los dejan en una situación de total inseguridad. Cierto que también hay una crítica a la codicia bancaria, pero al final aquí se puede hacer justicia con máscara y fusil en mano (incluso con estilo, como sugiere el título): el robo a estas instituciones es un subgénero dramático que está presente en el ideario norteamericano desde su fundación (al menos es lo que el cine nos dice). Por lo demás es una película para sentirse bien, que avanza en un tono que hace prever que nada malo pasará. Una fábula simplificadora y tranquilizadora, más propagandística que aguda. ¿Así serán las fábulas cinematográficas en tiempos de Trump? ¡Ay!

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