Un extraño enemigo: la telenovela policial del 68

De cada nueva entrega audiovisual sobre el 68 mexicano se espera la obra total: la que termine por arrojar luz sobre los eventos, que reparta culpas y de cuenta del proceso social e ideológico, que ofrezca los elementos para hacer una interpretación sólida, que termine por establecer una verdad histórica que, dicho sea de paso, se puede rastrear en obras literarias. Con excepción de algunos documentales del Canal 6 de julio, el cine y la televisión no han mostrado mucho interés en volver sobre los aciagos eventos que marcaron 1968 y hacer un comentario sobre la circunstancia presente: toda película o serie de época, me parece, incrementa su valor si hace apuntes sobre el tiempo en el que se produce. Tal vez por tener estas expectativas, los acercamientos que existen sobre los aciagos eventos sesentayocheros terminan siendo un tanto decepcionantes. Un extraño enemigo (2018), serie de televisión producida por Televisa y Amazon, no es la excepción.

La serie comenzó a exhibirse el 2 de octubre –día que no se olvida, en el que se cumplieron 50 años de la masacre de Tlatelolco– y el 26 de octubre presentó su octavo y último capítulo. El responsable de la realización es Gabriel Ripstein, director del largometraje 600 millas (2015). A lo largo de casi seis horas, acompañamos a Fernando Barrientos (Daniel Giménez Cacho), quien encabeza la Dirección Federal de Seguridad y es subalterno de Luis Echeverría (Antonio de la Vega), Secretario de Gobernación. Desde la oficina del oscuro Barrientos no sólo se da respuesta a las protestas que los estudiantes realizan: ahí se diseñan y se llevan a la práctica. La Dirección ha infiltrado entre los estudiantes a algunos de sus miembros y utiliza grupos porriles. Entre ellos está Beto (Kristyan Ferrer), quien pasa información a sus jefes y sugiere a los líderes estudiantiles lo que tienen que hacer. A lo largo de la serie asistimos a las reuniones del presidente con su gabinete de seguridad, en muchas más ocasiones, por cierto, de las que vemos del Consejo Nacional de Huelga (CNH), que dirigía las actividades estudiantiles. Así, descubrimos la incidencia de la insidiosa CIA, a un Díaz Ordaz irritado por la responsabilidad de organizar unos Juegos Olímpicos que él no pidió, que exige cuentas, pero toma pocas decisiones: es un testigo de su gabinete, de la historia. Frente a él los secretarios más importantes se disputan con mezquindad su silla. La sucesión presidencial explicaría el curso de los eventos: marchas, mítines, detenciones y matanza son la estrategia de Barrientos para encumbrar a Echeverría. Esa es la gran hipótesis de Un extraño enemigo: los eventos de 1968 fueron la estrategia para que Echeverría ganara la carrera por la silla presidencial.

Ripstein propone una cámara-intruso que resulta provechosa… las primeras dos horas (porque después es un tanto fastidiosa): en constante movilidad y cámara en mano, con emplazamientos que sugieren la perspectiva de un fisgón que husmea, registra a cierta distancia y acompaña a los personajes. La fotografía (y la puesta en escena en su conjunto: vestuarios, maquillajes, escenografías), cortesía de Jaime Reynoso, reproduce con solvencia la pátina sesentera. Con verdosos tonos deslavados y constantes contraluces se elimina el glamur y se instala la intranquilidad, el desasosiego. Si bien es cierto que a juzgar por las películas de esa época y por la literatura de la onda en el lenguaje utilizado por los personajes no hay mucha fidelidad, cabe subrayar que cada capítulo cierra de forma efectista con emblemáticas canciones de le época que hacen las veces de comentario discursivo: de “Sympathy for The Devil” y “Paint It Black” de los Rolling Stones a la versión de “All Along the Watchtower” de Jimi Hendrix. La banda sonora contribuye así a incrementar la intensidad de los eventos. Formalmente, en todo caso, hay poco que reprochar a la producción: es correcta y pone un piso verosímil a lo que se registra. Los cuestionamientos apuntan al guión.

Al principio podemos leer: “Esta serie está inspirada en hechos reales e incluye referencias a eventos históricos y figuras públicas de la época […] Cualquier semejanza con eventos e interpretaciones históricas generalmente aceptadas es completamente fortuita e involuntaria”. Este texto sirve como aclaración y justificación, pero no es del todo cierto, pues las semejanzas no parecen completamente fortuitas ni involuntarias. Más allá de ello, de la posible o probable fidelidad con lo sucedido, el adoptar el punto de vista del policía, del malo de la historia, merece atención. Barrientos encarna a un personaje muy mexicano, al arribista que busca hacer carrera política. Lo seguimos en su casa, acompañamos a su esposa e hijos, a su amante. Es el personaje por el que se pretende recorrer los laberintos del poder y exhibir a una clase media que busca ascender a cualquier costo, por medio del crimen si éste ofrece la ruta más fácil. Es un implacable director de los servicios de inteligencia, pero también es un atento padre de familia: Ripstein nos recuerda que los asesinos también tienen buenos sentimientos. Sus decisiones detonan la acción, que resulta más informativa que emotiva.

A medio camino entre la telenovela tradicional al estilo Televisa (con sus ricos que también lloran) y el thriller hollywoodense, la serie explora con tibieza algunas, muy pocas, particularidades de la sociedad mexicana, entre ellas los prejuicios de clase, las reacciones negativas ante la homosexualidad. Tiene la virtud –aunque tampoco lo explora a profundidad– de ilustrar, por medio de Beto, la nula conciencia política y de clase de un sector poblacional mexicano, el que engrosa sin empacho las filas del crimen organizado (del que forma parte importante, en la serie y ¿en la realidad?, el Estado): los grupos porriles –ayer y hoy–, así como los carteles de la droga en la actualidad (¿el ejército, las policías?), se alimentan de personas cuya fuerza física es inversamente proporcional a las convicciones éticas.

El abordaje del movimiento y del CNH es vago: parece que las motivaciones ideológicas y el activismo que asumieron los estudiantes fuera un mero ruido de fondo. No terminamos de saber cómo evolucionó el movimiento, cómo se conformó la dirigencia, por qué resultó incorruptible a pesar de la presión y las filtraciones gubernamentales. Si bien es cierto que la ingenuidad estuvo presente en una buena parte de los involucrados, los estudiantes de la serie son más bien estúpidos, y nunca se dan cuenta de la manipulación de la que son objeto. Las marchas son diseñadas desde la Dirección Federal de Seguridad, incluso el mitin del 2 de octubre. Todo el valor que tuvo el movimiento –y que en fechas recientes se ha venido subrayando– para el cambio que vivió México desde entonces, es menos que anecdótico. Me pregunto qué pensarán los jóvenes de entonces sobre la forma de representarlos “con semejanza fortuita”, qué pensaría Luis González de Alba, que aquí es interpretado por un torpe David Alba (Andrés Delgado), qué pensarían esos jóvenes, que tuvieron largas asambleas para determinar si una llamada telefónica podría considerarse como un acto público, sobre las implicaciones éticas de dar el protagonismo al asesino y asumir su punto de vista para dar cuenta del movimiento que ellos protagonizaron.

Un extraño enemigo, como cabe entender de la salvedad que se anuncia al inicio, no pretende ser la obra total sobre el 68. Tampoco pretende hacer una crítica que tenga sentido en el presente. Se queda corta en la divulgación histórica; es pobre en cuanto al comentario que hace al México actual. Tampoco hace revelaciones extraordinarias ni propone interpretaciones novedosas. Utiliza la época y los eventos para hacer un producto capaz de insertarse en la moda de las series televisivas. Y como serie policial no va mucho más allá de la medianía.

 

Calificación 60%

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