Todo, todo: Bajo la misma, la misma luna

En diferentes momentos del siglo anterior el hombre se esmeró en “encajar” en la sociedad “borrándose”, convirtiéndose en un ser indiferenciado, en un punto indiscernible de la masa. Así lo postulan dos maravillosas películas norteamericanas que se ocupan de las contrariedades del hombre moderno: Zelig (1983) de Woody Allen y El hombre que nunca estuvo (The Man Who Wasn’t There, 2001) de los hermanos Coen. En la posmodernidad –como denominan los sociólogos a los tiempos que corren– se busca la distinción, en ocasiones a cualquier precio, y la cuantificación forma parte de la definición (dime cuántos “amigos” y cuántos “likes” tienes y te diré quién eres); se busca ser excepcional, aunque sea en el ángulo de la foto del perfil que aparece en las redes sociales: a estas alturas de la población mundial no es cosa fácil distinguirse de la masa. Pero el adolescente, se diría que por obligación y desde siempre, quiere que el yo que dice “yo” sea diferente. Algunos escritores, más perezosos que imaginativos, han propuesto jóvenes personajes femeninos que encuentran la singularidad en la enfermedad. Y mientras más rebuscada la enfermedad suponen que  aportan mayor singularidad a sus protagonistas. Eso sí, la parafernalia patológica es pertinente para abordar el más común de los lugares comunes: el amor. ¡Ay! Lo vimos en Bajo la misma luna (The Fault in Our Stars, 2014) de Josh Boone. Ahora Stella Meghie va tras la misma luna, es decir, la misma fórmula, en Todo, todo (Everything, Everything, 2017).

En su segundo largometraje, Meghie se inspira en el best seller homónimo de Nicola Yoon y recoge las contrariedades de Maddy (Amanda Stenberg). Ella ha pasado la mayor parte de su vida encerrada en una casa aséptica. Padece una enfermedad que se caracteriza por la baja resistencia que sus defensas ofrecen a virus y bacterias (y no es VIH), por lo que su madre, médica, la mantiene sana y encerrada. Todo cambia cuando se instala en la casa de al lado Olly (Nick Robinson), un joven ¡que viste de negro! y busca acercarse a Maddy. Ambos inician una relación con las herramientas que hoy son corrientes: por medio de mensajes celulares. Pero el riesgo del contacto está latente. ¡Uuuuy!

Meghie propone algunas dosis de fantasía y busca sin conseguirlo imprimir humor y excepcionalidad. Pretende, sin conseguirlo, ser graciosa e instalar cierta gracia. Busca hacerlo por medio de elementos de puesta en escena (sobre todo por medio de un astronauta bufón), por medio del relato en voz en off de la protagonista. Y nada más. Aquí se hacen visibles las limitaciones de la realizadora, que parte de la singularidad forzada y no consigue contagiar a su propuesta lo extraordinario que supuestamente está presente en la historia. Para acabarla, da un giro en el tercer acto que conlleva un cambio de tono (el drama familiar desplaza al drama romántico) y que porta una crítica que habría sido valiosa si se hubiera trabajado mejor. Meghie no escapa de este cine que no sabe cómo desarrollar ciertos asuntos y pasa de la hipótesis a la conclusión esperando que el espectador se la crea. Pero…

La narrativa cinematográfica, las historias que se cuentan con imágenes y sonidos, funcionan mejor cuando el espectador participa de la propuesta. Para eso están la cámara, la luz y la música, para empezar. En el cine cobra más peso y densidad –y genera mayor emoción– lo que vemos que lo que nos dicen. Y Meghie cree que diciéndonos que algo es excepcional nosotros tendríamos que creérselo y emocionarnos en consecuencia. Pero lo único que hace es informarnos (y a veces de forma grosera, como visualizar polos opuestos al vestirla a ella de blanco y a él de negro), no contagiarnos. ¿Cómo creer que una chica ordinaria es extraordinaria? ¿Olly es extraordinario porque viste como una buena parte de los jóvenes actuales? ¿Porque siendo un hombre blanco posa su mirada y su interés en una mujer negra? El amor es de quien lo trabaja (cinematográficamente hablando, por supuesto). Lo excepcional –en el amor, en general– se hace patente en la forma audiovisual, en la puesta en cámara, en la puesta en escena, el montaje y el sonido, como lo hicieron Wim Wenders en Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, 1987), Paul Thomas Anderson en Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), Wong Kar-Wai en Deseando amar (Faa yeung nin wa/In the Mood for Love, 2000)  o Derek Cianfrance en Triste San Valentín (Blue Valentine, 2010). Los realizadores insipientes, que no saben sacar buen provecho de sus herramientas pero acaso saben de sus limitaciones, buscan conseguir algo de emoción recetándonos música a montones. Habría que recordarles que la música ya es emoción y que se esmeren más en su chamba. Meghie nos receta música a montones: en Todo, todo todo el tiempo escuchamos el score o canciones… y entrega una película ordinaria.

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