Terminator nomás no se termina

Y la nave va. En este verano criminal y nada original llega a nuestras pantallas un refrito más: Terminator: Génesis (Terminator Genisys, 2015). El asunto inicia como la madre de todos los Terminators, la cinta que en 1984 filmó James Cameron: en el futuro las máquinas han tomado el poder y llegan a la conclusión que la humanidad estorba en el planeta, por lo que inician una guerra contra ella. Pero un hombre encabeza a los sobrevivientes para ofrecer resistencia. Cuando la guerra va mal para las máquinas, envían a 1984 a un terminator a dar muerte a la madre del cabecilla, y así evitar la rebelión futura. Pero los humanos hacen algo similar y mandan a uno de los suyos a defender a la susodicha.

Terminator 3

 

Terminator: Génesis es dirigida por Alan Taylor, quien trabaja habitualmente en la televisión y realizó Thor: el mundo oscuro (Thor: The Dark World, 2013). La cinta da cuenta de las heroicas acciones de John Connor (Jason Clarke), quien encabeza a los humanos que han sobrevivido al día final, cuando las máquinas lanzaron abundantes misiles y destruyeron la tierra y casi a toda la humanidad. Mas en el momento en que la derrota maquinal se acerca, mandan a 1984 a un asesino. Entonces va tras él Kyle Reese (Jai Courtney), con la misión de defender a Sarah Connor (Emilia Clarke), futura madre de John. Pero Reese descubre que ella ya tiene quién la cuide, el humanoide-terminator al que llama Pops (Arnold Schwarzenegger). Luego de una serie de peripecias, los tres caen en la cuenta que tienen que detener a Génesis, una aplicación cibernética que es responsable del aciago futuro. Los malos, como es de esperarse, no se quedan cruzados de brazos.

Taylor parte de un pretexto similar al que proponía el rollo fundacional, pero propone una serie de cambios relacionados más con los viajes en el tiempo que con la lucha entre máquinas y humanos; también es políticamente correcto y es sensible a los tiempos que corren y hace de Sarah Connor un personaje de acción, una heroína que toma en sus manos su destino. Presenta además una serie de giros inesperados que son pertinentes para sacudir la modorra más que otra cosa. Porque si bien la cinta regresa sobre asuntos que es conveniente recordar (el futuro no está escrito, la confianza en el otro es tan necesaria como irracional) y pone en pantalla otros que apenas esboza (como la ambición de las aplicaciones para dispositivos inteligentes, que se pretende que estén en todas partes, de convertirse en dios y decidir sobre la vida y muerte de los demás), la cinta no termina de despegar y en ella se instala cierta monotonía. (Habría que celebrar, eso sí, el pasaje –que pasa rápido, desafortunadamente– en el que se muestra a la humanidad en el 2017 como una masa de zombis: cada ser humano está absorto frente a una pantalla, un paisaje que ya podemos observar hoy.) Si bien algunos efectos visuales son espectaculares, también hay que apuntar que Taylor no es precisamente un virtuoso registrando la acción, la cual es confusa y rutinaria.

Terminator 2

Acaso lo novedoso y más sorprendente –y que raya casi en lo inverosímil– es ver y escuchar a un arrugado –por envejecido– Schwarzenegger hablando con fluidez de asuntos relativos a la física cuántica y presentando las explicaciones de las curiosidades técnicas y tecnológicas que hay en la cinta. Bajo su perenne facha amenazante y violenta, nunca antes había dado vida a un personaje tan brillante y encomiable. Claro que habría que atribuir la brillantez al hecho de que su personaje es un robot, pero aun así. También busca hacerse el chistoso (porque parece que pasar por la comedia es obligación para cualquier género cinematográfico en la actualidad, y la película incluye algunas dosis de humor que también contribuyen a espaciar los bostezos).

En conclusión: Taylor no va a fondo en las líneas temáticas que propone; tampoco desarrolla a sus personajes y termina cayendo en una serie de lugares comunes que si bien es oportuno recordar y se sostienen desde una perspectiva naturalista (la evolución supone una selección: los fuertes mandan y los no aptos mueren; en cien años, según Stephen Hawking, las máquinas se rebelarán), son enarbolados por los villanos y por la narrativa con poca enjundia y poco convencimiento. Lo peor es que, como el subtítulo anticipa, esto apenas empieza.

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