Teddy-oso

Ted (2012) no es precisamente una obra maestra, sin embargo su irreverencia alcanzaba para más de una carcajada y para hacer más de un apunte pertinente (como hacer ver que un hombre puede ser un proyecto para su pareja). Ted 2 (2015), por su parte, da un giro de prudencia: inicia con una perspectiva poco prometedora y concluye sin mayores sobresaltos. Una buena parte de su incorrección se agota en anécdotas que no hieren la sensibilidad ni de los estómagos más delicados. Con decir que hasta la “pachequez” de los protagonistas parece correcta.

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Ted 2 es el tercer largometraje como realizador de Seth MacFarlane, quien es responsable del primer Ted y de Pueblo chico pistola grande (A Million Ways to Die in the West, 2014). La secuela inicia con la boda del oso de peluche del título (que, recordemos, en el primer rollo cobró vida), pretexto que da pie a un musical al estilo de Busby Berkeley. Posteriormente acompañamos el fracaso matrimonial de Ted, el cual quiere remediar teniendo un hijo. Así inicia su debacle: no es reconocido como persona por el Estado, sino como propiedad, por lo que pierde su trabajo y su matrimonio deja de ser válido. Entonces inicia una “batalla” legal con la ayuda de una abogada debutante y no menos pacheca, Samantha (Amanda Seyfried). Por su parte, John (Mark Wahlberg) no puede superar su divorcio y canaliza su depresión apoyando a Ted.

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MacFarlane propone un coctel genérico, y además de visitar (y revisitar) el musical, transita por el thriller, el cine de juzgados y el melodrama; y al final redondea una cinta de superación personal (pues di bien el protagonista es un oso de peluche, como se verá su gesta es ser reconocido como persona). En la ruta, hace una breve aparición Liam Neeson y hay algunos cameos (entre otros Tom Brady, otra vez), como parece gustarle tanto a Mark Wahlberg (como recién vimos en Entourage: la película). Además deja ver un ánimo convencional (porque sigue las convenciones de los géneros y porque valida lo que ellos y la conservadora sociedad norteamericana dan por sentado). El viaje pasa por Nueva York y por la Comic-Con, donde aparece un malo terrible (pero no por malvado, sino por nulo) y tiene lugar una serie de escenas que se ubican en la medianía, en términos de acción y de drama, y están muy cerca de la antipatía.

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MacFarlane lleva a cabo un alegato que tiene como objetivo convencer, a los jurados en la película y al espectador de este lado de la pantalla, sobre el estatus de persona de Ted. Usa de forma indistinta y confunde “ser humano” con “persona”. El asunto se ventila, y a la larga se decide de forma rancia y manida, en los juzgados. Los “argumentos” esgrimidos están cerca de Disney y son de una cursilería infumable (y que conste que aquí se fuma con gratuidad y celeridad en cantidades industriales). Al final, MacFarlane se encarga de quitarle casi toda la gracia a su oso parlanchín y otrora soez. Ofrece poca emoción y escaso humor; es aleccionador: Ted deja de ser, así, un oso cochambroso y se convierte en un Teddy-oso.

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