¿Tarzán se ha convertido en un mal chiste?

¿Por qué la industria norteamericana regresa frecuentemente a Tarzán? Si bien es cierto que cabrían matices diferentes en épocas diferentes –la serie de novelas de Edgar Rice Burroughs protagonizada por este personaje ha servido de inspiración a numerosas cintas desde hace cien años–, sospecho que la respuesta parece apuntar a la facilidad, a la pereza. Ahora cabrían pretextos ecológicos; en algunas ocasiones se han explorado aristas antropológicas o se ha exhibido la mezquindad de la civilización. Sin embargo, en La leyenda de Tarzán (The Legend of Tarzan, 2016), la más reciente visita al hombre mono, no se perciben intereses en esos campos: se confirma ampliamente la sospecha.

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Dirigida por el británico David Yates (quien entregó buenas cuentas en los últimos rollos de la saga de Harry Potter), la historia sigue a John Clayton (Alexander Skarsgård), quien era conocido en la selva como Tarzán y ahora vive cómodamente instalado en el castillo familiar, en Inglaterra. Su tranquilidad es amenazada cuando recibe la invitación del rey Leopoldo de Bélgica para visitar El Congo y dar fe de las supuestas maravillas que el colonizador ha hecho en África. Inicialmente Clayton dice que no, pero cambia de parecer cuando el norteamericano George Washington Williams (Samuel L. Jackson) le hace ver que lo necesita para atestiguar las atrocidades que se cometen en África. Clayton cambia de parecer y emprende el viaje con su esposa, Jane (Margot Robbie). En El Congo le esperan sorpresas desagradables, y las circunstancias hacen que reaparezca Tarzán.

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Yates concibe una puesta al día del hombre mono. Propone una actualización al estilo de la que llevó a cabo Guy Ritchie con Sherlock Holmes. Así hace de Tarzán un justiciero con algunos rasgos de sofisticación. Pero sobre todo hace de él un héroe romántico que lucha por el bienestar de su amada Jane. La puesta al día, sin embargo, no se agota ahí. Y si los tiempos y la corrección política mandan dar mayor protagonismo a las mujeres, Yates hace de Jane una heroína ingeniosa que renuncia a la seguridad del hogar y no duda en emprender aventuras y defenderse a golpes si es preciso. De hecho en algunos momentos ella cobra mayor peso narrativo y dramático que Tarzán. Pero además el británico es una especie de portavoz de la diplomacia norteamericana, y por medio de Washington lanza un mensaje al mundo: Estados Unidos se autoproclama como el defensor de los débiles donde quiera que estén, como el guardián del orden mundial y el agente de la justicia.

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Yates no resuelve los conflictos principales de Tarzán, que al privilegiar a Clayton se convirtió en un traidor para los suyos. Lejos queda el pasado salvaje, el pleito con el rey aborigen, la falta de honor que Clayton reconoce. Si la historia presenta algunas lagunas, el tema es un queso gruyere. Es claro que el cineasta no alberga mayores ambiciones; que su película, como la mayor parte del cine veraniego, se plantea como entretenimiento y nada más que entretenimiento. Es el prurito crítico el que me empuja a buscar un discurso donde no lo hay, a buscar sustancia donde sólo hay comida chatarra. Así pues, constatar la vacuidad de este Tarzán es casi una oficiosa ociosidad. Y es lo que hay que constatar. Esta reseña no estaría completa, sin embargo, sin mencionar tres asuntillos. El primero: Christoph Waltz, antagonista por antonomasia, ya comienza a cansar, pues parece que sólo es convocado para llevar el rol de… Christoph Waltz, un tipo ladino, a medio camino entre la civilidad y la brutalidad, entre la calidez y la crueldad. Por otra parte habría que resaltar la pobreza en el registro de la acción. Es confusa y rutinaria: queda claro que no es el fuerte de Yates. En contra, habría que celebrar algunos pasajes de humor. Pocos, pero efectivos. Al final surge otra pregunta: ¿Tarzán ha dejado de ser el buen salvaje para convertirse en un mal chiste?

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