Steve Jobs tras bambalinas

La biografía de Steve Jobs al parecer es tan comercial como los productos que la gente que trabajó para él construyó. Ambos –productos y biografía–, me temo, están sobrevalorados. Ni es un personaje tan extraordinario, ni “sus” gadgets son la octava maravilla. Supo empujar la concepción de juguetes que presentan una serie de limitaciones y restricciones pero que resultaron y resultan atractivos para el ávido consumidor. Por lo que se sabe de él –y se sabe mucho–, tuvo una infancia difícil y fue un sujeto más bien antipático, soberbio, egocéntrico; saber aprovechar las virtudes de los que colaboraron con él fue tal vez su mayor virtud. En todo caso, el talento del inglés Danny Boyle (Trainspotting, Quisiera ser millonario) en Steve Jobs (2015) alcanza para hacer de él un personaje a ratos hasta simpático.

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Steve Jobs transcurre literalmente tras bambalinas, en los momentos previos de tres eventos importantes en la vida y las empresas del personaje epónimo. Mientras Jobs (Michael Fassbender) se prepara para la presentación de diferentes equipos de cómputo, asistimos a las desavenencias con la madre de su hija y los encuentros y desencuentros con la pequeña (que, conforme avanza la cinta llega a la juventud), los conflictos con colaboradores y ex colaboradores, el apoyo constante de su fiel colaboradora Joanna Hoffman (Kate Winslett).

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Con una cámara en constante movimiento, algunos planos inclinados y un ritmo ágil, Boyle construye un personaje frenético y apenas da algunos momentos de reposo. Si a esto le añadimos la pujanza y abundancia de los diálogos, podemos comprender lo que pasaba por la mente brillante de Jobs (el realizador comenta que “como Jobs mismo, es una película de movimiento. Concebimos la película como el sonido de su mente”). Por otra parte el cinefotógrafo alemán Alwin H. Küchler emula el estilo visual de las diferentes épocas que la cinta cubre (de mediados de los ochenta a finales de los noventa del siglo anterior) y contribuye a dar cuenta de los afectos que habitan al impulsivo Jobs. Así se hace sensible la tensión y el tesón, la intensidad que, constatamos, caracterizaron al jefe de Apple.

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Boyle matiza lo expuesto previamente en Jobs: el hombre que revolucionó al mundo (Jobs, 2013) de Joshua Michael Stern. Nos asomamos a diferentes aristas de un hombre que parecía tener la necesidad permanente de demostrar que era extraordinario y que, cual rockstar –que es como a fin de cuentas se (re)presenta–, buscaba las ovaciones de sus admiradores, los ávidos consumidores de sus productos (si sacamos conclusiones facilonas en el diván-butaca de cine cabría suponer que buscaba llenar el vacío y subsanar el rechazo sufrido en su temprana infancia). El cineasta británico muestra un frenético sujeto que por lo general luce firme, para quien mostrar sentimientos es un signo de debilidad y no tiene más remedio que reconocer –así sea sólo para sí mismo– su falibilidad. Boyle da cuenta con sutileza de todo esto, y a ello contribuye de buena manera el buen desempeño que obtiene de Fassbender, un actor cuyas capacidades están más que probadas (sin afán de fastidiar a nadie, ni entrar en ociosas comparaciones, su Jobs es mucho más fuerte y cálido que el interpretado por Ashton Kutcher).

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Así pues, Boyle entrega una vez más muy buenas cuentas: su cinta funciona como cine biográfico, pero también explora de buena manera al egoísta e insatisfecho hombre moderno; nos recuerda cómo el individuo se construye con los demás aunque no les dé crédito (Jobs se autodefine en algún momento como el hombre que “dirige la orquesta”). En este renglón Jobs tiende un puente con Mark Zuckerberg, el amo de Facebook. De hecho originalmente Steve Jobs iba a ser dirigida por David Fincher. En testimonios que recoge el diario británico The Guardian, el realizador afirma que para él “es claramente la segunda parte de La red social (The Social Network, 2010)”. Ambas películas, no está de más señalar, fueron escritas por Aaron Sorkin. En todo caso, Boyle apunta que “tan benignos como puedan parecer” Jobs y Zuckerberg, “han creado fuerzas que son más poderosas que gobiernos y bancos. Y no parecen motivados por el dinero. Creo que eso es extraordinario. Es un cambio de paradigma del que al parecer felizmente no éramos conscientes. No están interesados en el dinero sino en la información. Nuestra información”. Y la industria cinematográfica tiene la “responsabilidad de examinar la importancia” de estas personas.

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