Sin proyecto(s) II

En la emisión del programa radial Proyector de C7 del viernes 15 de julio (mencionada en la columna anterior), Ernesto Rodríguez, programador del Cineforo de la Universidad de Guadalajara y seleccionador de la sección mexicana del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, subrayó la ausencia de un plan de negocios de los que, en México, consiguen realizar una película. Hacía ver cómo una vez que la película existe, los realizadores o productores se dan a la tarea de averiguar qué hacer con ella, lo cual se limita, en el mejor de los casos, a inscribirla en uno o más festivales. No hay una estrategia para hacerla circular, para venderla a posibles compradores, para promocionarla directamente.

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El problema, me temo, es de origen: ¿para quién están pensadas o diseñadas las películas mexicanas?, ¿cuál es el público que se tiene en mente?; para empezar, ¿se tiene al público en mente? A mí me parece que en una buena parte de la producción nacional se puede apreciar una voluntad onanista: las cintas son concebidas por y para el realizador. Con algunas excepciones notables, al cineasta mexicano pareciera no importarle lo que entrega a la sociedad con su obra, ni la sociedad a la que la entrega; su ambición es únicamente que sus cintas existan. El cine mexicano se ubica en tres extremos que son más o menos tangibles: por una parte, el cine que es ambicioso (Franco, Reygadas, Escalante, Eimbcke), cuyos autores muestran una formación (cinematográfica, intelectual) respetable y un interés por el cine y por el país; a veces se ocupan de asuntos sociales, a veces miran a la intimidad y no es raro que obtengan premios importantes en festivales importantes; en México, sus películas se exhiben poco y mal. En otro extremo estarían los pretensiosos, que son cineastas cuyas ambiciones no cuajan y sus cintas resultan pedantes, como Ignacio Ortiz; sus películas se cuelan en algún festival, rara vez llegan a la cartelera comercial. Por último estaría el que emula al cine norteamericano de género (particularmente comedias) y cuya ambición es descaradamente la taquilla; copian modelos de probada eficacia pero no necesariamente con eficacia y menos talento, como Manolo Caro (Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando) o Issa López (Efectos secundarios);  sus películas alcanzan más pantallas, pero no dejan mayor huella.

En México los realizadores o aspirantes a se convierten en especialistas de la tramitología para conseguir becas y su agenda está en función de las fechas para inscribir proyectos. Hay gente de cine que en México vive o ha vivido de la burocracia casi toda su vida laboral, como sucedió con Alfredo Joskowicz, que si bien alimentó una filmografía bastante irregular, tuvo una larga trayectoria como burócrata: fue director del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM, de los Estudios América y del Imcine.

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Que el estado mexicano apoye la producción de películas es plausible. No lo es tanto si se considera lo que se hace con ellas. Actualmente se apuesta por la cantidad y se producen alrededor de 150 películas por año. Al final, y después de pasarlas por un filtro riguroso (y sin considerar las “comerciales”, que van directamente a la cartelera, cuando llegan a la cartelera), sobresale una decena en el mejor de los casos (que forman parte de la primera categoría). Algunas consiguen colarse en algún festival internacional importante; también las hay que, después de hacer “su luchita” afuera aterrizan en algún festival local. La apuesta principal es Morelia, por mucho el mejor festival nacional. Los cineastas ahí se sienten bien, pero también albergan la esperanza de que Cinépolis se anime a hacer la distribución. Como plan B, C o D se contemplan Guanajuato, Los Cabos o Guadalajara. Después, y  muy rara vez, podremos verlas en la cartelera comercial. Es entonces cuando se echa de menos el puente que podría concebirse desde que un proyecto se cocina. ¿Y si Imcine fuera riguroso con la selección de proyectos? Mejor: y si en lugar de sólo apoyar la producción se da a la tarea de diseñar estrategias de distribución y exhibición más allá de apoyar la salida a festivales? ¿No sería deseable que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas hiciera promoción del cine mexicano además de involucrarse en las causas sociales, como el repudio a la violencia en Oaxaca?

En México hay un problema grave en lo relativo a la distribución y la exhibición del cine nacional. Hay un divorcio entre lo que se promueve desde el ámbito público y lo que sucede en el privado. No basta con producir mucho y tener la cadena más grande de exhibición. Estamos frente a un asunto de orden cultural y social. Habría que pensar en cómo estimular la exhibición en ciudades que no cuentan con circuitos de salas de las llamadas culturales, es decir, todas las ciudades excepto Ciudad de México. Aquí en Guadalajara se ha hecho posible algo cercano a un circuito con Ambulante, pero también recientemente con el ciclo de cine alemán “50 películas 50 años”. Para variar, además, la gente del FICG organizó una serie de funciones públicas en parques (aunque, claro, una golondrina no hace cinefilia). No son muchas las salas, pero buscando se puede armar un circuito. Eso sí, habría que replantearse ciertos hábitos provincianos, como el que se cierren las salas por vacaciones (por este motivo el Cineforo de la Universidad de Guadalajara no abrirá sus puertas del 28 de julio al 14 de agosto). De por sí tenemos pocos espacios alternativos de exhibición…

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El divorcio entre cineastas y público existe no sólo por el desinterés de los primeros, sino por la indiferencia del segundo: el problema mayor, creo, está en la ignorancia nacional con relación al audiovisual. Si en México se enseña a leer y escribir, y leemos poco y mal, ¿cómo andarán las cosas con el audiovisual, el cual no forma parte de los planes de estudio de la educación básica? Asimismo tenemos un problema económico, que se disimula porque las entradas a las salas son buenas (México es el tercer país del mundo en asistencia). El porcentaje de la población que paga boletos es pequeño; hay otro amplio sector que se surte en la piratería, pero también los hay que no ven cine ni por accidente. Para la gran mayoría el cine sigue siendo un mero divertimento, una distracción. Además, hasta hace poco –¿o aún?– ver cine mexicano era visto como algo sospechoso.

Y, para acabarla, está la televisión “cultural”, de la cual nos ocuparemos en la siguiente entrega.

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