Sieranevada: la maldita primavera rumana

El estreno de Sieranevada (2016) –aunque sólo sea en un par de salas– es un evento para celebrar. Porque de Rumania nos llega muy poco cine: por lo general, el que participa en los festivales de cine más importantes del mundo y que por acá recoge la Muestra Internacional de la Cineteca; y con mucho menor frecuencia alcanza la cartelera comercial. Porque, para no variar y como sucede con el cine iraní, asistimos a una puesta en escena realista que termina haciendo un diagnóstico lúcido y ácido de una sociedad que ha hecho de la hostilidad su cotidianidad (de acuerdo a lo que podemos inferir, justamente, por lo que registra su cine).

Sieranevada es la más reciente entrega de Cristi Puiu, al que conocimos por La muerte del Sr. Lazarescu (Moartea domnului Lãzãrescu, 2005), cinta con la que ganó el premio de la sección Una cierta mirada en Cannes. El rumano sigue ahora a una familia que se reúne para conmemorar, en una ceremonia de corte religioso, la muerte del patriarca. A un pequeño departamento se dan cita la cuñada, la viuda, los hijos, los sobrinos los amigos… y una inmigrante bastante drogada. Para empezar acompañamos a Lary (Mimi Branescu), un médico que vive de las ventas y sufre los reclamos de su esposa por haber comprado mal un disfraz de princesa de Disney para su hija. La celebración se retrasa, primero, por la llegada tardía del pope; luego, por la aparición del concuño del difunto, acusado de infidelidad.

Puiu propone una estrategia cercana al documental y concede a la cámara el rol de testigo, un testigo abúlico, indiferente, justo es precisar. Propone, así, largos planos con escasos movimientos de cámara (a menudo lentos paneos, como alguien que ve sin involucrarse lo que pasa a su alrededor: el cineasta comenta que “en la tradición ortodoxa el alma del muerto queda en libertad durante cuarenta días, se mueve. Me planteé la cuestión: ¿cómo hacer para contar la historia a través de los ojos del muerto, que circula? Poniendo la cámara en el lugar del muerto, este hombre invisible. Es lo que quise ver, la mirada del muerto”. Puiu nos lleva a la intimidad y hace de nosotros unos voraces voyeurs). Sin embargo el ritmo no es lento por la movilidad de los personajes dentro de la escena, a veces cercana a la histeria. La luz y la puesta en escena son de corte naturalista y se suman para generar cierta crudeza. El sonido es de una sutileza maravillosa (no hay que levantar la voz, porque una bebé duerme) y en algunos momentos aparecen, como sin querer, canciones que subrayan lo expuesto o crean contrapuntos (como la canción “La maldita primavera” en un momento álgido… y en pleno invierno).

El dispositivo es pertinente para presentarnos una realidad que luce sin maquillaje. Observamos a la esposa recetando al esposo una retahíla de reproches cuando van de camino a la celebración (la situación, a los dos minutos, es verdaderamente intolerable: Lary, abúlico más que paciente, trata de argumentar sin convicción: en su lugar otros habrían levantado la voz… o solicitado el divorcio); también atestiguamos el breve umbral a la tolerancia del hijo, que levanta la voz a la madre; y vemos a la tía llorosa, a la hermana llorosa; nos enteramos que el hermano, militar de carrera, vive con miedo. Así se va haciendo el esbozo de un paisaje en el que convive la nostalgia por el pasado socialista (cuando el gobierno construyó para la gente casas –pequeñas, como podemos constatar– y contribuyó a poner comida en su mesa), con la creencia en teorías de la conspiración (con el infaltable primo que todo lo sabe por lo que lee en Internet). Y si la hostilidad en la familia es elevada, fuera de ella cualquier pretexto es pertinente para insultarse o llegar a los golpes. La casa es un símil del país y los roces parecen inevitables en la estrechez espacial: las dificultades para circular en la calle son similares a las que se presentan en el departamento. Se percibe que no hay precariedad económica, sino precariedad moral: el egoísmo permea la convivencia y la angustia se mitiga con un cigarro tras otro. Asimismo se puede apreciar la falta de solidaridad de género: las mujeres atienden y los hombres no muestran mayor voluntad de comedimiento. A semejante estado de cosas contribuye, podemos inferir, la insatisfacción crónica, que tiene al menos parte de su origen en lo sexual (Freud tendría mucho que comentar al respecto, me imagino). Aquí, en casa, no se grita: puros susurros.

El relato de Puiu –que hasta cierto punto hace un guiño a El discreto encanto de la burguesía de Luis Buñuel, multiplicando las dificultades para que un grupo de personas se siente a la mesa para comer– en la que  cabe bastante bien en los terrenos del melodrama. Sin embargo el asunto también da para la risa. La tragicomedia se instala y se valida por medio de “nuestro hombre en escena”, Lary: el abúlico reacciona con una risa loca que le baja la intensidad al drama y resalta la ridiculez de mucho de lo que se vive: con los ánimos alterados cualquier nimiedad tiende a la desproporción. El cineasta propone, en más de un momento, desconfiar de las versiones oficiales (de la historia, de los otros) y al final invita a recibir las contrariedades con humor: total, eso no supone mayor compromiso.

El título

Puiu explica que quiso titular su cinta Sieranevada porque le enoja que los títulos cambien de acuerdo con las lenguas y las nacionalidades. “El cerebro”, comenta el cineasta, “tiene necesidad de un sentido”, pero aquí no lo hay. Había que ponerle un título y vino a su imaginación Sieranevada, una palabra “que tiene resonancias de western, aun si no hay ningún western célebre que lleve ese título. Evoca la nieve, otro idioma: español, la música de esta lengua. Sieranevada es bello”.

 

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