Satánicos satanizados

Apenas comienzan a desfilar los créditos finales de Lugares oscuros (Dark Places, 2015) se confirma una euforia mesurada, pero también cierta desazón. Porque lo expuesto es revelador, pero la forma no termina de ser contundente. Acaso la explicación está justamente en las responsabilidades que se reparten en algunos de los créditos: las maravillas son de origen literario, y estarían en la novela de Gillian Flynn; a la realización, cortesía de Gilles Paquet-Brenner, cabría hacerle algunos reproches.

Lugares oscuros se inspira en la segunda novela de Flynn –también autora de la obra literaria de la que surgió Perdida–, que en español circula bajo el título de La llamada del Kill Club, y es el séptimo largometraje del francés Paquet-Brenner (Los muros, La llave de Sarah). El argumento recoge las contrariedades de Libby Day (Charlize Theron), quien vivió en su infancia una tragedia familiar: una noche fueron asesinadas su madre y sus dos hermanas. Por el crimen se culpó a su hermano Ben (Corey Stoll), quien aún está en prisión. Desde los aciagos episodios, Libby ha vivido de las contribuciones de la gente que, conmovida, además de hacerle llegar su solidaridad le envía dinero. Pero ahora, 24 años después, su economía es precaria. Por eso accede a involucrarse con un club de investigadores de crímenes. Así regresan los demonios del pasado… y debe encarar su rol en el caso.

dark places 2

Paquet-Brenner propone un ritmo apacible, con planos largos y saltos temporales que rompen con el relato lineal. La estrategia es pertinente para dosificar el curso de los eventos, para adelantar alguna información así como para aplazar las revelaciones que contribuyen a matizar y revalorar lo que sabemos. Lugares oscuros tiende así un puente formal con Perdida (Gone Girl, 2014) de David Fincher: la investigación, el relato no lineal y la adopción de una perspectiva –que avanza en primera persona– como virtuosos motores narrativos; el cine policial como una estrategia provechosa para la exploración de los cochambres humanos. Pero además establece un nexo temático: la mujer, que vive en el umbral de la irracionalidad, como poseedora del germen del mal, y la familia como un campo fértil para su crecimiento; las relaciones de pareja son proyectos destinados al contagio. Los hombres, por su parte, van de la debilidad a la indiferencia, y sólo reaccionan ante lo que ellas inician; el padre aquí llega a ser tóxico. En Lugares oscuros todo comienza con una frase inquietante y valiente de Libby: “Albergo la maldad en mi interior, tan real como un órgano más”. En adelante asistimos a la sucesión de eventos que la alimentaron, que la hicieron crecer: somos testigos de la victimización como lucrativa forma de vida; de la culpa como un impedimento para hacerse cargo de la existencia; del satanismo como una opción adolescente de entretenimiento y una moda ochentera, y la satanización como una práctica común de la sociedad norteamericana, que condena lo que no entiende (y que en el colmo del ocio y lo morboso se agrupa en clubs tan singulares como enfermizos); de la mentira como una práctica común, el crimen como un rasgo sociológico. El catálogo de revelaciones es amplio, y el conjunto alcanza a iluminar aristas oscuras del norteamericano común (Flynn ubica la historia en Kansas, de donde es originaria –y donde también tienen lugar los asesinatos que están en el origen de A sangre fría–, y desde ahí explora la América profunda), a ilustrar cómo la manipulación y la mezquindad rinden frutos; en esencia, a exhibir la irresponsabilidad con la que se puede transitar en la vida, a veces con éxito. En conclusión: aquí no hay inocentes ni buenos samaritanos.

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Sin embargo, Paquet-Brenner muestra cierta tibieza ante la sordidez que exhibe: no faltan los pasajes en los que pareciera que el realizador está más interesado en exponer que en desarrollar, en mostrar que en ir a profundidad. No se puede afirmar que edulcora lo que registra, pero sí que mediante la luz y la cámara construye una elegancia que resta fuerza al asunto que aborda: ahí donde se antojaba que las vísceras se impusieran, es el cerebro el que resuelve. Aun así, el cineasta entrega buenas cuentas. Lugares oscuros ilumina algunos aspectos lamentables del American way of life, pero quedan aún zonas de penumbra: el mal humano en general, y el norteamericano en particular, es inagotable.

 

Sobre Perdida

Excelente denuncia

La filmografía de David Fincher es rica en altibajos. Entregó buenas cuentas en Se7en (1995) y en La red social (2010), pero El club de la pelea (1999) es cuestionable y su refrito de Millennium (2011) es más bien gris. En todas es proclive al lucimiento formal y al afán de singularidad. De éstos se aleja en Perdida (2014), su más reciente entrega, que trae a la memoria Sólo un sueño (2008) de Sam Mendes y deja ver una inesperada madurez.

La cinta se inspira en una novela de Gillian Flynn, también autora del guión. Sigue las desventuras de Nick Dunne (Ben Affleck), quien encara la desaparición de su esposa, Amy (Rosamund Pike). Entonces es objeto del sensacionalismo de los medios; peor, las pesquisas apuntan a su posible culpabilidad.

Fincher hace una propuesta discreta pero efectiva, como las músicas de Trent Reznor y Atticus Ross y la cinefotografía de Jeff Cronenweth. Como la elección de los actores (y habría que celebrar la presencia de Affleck, un actor… discreto). La apuesta es exitosa para exponer, con los parámetros del cine policial -acaso los más pertinentes- y con dosis de humor, los lugares comunes de ese gran lugar común que es el matrimonio. Nos recuerda sus altibajos, las expectativas reales pero sobre todo las impostadas, el paso del gozo al pozo (que hace recordar El amor dura tres años, la novela y la película de Frédéric Beigbeder), el desconocimiento del otro, al que se une el uno hasta que la muerte los separe, la indiferencia de ellos, las ambiciones de ellas (que ven en ellos ante todo un proyecto).

Perdida es una excelente reflexión sobre el matrimonio. O mejor: una excelente denuncia del matrimonio.

 

Texto publicado en el suplemento Primera Fila del periódico Mural el 3 de octubre de 2014

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