Roma en sus transgresiones

Por Paola Villa

¿Qué no hemos escuchado o leído ya de Roma, la última película de Cuarón que se ha vuelto además un fenómeno social, me atrevo a decir, sin precedentes al menos en los últimos años del cine mexicano?

Roma ha transgredido muchos de los supuestos bajo los que opera la lógica de hacer y consumir cine, voy a intentar hablar de los que me llaman más la atención.

  • Transgredió en primera instancia el modelo de distribución cinematográfica al estrenarse en una plataforma como Netflix, que ha recibido críticas desde hace varios años y a la que se le ha endosado incluso la responsabilidad de la poca asistencia de las audiencias a las salas de cine. Cuando lo cierto es que la experiencia de ir al cine ha sido monopolizada por completo desde hace años, ignorando al público más adulto que busca otro tipo de historias más allá de las producciones de alto impacto, que francamente cada vez son más cansinas. Si uno busca ver otro tipo de películas los horarios y salas son limitadísimos; y francamente ¿cuántas películas más de superhéroes se necesitan para que el público más joven también se canse?
  • Otra transgresión de Roma es colocar una película que no tiene una estructura dramática convencional en boca de todos. No se relegó al circuito de festivales, en el que tanto se regodean otros directores mexicanos que, al contrario, ignoran por completo a su público para hablarle prácticamente solo a los colegas. Roma está disponible para todos, se hizo una estrategia de difusión en algunas salas de cine, en salitas itinerantes, a través del Romatón y por supuesto en Netflix que está al alcance de muchas personas.
  • Y la transgresión que a mí más me gusta es la del discurso que está permeando la creación cinematográfica (y muchos otros espacios) y sobre el que Scorsese advirtió de forma muy cabal en su discurso durante la ceremonia de entrega del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2018, donde apunta, parafraseando un poco, que ahora la creación cinematográfica está íntimamente ligada a lo políticamente correcto, al cumplimiento de una agenda donde las películas se premian por la temática más que por su alcance artístico. Esto no es cosa menor, las grandes discusiones sobre Roma han girado en torno a cómo Cuarón no habló de la vida de Cleo a profundidad, sobre si romantiza el trabajo doméstico, sobre cómo ignoró la vida de servidumbre en este país… Cuarón hizo lo que todo artista debe hacer, que es crear desde su verdad, Roma no es una película de denuncia, es una película sobre la nostalgia, y una muy personal, regalándonos unos frescos llenos de detalles aparentemente inocentes pero cargados de significado y emoción. Se aleja por completo de la calidad enunciativa de la mayoría de las películas que pretenden “dar visibilidad”, “hablar de un tema”, etc. Y, sin embargo, el tema está ahí, detona lo que solo puede hacer el arte, la reflexión, el diálogo, la discrepancia, no desde el aplauso y el consentimiento universal. Cuando el artista se vuelve complaciente tanto él como su obra le pertenecen a otro y no a sí. Y sí, Roma nos recordó que el cine es un arte, que precisamente su autencidad, su unicidad, la vuelven relevante no solo ahora, sino más allá de la época de su nacimiento.

Paola Villa es guionista, cineasta y profesora

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