Retrato del artista longevo

Dentro del Festival de verano que se inaugura hoy en el Cineforo de la Universidad de Guadalajara se proyectará Un filme hablado (Um filme falado, 2003), el penúltimo largometraje de Manoel de Oliveira. La presencia en el evento de una cinta del cineasta portugués es un pretexto propicio para ocuparse de él. La respetable continuidad que ha mantenido provee otro motivo no menos importante para apuntar los ojos hacia su cine, que no ha dejado de describir una línea en constante ascenso. El asunto multiplica su relevancia si consideramos la extraordinaria longevidad del realizador, factor que ya de por sí lo colocaría en un sitio aparte dentro del género humano, cuantimás en el paisaje cinematográfico. Porque a sus 96 años la actividad no decae, y en la última década filmó por lo menos una película por año. Su lucidez, por otra parte, parece un motor infatigable: reflexivo como pocos, su oficio es un primer objetivo sobre el que apunta su arsenal intelectual y emocional; se vale de éste en consecuencia para abordar los temas que explora con tanta vehemencia como agudeza, y que pasan lo mismo por el teatro, la literatura… y el cine.

La relación de de Oliveira con el cine fue más bien tardía y ha de remontarse, acaso de igual forma, a la pasión por la literatura. No es de extrañar, así, que en su cine la palabra tenga un peso de capital importancia (el título arriba citado bien puede describir la conjunción de su pasión). Confiesa que le “gustan las palabras, aun si son triviales, con la condición de que tomen un sentido noble y nuevo, y en ocasiones es lo que sucede con Rossellini. Pero si se es muy fiel al texto, entonces las cosas no marchan bien”. Esta apuesta estilística no siempre funciona, es justo decirlo, pues además de empantanar el ritmo del relato, por momentos desplaza la propuesta visual a un segundo plano: uno sigue el desarrollo de los personajes por lo que escucha y no por lo que ve, por lo que una pesantez se instala. Contagiada de este mal ha sido, por citar un ejemplo, Valle Abraham (Vale Abraão, 1993), cinta que tiende un nexo con “Madame Bovary”.

Con una formación que estuvo más ligada al mundo del espectáculo y del circo, ha defendido desde siempre la especificidad cinematográfica, que en los años 30 fue objeto de debates, cuando ya fue posible registrar y reproducir el sonido y el teatro era “una trampa” para el cine. Pero no siempre fue así, no siempre pudo ser así, pues el cineasta se inició en estos menesteres cuando el cine aún no sabía hablar. Su primera película es un documental que lleva por título Douro, trabajo fluvial (Douro, faina fluvial, 1931), obra silente que fue estrenada el mismo año de su filmación; una versión sonorizada vería la luz en 1934. Así pues, de Oliveira acumula más de setenta años de labor. Y si la cantidad de años en la brega es impresionante, la cifra de películas no lo es tanto (37 a la fecha). Porque si bien es cierto que en los últimos tiempos la actividad ha sido constante, en épocas anteriores el ritmo ha sido menos impresionante, espaciando sus películas por períodos de hasta 14 años.

El infatigable portugués presentará el mes próximo, en el marco del Festival de Venecia, El Quinto Imperio (O Quinto Império, 2004), su más reciente largometraje. Los organizadores del festival le entregarán, además, un León de Oro por su carrera, presea que también recibirá Stanley Donen. Como bien señalan, se trata de “dos grandes cineastas todavía activos que han dejado una huella profunda en el cine del siglo XX, contribuyendo a redefinir la modernidad”.

De Oliveira ha sabido ser fiel tanto a sus actores (sobre todo a sus actrices, en particular a la bellísima Leonor Silveira; Luís Miguel Cintra es su contraparte masculina) como a sí mismo. Respetuoso de la inteligencia, no demanda para él, como el realizador de Stromboli (1950), el título de artista: “quisiera, así como lo decía Rossellini, permanecer simplemente como un hombre. Un hombre que ama profundamente el cine, porque yo amo profundamente la vida”.

Larga vida al hombre, entonces. Que el cine es una consecuencia inevitable…

Texto publicado en la columna Cinexcepción del periódico Mural el 13 de agosto de 2004

 

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