Regreso sin gloria de los hijos putativos del cine mexicano

¿Por qué las comedias mexicanas, en general, son tan malas? ¿Por qué el hecho de ser tan malas no es un obstáculo para que algunas tengan éxito en taquilla? Las respuestas acaso estén en el aire; parece fácil proponerlas de forma automática: porque las comedias nacionales son a menudo copias elementales del género según Hollywood; porque cultivamos con fruición los placeres culpables: nos gusta lo malo. Cuando los hijos regresan (2017), que fue estrenada el fin de semana anterior (¿apostando a la indulgencia que provoca el ánimo navideño?) y que acaso ni así será un éxito, se suma a las miserias del género. ¿Por qué será?

Cuando los hijos regresan es el primer largometraje de Hugo Lara Chávez y recoge las contrariedades de Manuel (Fernando Luján) y Adelina (Carmen Maura), maduros padres de familia que esperan con impaciencia que sus hijos se vayan. Pero por una u otra razón (la hija tiene un problema conyugal, el hijo mayor, problemas financieros, y el menor es un nini) los hijos regresan, como anticipa el título. Manuel y Adelina les abren las puertas, pero pronto descubren que no están dispuestos a soportarlos y se dan a la tarea de ejecutar un plan para recuperar su tranquilidad.

Lara Chávez echa mano de recursos y asuntos que caben en la comedia según Televisa. De hecho, una parte de la trama recuerda la serie creada e interpretada por Jorge Ortiz de Pinedo, Una familia de diez, en la que se ven obligados a cohabitar abuelos, padres, hijos, primos, sobrinos. El registro que propone Lara Chávez es anodino, con todo y los hoy habituales y gratuitos travels circulares (en los que la cámara se pone a girar alrededor de los personajes nomás porque se ve bien chido). Conforme los minutos pasan la verosimilitud palidece y resulta difícil creerse lo que pasa, particularmente la felicidad paterna en ausencia de los hijos, que parece una copia de un comercial de conocido refresco adictivo.

Lara Chávez parte de un guión bastante flojo, del cual es coautor. Propone una serie de situaciones, de sketches, que si bien presentan cierta relación no tienen mayor progresión: la cinta parece obedecer a una especulación que se quiere chistosa y que pretende ser una inversión temática y genérica de Cuando los hijos se van (1969) de Julián Soler. Si ésta es un melodrama de antología y explora el síndrome del nido vacío, Lara Chávez propone un intento de comedia con padres que gozan con el nido vacío, y sin necesidad de pastillas azules.

El cineasta debutante deja ver carencias mayúsculas. Pretende meter en hora y media asuntos que ameritaban una extensión mayor, un desarrollo mínimo. Manifiesta además problemas para establecer un tono, y pasa de la ridiculez que da risa –y ni tanta– a la ridiculez que da pena ajena. Por otra parte, le quita todo peso al pretendido clímax, cuando un rollizo nipón “tira las netas” a una familia que vive en el autoengaño. La escena de marras es tan extensa y malograda (porque además el oriental no habla español y hay que esperar a que acabe sus largos parlamentos para que los traduzca el nini) que reduce significativamente el posible valor dramático. Por esta ruta, para concluir, elimina la posible crítica a la institución familiar. Ésta queda inmaculada. Son los miembros de la familia los que le fallan, y si los padres son hipócritas y los hijos abusivos es porque no se ajustan al concepto. ¡Ay, familia, cuántas malas películas se han hecho para ensalzarte!

 

 

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