Redimiendo al perdedor

Chris Columbus ha probado, en cintas como Harry Potter y la piedra filosofal (Harry Potter and the Sorcerer’s Stone, 2001), Percy Jackson y el ladrón del rayo (Percy Jackson & The Olympians: The Lighting Thief, 2010) y El hombre bicentenario (Bicentennial Man, 1999), entre otras, que es un artesano eficaz. Nada más. Apuesta, a menudo con éxito, por la gracia de los actores –o comediantes– que protagonizan sus entregas, de los que no es raro que obtenga buenos desempeños; resuelve con solvencia y con la cámara las situaciones que plantea. Pero rara vez se plantea el abordaje de los que podríamos considerar los grandes temas de la vida y tampoco asume riesgos notables o rutas alternas a lo archiconocido. Es el caso de Pixeles (Pixels, 2015), su más reciente realización.

Pixels

Pixeles inicia en los años ochenta, cuando el joven Brenner es un as para los videojuegos y Cooper, su mejor amigo, es un regordete torpe que ve en aquél un gran futuro. Años después el primero (Adam Sandler) se gana la vida instalando equipos electrónicos y el segundo es presidente de Estados Unidos. Pero cuando una civilización extraterrestre siembra el terror en la Tierra siguiendo estrategias de ataque inspiradas en los viejos videojuegos, Brenner y sus habilidades son requeridas. Comienza entonces algo parecido a Los cazafantasmas (Ghost Busters, 1984).

Con una puesta en escena verosímil, Columbus vuelve a la mencionada década, en la que se alimentó una estética involuntariamente kitsch. En el paquete vienen los vestuarios, los colores y las luces, pero también las músicas. Todo esto es pertinente para poner el ambiente propicio para ilustrar el inicio de la frecuentación de los videojuegos, que en aquellos entonces se concentraban en locales adecuados para tal efecto (seguramente más de algún nostálgico encontrará todo esto cool). Deliberadamente o a su costa, la época se presta para hacer humor de ella, y una parte del valor de la cinta se concentra ahí: la ridiculez vista a distancia hasta puede resultar chistosa. El resto lo hacen las posiciones sociales y laborales. El realizador aprovecha todo esto para mostrar cómo marcan al adulto sus fracasos juveniles, pero también cómo algunas habilidades adquiridas pueden pasar de ser inútiles a vitales.

pixels 3

Columbus concibe una especie de apología del perdedor, ese personaje tan norteamericano que ha sido adoptado –como tantos otros malos hábitos– en otras latitudes. Si bien ilustra cómo cada quien tiene sus propios límites, toma el manual de la superación personal y traza una ruta para solventar los atores del pasado. En esencia, así, no hay fracasados (o todos tienen lo suyo: es cosa de esperar la ocasión de mostrarlo), sólo personas que han vivido una abrumadora serie de circunstancias que impiden que saquen lo mejor de sí: eso que llaman realidad. Algunos pasajes de la cinta, justo es reconocer, tienen su gracia (aunque no son muchos ni tienen mucha), pero el conjunto se caracteriza por una ligereza que se acerca a la superficialidad, por un ánimo más pueril que fresco. El resultado es como los viejos videojuegos: no poseen una narrativa plausible (si acaso lo pretenden), y si tienen algunos efectos audiovisuales notables (para la época), no ofrecen una resolución (en su acepción técnica y dramática) extraordinaria. Pixeles es, en conclusión, una típica película veraniega: chistes y acción (ambas, aquí, en pequeñas cantidades, no está de más reiterar) alcanzan para algo de diversión pero no para ocultar su banalidad. Al final Pixeles deja la impresión de déjà vu.

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