Rápidos y furiosos 7: crecimiento elemental

Después de seis entregas es deseable que una franquicia cinematográfica se replantee seriamente… o regrese a los orígenes; es sensato que explore las razones de su éxito sin dejar de ofrecer nuevos atractivos; debe refrescarse sin perder de vista los hábitos que normalmente siguen las secuelas con el afán de garantizar los ingresos en la taquillera. O hacer todo esto, como puede apreciarse en Rápidos y furiosos 7 (Furious 7, 2015).

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Luego de las cuatro entregas del taiwanés Justin Lin para la saga, entra en escena el malayo James Wan, quien por lo general transita por la ruta del terror, como ilustran Saw (2004) y El conjuro (The Conjuring, 2013). Éste retoma la historia donde se quedó el sexto rollo y sigue a Deckard Shaw (Jason Statham), un tipo difícil de matar que mata con facilidad. Busca vengar a su hermano, y para ello persigue al equipo responsable de que aquél esté en el hospital. Por su parte, Dominic Toretto (Vin Diesel) y sus amigos –o, más bien “su familia”, como él dice”– busca vengar la muerte de Han a manos de Shaw. Todos los caminos llevan al encuentro de ambas fuerzas letales. Y los pretextos para los encontronazos son numerosos.

Wan hace eco de la habitual buena manufactura que el cine oriental presenta en el registro de la acción y filma ésta con solvencia, por momentos incluso con maestría. Multiplica las secuencias que la tienen como pretexto y propone una serie de peripecias espectaculares. Como manda el “librito de la secuela”, además, va por más: ya no son suficientes las persecuciones por tierra, ahora abundan las que tienen lugar en el aire. La puesta en cámara y el montaje, que diversifican las angulaciones y generan un ritmo frenético, se suman para transmitir el fragor de las corretizas y las peleas; la adrenalina, así, es pródiga. Son particularmente vistosas las secuencias que tienen lugar en Abu Dabi y Los Ángeles (porque, para no abandonar la referencia al mentado librito, también el número de ciudades crece) en las que los automóviles desafían la gravedad y el ojo es deslumbrado constantemente. A esto habría que añadir no pocas dosis de humor, que hacen que la historia oscile con gracia entre la gravedad y la ligereza.

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Tanta maravilla, no obstante, no alcanza a disimular la elementalidad de la propuesta. Se plantea de entrada un gran objetivo, pero para alcanzarlo se incrementan los obstáculos, a veces con una transparencia que casi raya en la grosería. Pareciera que los guionistas debían cumplir una cuota de pasajes de acción y por ello donde había un contratiempo se afanaron en desarrollar dos o tres. De esta forma los 130 minutos pueden resultar cansados (porque hasta la belleza cansa, como ya apuntó el sabio Príncipe de la canción). Temáticamente Rápidos y furiosos 7 es incluso pueril y tiene su sustento en ese gran tema –no me canso de apuntar– que tanto gusta a los norteamericanos: la venganza. Destruir más que detener al otro, siguiendo la ley del Talión, es la consigna de los buenos y los malos (porque si bien todos matan, hay una maniquea y tajante división… elemental). En la ruta se hace eco de los rancios pilares sobre los que la sociedad norteamericana pretende sostenerse (o, al menos, es lo que el cine quiere hacernos creer): la amistad, la familia, la lealtad. Acaso involuntariamente en algún solemne momento se hace un comentario irreverente al señalar que no son las balaceras ni las corretizas las que precisan de valor, sino el matrimonio y la familia. Comentarios aparte merece el machismo que habita la cinta, con su generosa exhibición de carrazos, mujeres voluptuosas y musculaturas que harían sospechar al Comité Olímpico Internacional.

Al final queda claro que la franquicia crece emulando a Los indestructibles, con una generación más joven ciertamente, y con Jason Statham haciendo lo mismo pero en un bando diferente: la capacidad del actor para interpretar a Jason Statham-personaje es extraordinaria; parece la única, por lo demás. También hace algunos guiños a Los vengadores, e incluso presenta un fragmento de la vieja serie televisiva protagonizada por Hulk.

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No está de más mencionar, para concluir, el homenaje-despedida que se brinda al difunto Paul Walker, a quien está dedicada la cinta. También es elemental, pero no por eso deja de ser emotivo.

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