¿Qué es una buena película? IV

En la entrega de esta semana, cuarta de la serie, Kitano Hernández y Eduardo Quijano ponderan la tarea y la función del crítico cinematográfico, un ¿ente macabro? que vive de la evaluación de lo que mira y escucha. Andrés Villa hace un símil ilustrativo y nos recuerda que la apreciación no puede zafarse de la expectativa. Las colaboraciones de todos, como es fácil constatar, no tienen desperdicio.

Ray Liotta Goodfellas

 

Kitano Hernández Solano, 16 años, estudiante

Lo bueno y lo malo son valoraciones, utilizadas por lo general en cuestiones de moral; sin embargo también hablamos de una buena computadora, de un buen futbolista o bien, de una buena película. En los primeros casos (la computadora y el futbolista), entendemos lo bueno como el cumplimiento efectivo de una función, es decir, la buena computadora será aquella que este programada para cumplir las necesidades específicas del usuario, el buen futbolista será aquel que meta más goles, etcétera.

Si hablamos de una película es más difícil decir si es buena o mala, puesto que no cumple ninguna función aparente. Claro, habrá artistas que busquen que su cine (su arte) tenga de alguna forma una función social. Cabría mencionar a Andrei Tarkovski, quien sí buscó que su cine hiciera entender y, sobre todo, que ayudara a avanzar a su comunidad, mas no es una norma hacer que el cine tenga una función social. El arte no tiene una función (salvo la arquitectura).

Todo esto vuelve más difícil responder la gran pregunta, porque para responderla uno tiene que tener un gran sentido de observación y un poco de sensibilidad hacia el audiovisual. A partir de ellos podría decirse que la buena película congrega tres ámbitos: la argumentación, la narrativa y la técnica. La buena película no depende de gracias subjetivas (los gustos no determinan el valor del arte), la buena película existe cuando los tres ámbitos coexisten en perfecta armonía y se apoyan entre sí: si el artista argumenta que la guerra es mala o la violencia es inconveniente, y después vemos en su película planos a contraluz de militares caminando, o un héroe ensangrentado corriendo en cámara lenta, entonces estamos ante una franca contradicción, es decir, ante una mala película. El cine no necesariamente está sujeto a presentar visiones negativas de lo negativo y positivas de lo positivo, existe también la presencia subjetiva. Por ejemplo, en la famosa película de Martin Scorsese, Goodfellas (1990), vemos lucir la divertida y apasionante vida del mafioso. ¿Es moralmente correcto presentar la vida de un criminal como algo juguetón? Realmente no lo sé, pero esta pregunta no es relevante en este momento. Goodfellas tiene que mostrar lúdico el “ser mafioso” porque está planteada desde un punto de vista subjetivo, del de alguien que así lo ve: de hecho una de las primeras confesiones que nos hace el protagonista, Henry Hill (Ray Liotta), es que para él era mejor ser mafioso que ser presidente de los Estados Unidos.

La labor del crítico es más difícil de lo que parece porque no es fácil dejar de lado nuestras creencias, nuestros hábitos, nuestra cultura, nuestras ideas e ideales… La labor del crítico es difícil porque busca llegar al punto más cercano posible de la objetividad. La labor del crítico es enseñarnos el camino del buen arte.

 

pines

 

Eduardo Quijano, 63 años, periodista cultural

¿Hay buenas películas?

Intentar respuestas a tu pregunta me remite, una vez más, al reiterado dilema acerca de  la tarea del crítico cinematográfico o, para decirlo más simplemente, del cronista cultural. Tengo una única certidumbre: no se trata de identificar –encontrar, exponer o valorar– los componentes de una fórmula replicable, o de calificar un catálogo de atributos aislados.

Encontrar por qué una película es “buena” (sin ser perfecta; también hay obras maestras) quizás supone la labor gozosa, compleja y referenciada de poner en juego criterios que ayuden a validar un juicio que finalmente es tan personal, como a veces provisional. En mi caso, considero que  los valores esenciales de una “buena” película son los referidos al propio cine, al uso original, virtuoso de su lenguaje.

Las buenas películas hablan siempre sobre el cine: de cómo utilizan o transforman la narrativa de sus distintos géneros, dan cuenta de las formas como el cine, en una obra concreta, (re)construye con imaginación y rigor la experiencia humana y su conflictividad; una mirada singular que amalgama materiales, reales e imaginarios, para producir experiencias únicas, que siempre buscamos repetir.

Una buena película puede haberme “gustado” poco. Es decir, no necesariamente son disfrutables o entretenidas. Muchas buenas películas son incómodas, desafiantes, difíciles; textos de múltiples lecturas, que descolonizan la mirada del espectador, que ayudan a desestabilizar el sitio desde donde mira al mundo. Otras son sencillas y transparentes, precisas y contundentes con su relato o sus personajes. Casi todas las buenas películas dejan marcas: con mayor o menor alarde, ofrecen evidencias de  calidad formal, de una arquitectura con espacios habitables y por descubrir. No utilizo escalas para calificar películas, prefiero sugerir preferencias, compartir asombros.

 

Herzog

 

Andrés Villa, 39 años, realizador audiovisual

¿Qué es una buena película? Para responder a la gran pregunta, tendríamos que partir invariablemente de la subjetividad, de las particularidades de cada espectador, de su biografía, de sus gustos, pero también de sus sueños, expectativas, quereres y miedos. Creo que ahí es donde radica el poder y la importancia del cine: en su capacidad de significar subjetivamente. El cine al fin y al cabo es como la comida. Sé que es una comparación burda, pero bastante acertada. Para mí, una buena película tiene que responder a una de tantas necesidades que el cinéfilo arrastra. Igual que el hambre, o mejor dicho, el antojo, frente a un menú o a una vasta oferta gastronómica. Por eso hay veces que buscamos que una película nos conmueva y otras tan sólo queremos abstraernos y perdernos una hora con quince minutos. Por eso hay veces que invertir dos horas en el cine (no olvidemos los 30 minutos de insufrible publicidad) en una película que sabíamos carecía de ciertos valores “mayores”, resulta igual de gratificante que asistir al estreno de una joya de autor y sentirse parte de la historia. Igual de válido que detestar la multi premiada opera prima del nuevo gran talento, a pesar de la oleada de críticas que esto acarreará entre tus conocidos expertos.

A mí en particular me funciona distinguir las características de la película, sus intenciones, sus adscripciones a un género determinado, su propuesta. Esto a pesar del riesgo de caer en el cada vez más popular esnobismo analítico. Me gusta cruzar este ejercicio con esa necesidad de ver algo que me ayude a solventar una necesidad (inspirarme, divertirme, cuestionarme, chillar…). Sería una tragedia si por cada bocado de un nuevo platillo, me detuviera a desglosar sus ingredientes o tratara de intuir su proceso de elaboración, perdiendo inevitablemente el placer de saborearlo. Yo voy al cine o me siento en el sofá de mi departamento con esa única intención: corroborar si la película cumple con su promesa y me regala algo a cambio de mi confianza. Ahora, esto no significa que sea condescendiente. Si hay algo que me puede desinstalar y orillar a poner stop en el reproductor, aguantarme a que termine una película o de plano pararme y salirme de la sala, es sin duda alguna, la incongruencia.

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