¿Qué es una buena película? III

En la entrega de esta semana se confirma el peso que tiene la subjetividad en la valoración de una película. Pero tanto Gabriel Mercado, estudiante entusiasta, Ernesto Diezmartínez, crítico experimentado y respetado, y Haroldo Fajardo, lúcido realizador que navega a contracorriente, coinciden en matizar la subjetividad. Sus colaboraciones enriquecen de muy buena forma la serie –que no deja de crecer– y nos ayudan a precisar las coordenadas desde las cuales hacemos juicios de valor de las películas.

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Gabriel Mercado de la Cruz, 20 años, estudiante de la carrera de Comunicación y Artes Audiovisuales en ITESO, corredor, Beatlemaniac y entusiasta del cine

Juicios Cinematográficos

El mundo gira alrededor de etiquetas para manifestar los juicios de valor; en el cine sucede lo mismo. Es inevitable no tener que recurrir a alguna etiqueta para manifestar una postura ante una obra cinematográfica, etiquetas que normalmente representan dualidades opuestas, como bueno/malo, éxito/fracaso. Estas etiquetas responden a criterios de valoración y estandarización de calidad heredadas por la tradición cinematográfica.

¿Qué queremos decir realmente cuando llamamos a una película buena? Para mí esto involucra dos consideraciones: el acercamiento subjetivo y la identificación de la aplicación con sentido del lenguaje cinematográfico. Con acercamiento subjetivo me refiero a la conexión emocional y/o ideológica que se crea con una película, ya sea por medio de las similitudes con los puntos de vista de los personajes, o la empatía que se puede generar con una historia al relacionarla con mis propias experiencias y formas de ver al mundo. También existe el lazo que se puede crear con ciertos autores y tipos de discurso, en mi caso hay autores, como Wes Anderson, Noah Baumbach, Woddy Allen y Whit Stillman, cuyo discurso encuentro sumamente empático con la forma en que yo veo y entiendo lo cinematográfico en cuestiones técnicas, narrativas, temáticas y de tono. El otro estándar que define el valor de calidad en un película tiene que ver con una aplicación legítima con sentido del lenguaje cinematográfico, porque el cine responde a estructuras estandarizadas que evocan significados a partir de sus componentes como el guión, el color, la iluminación, puesta en cámara y el montaje, entre otros, para construir un discurso. Esto no quiere decir que sólo hay una forma de hacer cine: las vanguardias funcionan incluso en la más mínima expresión y estandarización del lenguaje cinematográfico.

Por lo tanto para ver y apreciar cine hay que tener presentes estas cuestiones, que realmente representan las dos caras de una misma moneda, la película. Me pueden gustar películas que carecen de una estructura narrativa o fallan en su aplicación de lo cinematográfico; también me pueden no gustar películas que poseen una técnica virtuosa en lo cinematográfico acompañadas por historias bien construidas. Al final, para mí, todo se resuelve a partir de la conexión personal que uno construye al verse a sí mismo en la pantalla.

 

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Ernesto Diezmartínez, crítico de cine y docente, 49 años 

¿Qué es una buena película? La respuesta facilona puede ser ésta: la que el canon diga que es buena. Si entendemos el canon cinematográfico como el resultado, más o menos caprichoso, de los gustos de los celosos guardianes del propio canon –críticos de cine, historiadores cinematográficos, programadores/organizadores de festivales de cine, academias o institutos de cine– más el paso del tiempo, que todo relativiza (el gran artista de hoy puede ser olvidado mañana; el pobre diablo que murió en el pasado es el genio incomprendido del presente), entonces diríamos que, por ejemplo, de acuerdo con la célebre encuesta de cada década de Sight and Sound, la más grande película de todos los tiempos fue, durante muchos años, Citizen Kane y que ahora resulta que es Vertigo. Por supuesto, responder qué hace buena a una película escudándose en los juicios del canon es tramposo: es una argumentación que echa mano del poder de la autoridad –“si lo dicen 840 críticos de Sight and Sound, debe ser cierto”– más que de cualquier otra cosa. Sin embargo, no podemos negar que el canon es importante: puede ser una guía para el joven cinéfilo. Darse a la idea, por ejemplo, de ver las 100 mejores películas de la historia del cine según S&S es más que un vacuo reto nerd: es tener un mapa de navegación que lo puede llevar a explorar otras rutas cinematográficas. Ver lo que dice el canon –críticos, historiadores, festivales, etc.– sobre qué es lo mejor en la historia del cine puede servir para ir creando el propio criterio, el propio juicio: algún cinéfilo verá Historia de Tokio y querrá sumergirse en el cine japonés clásico; otro verá Suspiria y se volverá loco con el cine de horror a la italiana; alguno más verá La Mujer sin Cabeza y se entusiasmará por el cine argentino del nuevo siglo; otro verá Casablanca y se chiflará por el cine hollwyoodense de la Segunda Guerra Mundial…

Como verás, no estoy respondiendo a la pregunta directamente. Lo que trato de decir es que juzgar la calidad de una película, más allá de ciertos criterios objetivos –el buen manejo del encuadre, un eficaz trabajo sonoro, una construcción de personajes que no sea contradictoria, etc.–, decir qué es una buena película implica un juicio en el que hay que apostar a cierto grado de subjetividad. Voy a decirlo de otra manera: todo mundo puede tener una opinión sobre una película –qué la hacer “buena”, “lograda”, “satisfactoria”, etc.– pero no todo mundo puede construir una buena argumentación para sostener ese juicio. Es decir, aunque todos tenemos derecho a una opinión o a un juicio, hay juicios y opiniones que son mejores que otros, porque están mejor argumentados, mejor escritos, mejor sustentados.

Cuando empecé a escribir crítica de cine de manera profesional –hace casi 30 años– me negaba a colocar “estrellitas”. Me parecía reduccionista y abusivo: reducir el trabajo de mucho tiempo de los que hicieron un filme en unas cuantas estrellitas. Sin embargo, en los diarios en los que escribo la calificación con “estrellitas” llegó para quedarse, acaso como una ¿nefasta? influencia de la crítica de cine al estilo americano. Ahora, con el paso del tiempo, me he acostumbrado a las “estrellitas” y “crucecitas” y las coloco de acuerdo con criterios muy personales, que van del gusto/disgusto provocado por un filme. Es una medición de entusiasmo, más que un juicio riguroso y objetivo. Así, por ejemplo, mi calificación máxima es la de cuatro “estrellitas” que rara vez coloco en un filme. El año pasado, que recuerde, solo dos cintas se ganaron esta calificación: la alemana Phoenix y la animada Anomalisa.

Estos últimos dos filmes –muy diferentes entre sí– ejemplifican lo que para mí es gran cine. Otros ejemplos más, a bote pronto: Dos Tipos de Cuidado, Doña Perfecta, Una Familia de Tantas, Psicosis, La Mujer sin Cabeza, Historia de Tokio, Ugetsu Monogatari, 8 1/2, Las Reglas del Juego, El Verdugo, Breve Encuentro, Patrulla Infernal, El Tambor de Hojalata, La Infancia de Iván, Viridiana, Nazarín, Frenesí, La Rosa Púrpura del Cairo, Alien el Octavo Pasajero, La Pasión de los Fuertes, Ayuno de Amor, Más Corazón que Odio, Cantando bajo la Lluvia, Fargo, Maridos y Esposas, La Edad de la Inocencia, El Padrino (1 y 2), Rashomon, Los Siete Samuráis, Misterios de Lisboa, Shoah… y un largo etcétera.

 

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Haroldo Fajardo, realizador cinematográfico, 29 años

Personalmente considero que una película buena es la que se siente cercana, la que nos ayuda, en algún momento particular, a entender ciertos aspectos de nuestra vida cotidiana. La que nos golpea y no deja de aparecer incómoda robándonos el sueño. Como realizador, este sentimiento se extiende también al oficio. Un movimiento de cámara, una interpretación o el manejo de la luz se revela como un instante inolvidable. Asimismo, creo que el gusto –como en la comida, el vino o la música– evoluciona al extender el espectro de consumo. Por tanto, las películas que pudieran gustarme hace diez años, quizá hoy ya no me digan nada. Las películas más valiosas, en todo caso, son las que sobreviven en la memoria al paso del tiempo. No puedo dejar de apuntar que el momento, el contexto en que vemos la película, indudablemente deja también una huella en la mirada. Siempre disfruto, cuando considero que una película es particularmente buena por alguno de los aspectos citados anteriormente, el compartirla con las personas que siento cercanas. Al mismo tiempo escucho con gusto las recomendaciones de la gente que aprecio o admiro. Dicho esto, las películas que más he disfrutado son aquellas que me invitan a seguir hablando de ellas, o mejor dicho con ellas, tiempo después de que la función ha terminado. Aquellas que siguen palpitando al calor de un buen café o una buena cerveza.

 

Cito entonces algunos ejemplos:

  • Heaven Can Wait (Ernst Lubitsch, 1943)
  • A bout de souffle (Jean Luc Godard, 1960)
  • Katzelmacher (R.W. Fassbinder, 1069)
  • La otra virginidad (Juan Manuel Torres, 1974)
  • Stalker (Andrei Tarkovski, 1979)
  • Allegro (Christoffer Boe, 2005)
  • Last Days (Gus van Sant, 2005)
  • Control (Anton Corbijn, 2007)
  • Ne change rien (Pedro Costa, 2009)
  • Rabioso sol, rabioso cielo (Julián Hernández, 2009)
  • Todo el mundo tiene a alguien menos yo (Raúl Fuentes, 2011)
  • Hors Satan (Bruno Dumont, 2011)
  • Once upon a time in Anatolia (Nuri Bilge Ceylan, 2011)
  • Las Oscuras Primveras (Ernesto Contreras, 2014)
  • Asthma (Jake Hoffman, 2014)
  • 6 years (Hannah Fidell, 2015)
  • ¡Que viva la música! (Carlos Moreno, 2015)

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