Pingüinada delirante e hilarante

Los pingüinos que aparecieron originalmente en Madagascar (2005) ocupaban un rol secundario. Pero sus intervenciones eran tan graciosas que los estudiosos de los estudios cinematográficos –que todo miden para incrementar la taquilla–no podían dejar pasar la oportunidad de explotarlos juntos por separado. Así ganaron protagonismo como hábil comando en las secuelas que llegaron sin falta, y más en la serie de televisión que comenzó a transmitirse en Estados Unidos en 2008. Ahí crecieron y maduraron. Prueba de ello es Los pingüinos de Madagascar (Penguins of Madagascar, 2014), que hoy llega a las pantallas mexicanas.

Este largometraje, dirigido por Eric Darnell y Tom McGrath –quienes comparten créditos por la realización de los tres rollos de Madagascar–, acompaña a Skipper, Kowalski, Cabo y Rico, un equipo virtuoso (de élite, como ellos mismos ponderan) y efectivo en casos de espionaje, en una aventura no buscada. En ella deben enfrentar a un misterioso enemigo que al parecer está creando un arma mortal. Pero no son los únicos, y por eso se dan un encontronazo con un equipo singular que posee tecnología espectacular y es encabezado por un perro jactancioso.

Darnell y McGrath proponen una animación 3D que entrega buenas cuentas en lo relativo al diseño y al colorido, si bien no es particularmente lucidora. Los méritos están en otros renglones. Entre los principales está el desenfado, la burla descarada de algunos géneros cinematográficos. Comenzando por los documentales que tienen como pretexto a estas aves marinas, en seguida las animaciones que han hecho de ellas personajes de odiseas deportivas, entre otras artes, y también el cine de acción, en particular el que tiene a los espías y sus misiones como pretexto. Sobre todos ellos Darnell y McGrath posan una mirada irreverente y se mofan de lo lindo. Sus afanes alcanzan a su propia propuesta, pues aquí la seriedad no tiene cabida. Así, la cinta constantemente provoca las risas, lo mismo de los chicos que de sus papás, si bien es cierto que, a juzgar por las carcajadas escuchadas durante la proyección, tal vez los segundos la disfrutan más que los enanos.

Entre tanta risa se aborda, con ligereza y casi como de pasada, el tema del crecimiento, en particular de Cabo, quien despierta la ternura permanentemente de Skipper, el líder del grupo. También se hacen guiños a los envidiosos y se les invita a canalizar sus energías en artes constructivas. Al final Los pingüinos de Madagascar entrega mejores cuentas que la franquicia en la que nacieron.

 

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