Paterson: la apacible maravilla

Al inicio de Las flores del mal, Charles Baudelaire constata que el tedio es el mayor mal que aqueja al ser humano, el único animal de la creación que se aburre. Para evitar el aburrimiento, así, este animal se esmera en distraerse, de ahí que no pueda vivir sin una pantalla portátil, de preferencia en la mano, que acuda al cine buscando entretenimiento, que procure en la televisión deportes como el futbol (que, como entretenimiento, hoy día es prácticamente nulo). Evita la rutina (¿le tiene miedo?) porque ésta mata hasta a las más hondas pasiones, cuantimás los amores ordinarios que se creen extraordinarios. Todo con tal de no vérselas… consigo mismo. El aburrimiento y la rutina, que a menudo van de la mano, gozan así de una fama fatal. Ambos pueden tener aristas positivas, pueden provocar un estado provechoso para la reflexión, pero ¡qué güeva! En todo esto pensaba cuando vi por primera vez Paterson (2016), el más reciente largometraje de ficción –y uno de los mejores, acaso el mejor, de su filmografía– de Jim Jarmusch (responsable de Flores rotas, Sólo los amantes sobreviven, Bajo el peso de la ley, Ghost Dog, el camino del samurái, entre otras) Y no precisamente porque provoque bostezos. Bueno tal vez su prodigiosa lentitud los produzca en más de alguno, porque si no hay películas aburridas, sí hay espectadores aburridos.

Paterson se ubica en Paterson y sigue la cotidianidad de Paterson (Adam Driver). Éste es un conductor de autobús urbano ¡que no porta un teléfono celular! y cada día sigue exactamente la misma rutina: por la mañana se levanta antes de que la alarma suene y después sale con su desayuno rumbo al trabajo; por la noche, después de una jornada laboral sin sobresaltos, sale a pasear al perro (que resulta bastante simpático… por rutinario) y llega a un bar, donde dialoga con el barman y con algún parroquiano. Sin embargo el tedio nomás no aparece: Paterson escribe poesía.

Jarmusch estructura su cinta a partir de la repetición, y dedica un fragmento a cada día de la semana durante una semana. Cada día arranca con un plano cenital, con Paterson y su esposa en la cama. Posteriormente acompaña al protagonista en sus actividades cotidianas, y pronto somos testigos del “secreto” del conductor: la observación. Su atención a lo que pasa a su alrededor es aguda: repara en asuntos y personas que para otros pasarían desapercibidos. La cotidianidad es su gran inspiración. Encuentra temas para redactar poemas en el diálogo de un par de pasajeros o la comida que lleva cada día, en el devenir lento de la ciudad, que es el lento devenir del hombre: en la cinta aparecen a menudo referencias a uno de los hijos ilustres de Paterson, el poeta William Carlos Williams. Éste dedicó un largo poema a su ciudad natal; en la nota introductoria apunta: “Que un hombre en sí mismo es una ciudad, iniciando, buscando, alcanzando y concluyendo su vida en formas que los varios aspectos de una ciudad puede encarnar”. Cual filósofo, Jarmusch convoca la extrañeza y deja abierta la puerta a la curiosidad, y, así, en las cosas de cada día aparece la maravilla, la apacible maravilla. Es éste un rasgo que comparte con su personaje, según comenta a la publicación francesa Le Temps: “Como Paterson, que observa los detalles y los lleva a su poesía, me gusta observar las cosas pequeñas. Lo hago desde la infancia. En el patio de nuestra casa de Akron, Ohio [donde nació], observaba mucho a las hormigas, pero también a los pájaros, a las hojas de los árboles. Todo me interesaba.” Entre otras cosas esta curiosidad –hoy día tan escasa–, ¿síntoma de la adolescencia perenne del realizador?, explica que su cine no pierda frescura y reserve sorpresas al ojo paciente, atento.

La idea con Paterson, comenta a Le Temps, “era hacer una película sin drama, sin acción, un antídoto a todas estas películas de violencia en las que todo el mundo está en conflicto”. Añade en una entrevista publicada en la revista española Caimán, cuadernos de cine: “No es dramática, no es deslumbrante, no tiene una trama inteligente […] formalmente es casi obvia. Es una simplificación de las cosas que esperamos. Nos complació celebrar esa levedad”. Remata: “Hay una engañosa sofisticación en la simplicidad.” No obstante, a la vista del espectador surge una relación de pareja singular, que si bien manifiesta rasgos de simpleza, también deja ver un apoyo y una solidaridad incondicionales. Asimismo crece un hombre de la clase obrera que no experimenta insatisfacción crónica.

A lo largo de su filmografía Jarmusch ha dejado ver que la escasez de pretensiones no es sinónimo de escasez de ambiciones. En Paterson el norteamericano entrega una cinta sin mayores pretensiones pero que hace un gran comentario sobre la vida, una película que gira alrededor de dos conceptos –cotidianidad y poesía– que invitan a jugar, a proponer diversas mezclas: la poesía está en lo cotidiano para el que se da el tiempo de observarlo; al descubrir la poesía circundante la rutina resulta leve; al ponerle poesía a la rutina ésta da pretextos hasta para el gozo. A mí me emociona mucho: con gusto comparto otra semana en la vida de Paterson, Paterson y Paterson.

 

 

 

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