Nuestro tiempo: Bravo Reygadas, ¡bravo, Reygadas!

En Post Tenebras Lux (2012), su penúltimo largometraje, Carlos Reygadas reflexionó sobre el devenir del tiempo en la mente y las emociones humanas. En todo momento vivimos en diferentes temporalidades, con saltos al pasado y proyecciones a futuro; el presente es una construcción y una voluntad. En Nuestro tiempo (2018) el realizador vuelve de alguna manera a estos asuntos: explora las características de los tiempos que corren, pero también del tiempo que se comparte, en particular el que se vive en el amor.

Nuestro tiempo registra las contrariedades que experimenta Juan (Carlos Reygadas), un ganadero que se especializa en la crianza de toros. Es, además, un poeta reputado. Mantiene una relación abierta con su esposa, Esther (Natalia López). Su cotidianidad cambia después de la visita a su rancho de Phil (Phil Burgers), un norteamericano que es amigo de la familia e inicia un affaire con Esther.

Reygadas entrega una película contrastante. Por una parte, concibe una estructura narrativa convencional (tal vez es ésta la más convencional de sus películas), pero también se hace presente un afán experimental. La puesta en cámara es de una limpieza notable: apuesta por cierto distanciamiento y la menor fragmentación de la acción, y en más de un momento se hace presente un ánimo contemplativo; la profundidad de campo es muy buena a lo largo de toda la cinta, lo que contribuye a dar peso y protagonismo a las escenografías; alterna con fortuna planos estáticos y movimientos de cámara. Esto contribuye a dar fluidez y a establecer un ritmo provechoso: no hay pesadez que consignar a lo largo de las tres horas de duración (es la película más ágil de Reygadas, quien se hizo cargo de la edición). Para no variar la puesta en escena tiene un pie en el documental: para empezar, porque de nuevo prescinde de actores profesionales; por primera vez Reygadas mismo da vida al personaje principal. Si bien es cierto que en más de un caso la naturalidad propia de la propuesta es tangible, en los actores principales el registro cabe en los parámetros de una propuesta convencional (se nota el afán dramatizador, de representar más que mostrar). En la banda sonora cobran protagonismo los elementos naturales (el viento, el mugir de toros y vacas), pero habrá que subrayar el aporte emotivo de las canciones de dos “monstruos” del rock progresivo: Genesis con “Carpet Crawlers” y King Crimson con “Islands” (que cierra la cinta y convoca a la paradoja, pues provoca un dulce dolor).

Este arsenal estilístico es pertinente para empujar el contraste entre la vida rural y la vida urbana. Como en Japón (2002), su ópera prima, la naturaleza –medianamente domesticada por el hombre, el vaquero, el ranchero– convoca al instinto, por lo que la animalidad, con toda su majestuosidad y toda su indiferencia, aparece en escena. Al inicio (que recuerda “Este es mi reino”, el cortometraje que Reygadas aportó a Revolución), se da forma a una especie de prólogo que sirve para esbozar no sólo la coexistencia en un caos organizado de diferentes clases sociales, sino la evolución de las relaciones entre hombres y mujeres en la niñez, la juventud y la madurez, en un paisaje entre paradisiaco y sórdido. Los toros aportan la dosis de brutalidad, incluso de crueldad, que posteriormente será reproducida en alcoholizada escena entre Juan y Esther. Pero también hay espacio para la espiritualidad, lo mismo en la poesía que en la música; y para la intelectualidad (terreno en el que Reygadas habitualmente navega, y va del hallazgo genial a la pretensión). Espiritualidad y animalidad forman parte de lo humano, y aquí coexisten ambos en la transpiración del músico, en el amor y la sexualidad.

El amor es el asunto que explora con mayor profundidad Nuestro tiempo. Esboza su fuerza y da cuenta de sus crisis y su debacle. Reygadas muestra una cotidianidad en la que la brutalidad de la naturaleza se suaviza y se convierte en calidez en el ámbito familiar, doméstico. Ingresa a la intimidad de una familia que cría bestias y tiene a la mano todos los gadgets y la tecnología de la modernidad, mismos que influyen de forma determinante en el curso de las relaciones. La convivencia entre padres e hijos es cálida (rescato en especial un par de conmovedoras escenas de Juan con su hijo mayor, que son de una emotividad proporcional a su naturalidad). La vida en pareja reserva notables altibajos. Juan y Esther tienen una relación abierta, pero no hay apertura que no corra el riesgo de agrietarse. En la ruta se pierde el umbral entre lo propio y lo que ha de compartirse, y así aparece el engaño y la desconfianza. La cinta explora este tránsito con pasión y compasión. Él y ella se distancian, entre otras cosas por el ejercicio de la paternidad, pero también por ocuparse del otro: Esther confiesa que en su afán de ganarse un espacio con Juan, llegó a extraviarse. Juan es manipulador en el amor y precipita el curso natural de los eventos; es soberbio y pretende ser idolatrado. Difícil no ver en ello a Reygadas, el artista.

La tentación de ver en Nuestro tiempo una autobiografía es grande, pues además de que el cineasta escribe, dirige, edita y actúa, registra la acción en su propia casa. Por medio de Juan, Reygadas parece hacer más de un comentario sobre él mismo. Él niega que su protagonista sea un alter ego. No obstante, en lo relativo al oficio creo que sí podría irse más allá de la especulación y hacer un símil entre el poeta Juan y el cineasta Carlos. Como Andrei Tarkovski en El espejo (Zerkalo, 1974), que inicia con una escena protagonizada por un personaje tartamudo que al final asegura que “puede hablar”, Reygadas registra un encuentro poético (en el que sólo vemos al público) y se menciona la ruta del poeta, el giro que éste hace del lenguaje ordinario una vez que lo domina. El manipulador, soberbio, no obstante, también reconoce sus propios límites, su voluntad manipuladora. Cría toros y te sacarán las tripas.

Nuestro tiempo es una cinta con altibajos notables, pero congruente en sus excesos. Ambiciosa, recuerda el atavismo humano, que sólo se matiza con los aportes de la tecnología moderna; reveladora, confiesa cómo la inspiración aparece en el malestar, y explora las contrariedades entre el querer y el poder en el amor; poética, cierra con una escena maravillosa en la que al despeño sigue la belleza confusa del futuro en solead, en la que de forma elocuente un árbol divide el encuadre… y el título. El ingreso a la intimidad parece honesto; no está exento de exhibicionismo ni de pretensiones, pero tampoco de afectividad y pasión. Si con Reygadas habitualmente la lucidez y el diagnóstico riguroso contribuyen a la emoción, aquí ingresa la vida misma para hacer un aporte fundamental. Tal vez no es la mejor película de Reygadas; en lo que a mí respecta, es la más emotiva.

 

Calificación 80%

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