Nostalgia por el kamejameja

Dragon Ball Z: la resurrección de Freezer (Dragon bôru Z: Fukkatsu no ‘F’, 2015) pone al día las peripecias de la popular serie televisiva. Producida por el mítico estudio nipón Toei, la cinta vuelve a los personajes conocidos, incluido al malísimo Freezer, quien, como el título anticipa, resucita para la ocasión. En esencia no cambia nada. O, mejor, para ponerlo en los términos de la franquicia: evoluciona para seguir en lo mismo.

Dragon Ball 1

Dirigida por el debutante Tadayoshi Yamamuro, Dragon Ball Z: la resurrección de Freezer inicia cuando los subalternos de Freezer se dan a la tarea de traerlo de nuevo a la vida, lo que consiguen gracias a que obtienen las bolas del dragón. Entonces el villano regresa a la Tierra, para vengarse de Goku y destruir el planeta. Mientras tanto Goku y Vegeta entrenan en una galaxia lejana. Acá le hacen frente a la amenaza Gohan y Piccolo, pero la súper fuerza del súper malvado es súper superior.

Yamamuro vuelve a las bases de la serie y propone largas escenas de acción en la que tienen lugar batallas épicas y destrucciones de porciones de tierra. Hay una mejora ostensible en el movimiento de los personajes, y si en las emisiones televisivas –representativas de algo que cabría llamar paradójicamente animación estática– tardaban minutos enteros en decidirse a mover un dedo o emprender el ataque o preparar el ka-me-ja-me-ja, aquí las cosas suceden con mayor celeridad. Por otra parte, antes, durante y después de los enfrentamientos, los personajes dialogan en un lenguaje que va de la solemnidad a la ridiculez y que, voluntaria o involuntariamente, resulta bastante hilarante. Gracias a estos intercambios verbales nos enteramos de lo que piensan los adversarios, de la cantidad de fuerza que tienen y la comparación que hacen, de las puyas que son un ingrediente imprescindible y hasta del curso de la batalla (más que por la imagen). Ahí está, creo, el valor principal de la vuelta a Dragon Ball.

Dragon Ball 3

Por lo demás, la cinta es algo así como un capítulo largo de la serie que no va mucho más allá de lo que se veía en la pantalla chica: no reserva novedades que merezcan ser consignadas, ni en el diseño ni en el manejo del color, pero tampoco en las aventuras que recoge. La cinta fluye bien a lo largo de sus 93 minutos de duración, eso sí; si no es una maravilla tampoco es un desastre. Los nostálgicos del kamejameja seguramente no saldrán decepcionados: por el contrario, es una vuelta apacible –que no necesariamente supone un placer culpable– a la imaginería con la que crecieron.

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