No es lo mismo Blade Runner que Blade Runner 30 años después. Pero tampoco es muy diferente.

Advertencia: Antes de la première de Blade Runner 2049 (2017) a la que asistí se leyó un mensaje del canadiense Dennis Villeneuve, su realizador, en el que solicitaba a los espectadores (algunos de los cuales forman parte de la prensa) que no se revelaran las sorpresas que guarda la trama (los famosos spoilers). La petición supone que los textos (o audios o imágenes televisivas) generados por los asistentes están destinados a un público que no ha visto la película. No obstante, la crítica es provechosa cuando ya se ha visto la película (para propósitos informativos están las reseñas). En este último caso es conveniente y necesario hacer referencia a detalles puntuales (de la historia, del estilo); de otra forma se habla (y se evalúa) en el vacío, y lo expuesto deviene, para el receptor, un acto de fe: por eso no es raro que éste comente cuando lee una crítica positiva que le gustó al crítico. Creo que el gusto del crítico es irrelevante, lo importante es que argumente lo que presenta. Este texto pretende ser una crítica…

A Blade Runner (1982) de Ridley Scott se le ha rendido culto prácticamente desde su estreno. A diferencia de otras películas de culto, esta entrega es además una gran película (el culto no explica el objeto de culto: hay quien le reza a una mancha de humedad en la que cree ver un ícono religioso). Ambos factores –calidad y culto– se suman y hacen inevitable tener expectativas –y a hacer comparaciones– de cara a Blade Runner 2049 (2017), la más reciente entrega de Dennis Villeneuve. Éste ofrece cuentas positivas: su cinta es una buena secuela (o una buena réplica, para ponernos a tono con la cinta y los temblorosos tiempos que corren).
Blade Runner 2049 se ubica en Los Ángeles 30 años después de la entrega de Scott (que iniciaba en noviembre de 2019). Al inicio nos enteramos que hay réplicas de nueva generación (Nexus 8). Como sus antecesores, tienen prohibido vivir en la Tierra (fueron concebidos para labores concretas en las colonias extraterrestres), pero a diferencia de ellos, ya no tienen la limitación de vivir cuatro años. Sin embargo, se ha tomado la precaución de hacerlos obedientes. La historia acompaña a uno de ellos, a K (Ryan Gosling). Éste es policía y lo conocemos “retirando” a un réplico campesino. Posteriormente conocemos su cotidianidad: es rechazado por las réplicas y por los humanos, vive con una hermosa mujer virtual, Joi (Ana de Armas), quien, como reza la publicidad, le dice lo que quiere oír. Su vida se complica cuando se revela que una réplica se reprodujo y se le asigna la tarea de encontrar a la cría.


Villeneuve propone una puesta en cámara sobria y calma (como su protagonista), con escasos movimientos de cámara. Filma abundantes planos abiertos y con buena profundidad de campo que son pertinentes para dar densidad a una puesta en escena elocuente: se perfila un planeta que luce aún más deteriorado que 30 años antes: la aridez lo cubre todo; es un desierto. De nueva cuenta asistimos a constantes contraluces; con menos frecuencia a los azules y los amarillos cálido-enfermizos de la cinta de Scott, a los coloridos que emanan de la publicidad y desaparecen de la escena: porque predomina una paleta con tonos grises, “descolorida”. La banda sonora (trabajada en la versión Atmos de Dolby, que sería algo así como el 4K sonoro) es incisiva, intensa; da punch a la cinta y genera atmósferas inquietantes, pero también es machacosa, y la música es por momentos excesiva, enfática. El ritmo es de una lentitud maravillosa (habrá que ver cómo lo procesan las nuevas generaciones) y es pertinente para el gozo del ojo y para contribuir a dar densidad al asunto abordado.


Este estilo tiende un puente con la propuesta de Scott, como sucede con la estructura, que sigue en términos generales las etapas de la antecesora. Villeneuve inicia su propuesta con cierta lentitud, por lo que la cinta despega en la segunda hora de proyección (la cinta dura alrededor de 160 minutos; el corte final de Scott dura alrededor de dos horas). En la ruta el canadiense extiende las preocupaciones temáticas del Blade Runner original y tiende abundantes guiños o hace referencias claras a obras literarias o cinematográficas: es el caso del nombre del protagonista (K), que se llama como el personaje emblemático de Franz Kafka y es tan gris y rutinario como él, pero también los hay –y muchos– a Niños del hombre (Children of Men, 2006) de Alfonso Cuarón y a El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro; además pone imagen a la tecnología sonora que Spike Jonze presentó en Her (2013). Con la cinta de Cuarón comparte la idea del milagro de la vida y del valor de la reproducción entre los marginados (los refugiados de Niños del hombre son como las réplicas de Blade Runner); asimismo se plantea un levantamiento de los oprimidos (¿que vendrá en el tercer rollo de Blade Runner?) y se enaltece al sacrificio como el gran acto humano. Con del Toro comparte el elogio de la desobediencia (y también la responsabilidad con la vida, con los otros), un gesto que surge del crecimiento y es un acto de libertad.


Hay quien dice que el gran asunto del cine es la identidad. Villeneuve lo validaría al seguir a un personaje que define quién es y quién quiere ser a lo largo de la cinta. Al final el gran asunto de todo cine futurista no es tanto explorar los posibles escenarios hacia los que se conduce la humanidad, sino reflexionar sobre qué es el hombre, lo que nos ha hecho, nos hace y nos seguirá definiendo como humanos. En Blade Runner 2049 se hace un chascarrillo sobre el asunto del alma, que puede zanjar el asunto para los creyentes y parece insuficiente como rasgo definitorio en los tiempos que corren. En la ruta se da valor a lo real sobre lo virtual (la escena del acto sexual es sumamente reveladora e inquietante), se hace una denuncia de las injusticias que provoca la economía salvaje (representada de forma escalofriante con la masa de niños trabajadores, un escenario que parece surgir de las novelas de Charles Dickens) y se exaltan las mieles de la solidaridad y del amor, del amor por el extraño y la extrañeza que vale la pena conservar en el amor. El otro, real, tangible, sigue siendo ese gran asunto por el que vale la pena sacrificarse: he ahí el corolario.
No es lo mismo Blade Runner que Blade Runner 30 años después. Pero tampoco es muy diferente. Villeneuve consigue un valioso balance entre lo viejo y lo nuevo: es leal y por momentos fiel a la propuesta de Scott, y su cinta más que una puesta al día es una prolongación y una apropiación: su réplica tiene el ADN del original, pero crece y toma sus propias decisiones. Sabias decisiones, dicho sea esto a modo de conclusión.

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