NN: la silenciosa elocuencia de los desaparecidos

El hallazgo de los restos de un hombre desaparecido más de 20 años atrás sirve de punto de partida a NN (2013), el tercer largometraje del peruano Héctor Gálvez, que compite en la sección de Largometraje Iberoamericano del 30 Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Los acontecimientos presentados se ubican en el presente, pero remiten a un período aciago del Perú, cuyos ecos aún son audibles.

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NN quiere decir no identificable o sin identidad, y NN sigue la actividad de un grupo de antropólogos forenses que se encargan de hacer exhumaciones de restos humanos ubicados en fosas clandestinas que fueron cavadas en los años ochenta del siglo anterior por la organización terrorista Sendero Luminoso, que dejó a su paso por comunidades rurales un reguero de cadáveres. En particular acompaña a Fidel (Paul Vega), líder del equipo, quien vive su propio infierno y hace lo que está a su alcance para que se haga justicia a los deudos de las víctimas. Sus contrariedades se incrementan cuando es descubierto un noveno cuerpo –de un varón– en una fosa donde debía haber ocho, y después aparece una mujer que es, probablemente, la esposa del finado.

Gálvez apuesta por un estilo visual y narrativo que está en deuda con Érase una vez en Anatolia (Bir Zamanlar Anadolu’da, 2011) del turco Nuri Bilge Ceylan: registra planos largos (que van conformando un ritmo lento) en los que materializa una galería de atmósferas sin relieve, grises, apagadas, sordas. Los ambientes son silenciosos y hacen sensible un luto permanente; los personajes son taciturnos, pero llevan el duelo por dentro, pues no son insensibles ante lo que van descubriendo. En ese ánimo ensimismado, en esas imágenes y sonidos en los que el dolor se hace presente con sutileza, es donde se encuentra lo mejor de NN.

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NN ventila una época sangrienta del Perú y hace una denuncia al exhibir el interés decreciente de las autoridades actuales por hacer justicia. El acercamiento es contemplativo, lo cual tiene sus virtudes pero también sus bemoles. Porque si es sugerente también es tibio, porque si es descriptivo (no del todo informativo, pues se parte del entendido de que el espectador está enterado del origen de los cadáveres) sólo en escasos momentos es emotivo, porque al sólo aludir a algunos asuntos y estados de ánimo se hace difícil tender un puente de empatía con los personajes. Acaso un asunto como éste y una denuncia como ésta merecían un abordaje con mayor fuerza, con mayor punch (para así conmover, sacudir al espectador): Gálvez opta por el susurro donde habría sido deseable –y tal vez inevitable– el grito.

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