Memorias de Manhattan en Brooklyn

No deja de ser irónico –por no decir estúpido– que una película que transcurre primordialmente en Brooklyn, y que a menudo hace hincapié en ello, mientras el protagonista se distancia deliberadamente de Manhattan, en español se titule Memorias de Manhattan (5 Flights Up, 2014). ¿Memorias de lo que no se vivió allí? Tal vez el desliz se explica por la presencia de Diane Keaton –quien llevaba uno de los roles principales de Manhattan (1979), la célebre película de Woody Allen– en el reparto. Porque de otra forma los adjetivos negativos de inmediato vienen a la mente (porque el cine nos ha remachado hasta el hartazgo que a pesar de la cercanía entre Brooklyn y Manhattan las distancias sociales son grandes). Pero de un lado u otro la cinta es floja.

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Memorias de Manhattan se inspira en una novela de Jill Ciment y es la más reciente entrega del británico Richard Loncraine, responsable de Wimbledon, amor en juego (Wimbledon, 2004) y Firewall (2006). Sigue las contrariedades de Alex (Morgan Freeman) y Ruth (Diane Keaton) después de que deciden mudarse de su apartamento en Brooklyn, donde han vivido 40 años. Ellos están felices ahí, pero con 70 o más años a cuestas ya no es tan fácil subir las escaleras que llevan a su puerta, en el quinto piso. Entonces ponen en venta su propiedad y buscan otra para mudarse. Pero el mercado no es propicio porque hay un terrorista suelto.

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Loncraine se mueve a medio camino entre la comedia y el drama y explora con sutileza el presente y el pasado de la pareja protagonista. Propone una serie de flashbacks que ilustran cómo Alex y Ruth se conocieron y cómo crecieron juntos (entre otras cosas, las dificultades porque él es negro y ella blanca, en una sociedad racista e intolerante; la inseguridad de él como artista). Con algo cercano a la dulzura, sin caer en la sensiblería, muestra la ternura que alimenta la convivencia entre ambos. Pero también los desacuerdos. En algunos pasajes se hace presente la capacidad histriónica de la Keaton y de Freeman, cuyos esfuerzos dan verosimilitud y mantienen el interés (en las miradas y sonrisas de él y en la verborrea de ella está lo mejor de la cinta). Porque la historia y la realización en general no son precisamente extraordinarias.

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Si bien Loncraine se asoma al proceso de envejecimiento, éste está más presente en el deterioro de la mascota de la familia que en Alex y Ruth. De las problemáticas de la edad y de las dificultades en la motricidad es más lo que nos dicen que lo que vemos. Desafortunadamente esto es perceptible en cada asunto que se presenta, y de las maravillas de la pareja nos enteramos por lo que ellos comentan o verbalizan más que por el desarrollo de lo que vemos. No faltan algunos diálogos con dosis de agudeza, pero incluso la interacción física es poco convincente. Una vez más habrá que sacar a cuento aquello de que pesa más lo que se ve que lo que se sabe, y aquí lo que vemos no tiene la gracia ni la fuerza dramática como para que las vicisitudes de la pareja resulten entrañables. Y lo que sabemos tampoco es particularmente emocionante. Al final nos enteramos más de la situación inmobiliaria y los prejuicios y las modas neoyorquinas que de las vicisitudes de la senectud. Tal vez Loncraine buscaba inscribir su propuesta en la cotidianidad (y reforzar la idea de que la independencia –Alex subraya con frecuencia su voluntad de que las decisiones las tomen él y Ruth, no los demás– es parte fundamental de seguir vivo); pero el resultado está más cerca de la llaneza.

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