Lucha de clases en el pasado futuro

El rascacielos (High-Rise, 2015) es tal vez la película más repulsiva que he visto. Da cuenta de un estado de cosas más que propiamente de una historia; lo que exhibe surge del encontronazo social y difícilmente puede gustar (y habría que dejar constancia que no me molesta cuando una película disgusta: entiendo que el cine no es sólo diversión y evasión). No es una cinta vacía, pero la forma corre el riesgo de ahogar el discurso…

El rascacielos es la más reciente entrega del británico Ben Wheatley (Kill List, Turistas), quien se inspira en una novela de J.G. Ballard (de cuya pluma han surgido cintas tan distintas y distantes como El imperio del sol, que dirigió Steven Spielberg, y Crash de David Cronenberg). La acción se ubica en los años setenta, en una torre de departamentos modernistas. Seguimos en particular al Dr. Laing (Tom Hiddleston), un residente que recién ha llegado al edificio. Por medio de su experiencia conocemos a los vecinos de abajo y al que habita el penthouse, el arquitecto Royal (Jeremy Irons). También vivimos el conflicto que provocan las irregularidades y descomposturas que presenta el rascacielos.

HighRise 3

Wheatley propone un acercamiento estilizado para dar cuenta de la convivencia dentro del edificio. Con cámaras lentas y emplazamientos que reservan al ojo más de una sorpresa y singularizan y enrarecen por momentos el registro, acompaña las contrariedades y roces que se dan desde los primeros momentos. Asimismo concibe una puesta en escena con una paleta de colores recargada, que contribuye al establecimiento de atmósferas que van del frío a la calidez y que sin falta son incómodas, enfermizas. Esta estrategia genera imágenes contrastantes, que por momentos hacen sensible cierta belleza pero que no dejan de ser repulsivas (desde el primer segundo). El universo así descrito adquiere estas características y a la larga esboza un paisaje decadente.

HighRise 2

Wheatley entrega una cinta que exhibe con desencanto el desencanto y la falsedad de una sociedad estratificada que no necesita mucho para comenzar las hostilidades. Echa mano de un simbolismo que va de lo atendible a lo insulso, de lo revelador a lo manido. Con escasa sutileza ilumina a un grupo de personas que vive en las tinieblas (y, efectivamente en el edificio no hay luz) mientras explora lo que hay detrás de la apariencia (como sugiere el pasaje en el que el médico retira la piel de una cabeza humana). Se traza una ruta similar a la de El expreso del miedo (Snowpiercer, 2013) del coreano Bong Joon-ho, que vimos el año anterior: en ambas se plantea de forma esquemática la lucha de clases; horizontal, en El expreso del miedo; vertical, en El rascacielos. Ninguna de las dos va mucho más allá de lo evidente; sus observaciones no son precisamente novedosas ni rigurosas. Pero mientras el vértigo del thriller propuesto por el oriental es provechoso y da emoción a la lucha social, la estilización de la decadencia que de forma quasi poética plantea el británico (quien imprime toques de belleza hasta al suicidio) apenas sacude la indiferencia (mientras ilustra cómo el reino de los despojos capitalistas es para los arribistas pasivos), y al final dudo mucho que a alguien le importe la suerte de los que habitan El rascacielos –un montón de personajes antipáticos y… repulsivos–, una cinta más grave que densa, más presuntuosa que lúcida.

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