Los thirty three o la obscena renta del dolor

A estas alturas ya parece más necedad que ocio –y, sin duda, un anacronismo– apuntar la falsedad que el cine valida como la realidad. Particularmente el cine industrial rubricado en Hollywood, que nunca fue democrático y menos respetuoso, lo que se traduce en indiferencia a la singularidad de los que inspiran las historias –su lengua por ejemplo– que por allá se llevan a la pantalla. Casi, casi desde que el cine aprendió a hablar su lengua es la de los negocios. Si los romanos hablaban en perfecto inglés y lucían como Marlon Brando o David Bowie, ¿por qué poner reparos al hecho de que los cristeros mexicanos se comuniquen en la lengua de Shakespeare y los chilenos hablen un inglés con acento chistoso (como el suyo, por lo demás; ahora que, por su incomprensible acento, de cualquier forma serían necesarios los subtítulos)? Los 33 (The 33, 2015) pone al día estas cuestiones que al parecer a nadie le importan, pero que me resulta difícil obviar: ya demanda bastante concesión a la verosimilitud el ver como líder de un grupo de mineros chilenos a un actor de dotes tan escasas como Antonio Banderas. Entre otras razones, por eso es pertinente ver la cinta como una fantasía inspirada en un caso real.

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Los 33 es el más reciente largo de la tapatía Patricia Riggen (La misma luna) y se inspira en un libro de Héctor Tobar. Da cuenta de las vicisitudes que vivieron 33 mineros en 2010, cuando se derrumbó la mina en la que trabajaban en el desierto de Atacama, en Chile. El argumento registra los padecimientos al contar con poca comida y pocas esperanzas de salir. Hasta que las maniobras hechas desde el exterior permiten la comunicación y se les hacen llegar alimentos. En seguida el problema es cómo sacarlos. De lo sucedido dieron cuenta de forma abundante la prensa y la televisión. Acá asistimos a una dramatización. Recontradramtización, mejor dicho.

La Riggen utiliza una estrategia manida para crear cierta empatía con sus personajes: a los jóvenes los pinta con un futuro (uno de ellos va a ser padre); los maduros son responsables y amorosos esposos y padres de familia o simpáticos bribones; los mayores, uno de los cuales encara el retiro, como sabios y pacientes hombres. Los demás son los demás. Todos jocosos, eso sí. De entrada –y luego de un sobrevuelo turístico por los parajes de Atacama– los conocemos en una fiesta, y todos son camaradería y simpatía. Después del accidente el relato alterna entre lo que sucede abajo y lo que viven los familiares arriba. Abajo todo se condensa en la sobrevivencia (con líder y con escasos conflictos); arriba es una pachanga del populismo: el pueblo, unido, jamás… ha llorado tanto como aquí. Y es que Los 33 transita por la ruta del melodrama convencional; incluso más, por la exacerbación de la exacerbación: melodrama recargado, si cabe. El asunto es conmover al espectador, sin importar si se hace por medio de la miseria ajena, que se convierte en un espectáculo rentable (en lo emocional y lo económico, por supuesto).

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El problema no está en el género; tampoco en la fidelidad a lo que sucedió, sino en el afán machacoso de explotar el dolor (con harta música, harto llanto y harto abrazo), un afán que, para acabarla, se agota en sí mismo. Porque lo expuesto no busca nada más. Como machacoso es el regresar una y otra vez a la exposición del sufrimiento o reiteración de la información, como sucede en una escena en que el presidente de Chile apura a su subalterno, quien es precisamente el que ha hecho que el asunto avance y ha venido apurando a todos. Como ésta, hay algunas escenas completamente prescindibles. Dos horas de duración es un exceso, incluso para dar cuenta de los 69 días que vivieron atrapados los mineros. Al final esto me provoca más irritación –otra acepción de exacerbación, por cierto– que identificación, si bien reconozco que hay espectadores que sollozan y moquean con abundancia. Aquí la ficción busca afanosamente, encarecidamente, tercamente superar a la realidad, pero no sólo queda lejos de ella, sino que le aporta grandes dosis de falsedad. Ante las dificultades para precisar el asunto del realismo en escena David Mamet, prefiere hablar de la verdad de lo escenificado. Y aquí nada parece verdadero. De la escena de la última cena, mejor ni hablar: en el mejor de los casos es un mal chiste.

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¿Alguna crítica a la hipocresía de los “desinteresados” canadienses que llevaron maquinaria para el rescate y cuyas compañías mineras abusan de los países donde se instalan y provocan desastres ecológicos, o sobre el abuso del capital norteamericano en América Latina? No es pregunta retórica, pero la respuesta es un “no” fácilmente anticipable. Celebro cuando el cine de género se ejerce con rigor, cuando es portador de un mensaje que, gracias precisamente al género, gana fuerza. Me parece cuestionable cuando se utiliza de forma acrítica y ventajosa, como una mera estrategia comercial. Porque si bien se hace alusión, al inicio de la proyección, al hecho de que cada año mueren 12000 mineros, y al final leemos que la compañía no compensó a los accidentados, me quedo con la impresión de que aquí a nadie le importan los mineros.

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