Los hombres y las mujeres X reinician con poca fortuna

El regreso de Bryan Singer (Sospechosos comunes, Operación Valkiria, Jack el cazagigantes) a la franquicia X-Men como realizador, en X-Men: Días del futuro pasado (X-Men: Days of Future Past, 2014), fue afortunado: le devolvió un poco de la frescura perdida en el camino y consiguió un balance atendible entre acción y sustancia. De ahí que cabía albergar algunas expectativas en su siguiente entrega, X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse, 2016). En esta ocasión las cuentas que arroja no son negativas; pero, me temo, tampoco son muy positivas.

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X-Men: Apocalipsis es la más reciente entrega de Singer y nos lleva al Egipto antiguo, donde descubrimos al primer mutante, En Sabah Nur/Apocalipsis (Oscar Isaac). Éste ha venido sumando los poderes de diferentes mutantes, y cuando está por adquirir la capacidad regenerativa, la operación es boicoteada por sus enemigos. Brincamos entonces a los años ochenta, donde Magneto (Michael Fassbender) vive en el anonimato después del atentado fallido de los años setenta. El profesor Charles Xavier (James McAvoy) sigue reclutando jóvenes mutantes y anhela hacer de su espacio una universidad en la que convivan mutantes y seres humanos comunes y corrientes. Es entonces cuando irrumpe de nuevo Apocalipsis, quien reúne un equipo con el afán de hacer honor a su nombre: acabar con la mediocridad humana y dar lugar a un nuevo inicio. Sus acciones crean caos y dividen de nuevo a los mutantes.

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Singer muestra una vez más sus capacidades con la cámara. Desde el mismo inicio es ésta la que nos conduce por el laberinto ceremonioso del añejo Egipto. De entrada imprime un ritmo ágil, mismo que se mantiene a lo largo de toda la cinta (pero no evita que quede la sensación de que las casi dos horas y media son excesivas: la explicación está en otra parte). Asimismo habría que subrayar el trabajo con la luz de Newton Thomas Sigel y el diseño de arte, que construye unos años ochenta verosímiles pero modernos. No está de más subrayar el aporte al ritmo de las músicas de John Ottman. Este dispositivo empuja una buena cantidad de peleas, persecuciones y demás escenas de acción y funciona bien para el entretenimiento. Tampoco faltan las dosis de humor, hábito que ya parece obligatorio para las cintas de Marvel.

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Sin embargo, el tanto ruido no alcanza a ocultar que hay pocas nueces. Singer se pone a tono con los tiempos –en los que el género importa y vende, por lo que cada vez vemos más heroínas y más adolescentes– y concede protagonismo a Raven/Mystique (Jennifer Lawrence). Este personaje da cohesión y es el puente dramático entre los diferentes frentes de mutantes. Es la que invita a la aceptación de lo que se es y también la que recuerda que el valor de los hombres X no está en la X –lo singular, lo diferente– sino en los hombres y mujeres que, juntos, sí hacen diferencia. Pero ni ella, ni ninguno de los otros personajes, encara conflictos que le den fuerza y sustento a toda la cinta. La sustancia es escasa y, además, dispersa, pues mientras se multiplican los personajes se divide el interés. El asunto más sólido lo porta Apocalipsis, cuya ambición es convertirse en Dios, ser inmortal y ubicuo. Pero al final es otro Cerebro que, sin Pinky pero sí con el cerebro de Xavier, quiere conquistar el mundo. Por lo demás, asistimos al reciclaje de lo que ha venido alimentando la franquicia: la dificultad para aceptar la diferencia (comenzando con los diferentes), el miedo a lo desconocido, la lucha por el poder, etc. El cierre es coherente y fuerte, pero justo es anotar que no alcanza a revalorar lo que le precede. Así, este reinicio de los X-Men es una secuela que ofrece más acción y más estridencia, pero que aporta poco a la franquicia.

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