Limonada: agridulce migración

Las películas rumanas que nos han llegado –a cuentagotas– tienen un común denominador: a partir del seguimiento a uno o varios personajes y de situaciones cotidianas hacen un diagnóstico demoledor del statu quo. En La muerte del Sr. Lazarescu (Moartea domnului Lãzãrescu, 2005) Cristi Puiu exhibe las miserias del sistema de salud (muy similar a nuestro IMSS, dicho sea de paso); en La postura del hijo (Pozitia copilului, 2013) Cãlin Peter Netzer nos deja ver cómo los padres no dudan en “ayudar” a sus hijos reproduciendo las corruptelas de la época socialista; algo similar sucede en Graduación (Bacalaureat, 2016) de Cristian Mungiu. Éste dejó constancia del desamparo de los jóvenes en 4 meses, 3 semanas, dos días (4 luni, 3 septamâni si 2 zile, 2007). Limonada (Lemonade, 2018), producida por Mungiu, se suma a esta rica vertiente.

Limonada es la ópera prima de Ioana Uricaru y acompaña a Mara (Mãlina Manovici), una joven mujer que ha conseguido salir de Rumania y busca instalarse en Estados Unidos. Está en el proceso de tramitación de la famosa green card, documento que le permitiría una residencia legal. En la ruta las contrariedades se multiplican: entre funcionarios corruptos, un marido intimidante y una legislación que la abruma. Para acabarla, llega su puberto hijo, quien ofrece problemas suplementarios.

La debutante Uricaru se suma al estilo verista que caracteriza al cine rumano: en todo momento echa mano de la cámara en mano; la luz obedece a las condiciones espaciales –si bien en algunos pasajes contribuye a la dramatización–, la puesta en escena es elocuente y a menudo la posición de los actores dice tanto como el diálogo; evita hacer uso de la música con propósitos manipuladores; fortalece la tensión con el ritmo –a veces acelera, a veces con largas pausas– y multiplica la dureza con algunos cortes “sucios”. El estilo toma distancia del maquillaje; es, subrayo, naturalista, y así lo expuesto sabe a realidad.

Uricaru concibe una denuncia. Da cuenta de un país en el que los inmigrantes, aun vulnerables, están muy presentes y ocupan diversos espacios. Aun los que odian a Estados Unidos quieren vivir ahí, se comenta en más de una ocasión. Los norteamericanos de nacimiento se encargan de hacerles pagar el precio (porque de eso se trata: es preciso pagar por los beneficios que ofrece el sistema), particularmente las autoridades. En la ruta se ilustra cómo los oriundos, con particular voluntad y rabia, empujan a la prostitución –como oficio, pero también como un intercambio interesado más allá del sexo– al migrante. El desencanto que genera la película no sólo surge de los obstáculos institucionales y personales que enfrenta Mara, sino porque no termina por aparecer ese país maravilloso que alimenta y vende “el sueño americano”, ese país al que tanta gente de tantos lados procura llegar. Y, ciertamente, de las maravillas sólo hay algunos atisbos: un sistema contrastante pero que ofrece algunas certezas (la protección al desamparado y a la víctima, porque de las bondades económicas no hay muchas muestras).

Limonada entrega valiosas dosis de tensión pero no tiene la fuerza de las películas citadas al inicio. La denuncia que porta, por otra parte, es oportuna y se siente sincera. Y no es poca cosa.

Calificación 70%

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