Lego Batman hace del caballero oscuro un comediante estridente

El tráiler ya lo anunciaba y la cinta lo confirma con creces, con muchas creces: Lego Batman: la película (The LEGO Batman Movie, 2017) es una pachanga. No hay manera de tomarse nada en serio… ni siquiera el manido mensaje de las virtudes de la familia.

Lego Batman: la película es el primer largometraje de animación de Chris McKay (aunque sería un exceso pensar que se trata de una propuesta de autor o que el susodicho tuviera real capacidad de hacer alguna diferencia: a todas luces se ve que es un proyecto corporativo). El argumento sigue las contrariedades de Bruce Wayne, un egocéntrico individuo que ha pasado a la posteridad detrás de la máscara de Batman. Éste pretende resolver todo en solitario y no sólo le niega el crédito a sus seres cercanos, sino que rompe el corazón del Guasón al hacerle saber que entre ellos no hay nada especial (el sesgo homosexual es deliberado). Despechado, el payaso concibe un plan que pone en jaque al caballero nocturno y a su querida Ciudad Gótica.

La productora Warner y McKay abordan en tono de farsa las miserias de Wayne/Batman. Para ello proponen una cinta bastante colorida, bastante movida y bastante ruidosa. Los pasajes de acción son abundantes y rara vez dan espacio al reposo. Los chistes –en su mayoría verbales– se multiplican; hacen hincapié en algunas aristas negativas del personaje principal de DC Comics: aquí no es un adolescente atormentado, preocupado en proteger a sus seres cercanos mientras combate el mal, sino un engreído que pretende quedarse con todo el crédito, un miedoso egoísta incapaz de convivir en sociedad.

La apuesta evita del todo la solemnidad y reserva algunos pasajes para la risa (más bien para la carcajada). Objeto del humor, entre otras cosas, es el pasado del batihéroe, sus diversas incursiones en cine y televisión; de un humor con grandes dosis de grosería: todo aquí es estridente, escandaloso: el otrora héroe silencioso y solitario circula aquí como actor de musical (nomás le falta arrancarse a cantar).

McKay y compañía no tienen el más mínimo interés en proponer una historia medianamente desarrollada, en hacer una transición que dé valor a su tema. A diferencia, por ejemplo, de Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) que parte de la disfuncionalidad y termina haciendo un elogio cálido y verosímil de la familia, Lego Batman: la película arranca y concluye donde mismo. Hace gala de los lugares comunes más rancios –familiares, precisamente– y reproduce más de un prejuicio (como el hecho de que la felicidad supone compañía, que el solitario no puede estar bien: los anuncios de esa nociva bebida adictiva de cola han impuesto la idea de la felicidad únicamente en comunidad) con el fin de hacer un elogio (otro) de la familia. Y en tiempos de egoísmo exacerbado, como el que transitamos, no es un asunto desechable. Pero la estridencia constante y un doblaje rico en folklorismos baratos ayudan poco; el bullying a Batman (la cinta se burla de él, no invita a reírse con él) no es muy provechoso tampoco. Un poco de inteligencia y algo de sutileza –y un trabajo de guión, cómo no– le habrían venido bien a la cinta. La gran aventura (The Lego Movie, 2014), hermano mayor del Batman según Lego, no aborda temas muy distantes, pero lo hace de una forma mucho más afortunada.

Lego Batman: la película no desentona con el cine de súper héroes actual, porque desde hace algunas películas los súper héroes pertenecen más a la comedia que a la épica. Se han convertido así en un mal chiste.

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